Los embalses suben al 52,94% y el relato de la sequía se tambalea
La sequía estructural que llevaba meses justificando restricciones, decretos y titulares catastrofistas se topó con una semana de lluvias que dejó los embalses españoles en
29.665 hectómetros cúbicos, un
52,94% de la capacidad total. Son casi cinco puntos por encima del mismo dato del año anterior, cuando el agua embalsada apenas alcanzaba el 50,78%. La discusión no es si llueve más o menos, sino por qué el relato oficial de la escasez permanente se sostiene con tanta dificultad cuando los números dicen lo contrario.
Los datos que desmontan el relato de la sequía
La comparativa es tozuda. El
26 de febrero de 2024 los embalses almacenaban 29.665 hm³ frente a los 28.455 hm³ de la misma semana de 2023. La variación semanal fue de
483 hm³, un 0,86% en siete días. Y eso sin contar la semana de lluvias generalizadas que aún no estaba reflejada en las mediciones. Con todo, hay quien recuerda que la subida no es homogénea: hay regiones donde el agua sigue cayendo y el porcentaje global esconde realidades muy dispares.
El cálculo más optimista asume que el deshielo de las nieves caídas en el Sistema Central y los Pirineos añadirá aún más agua a los pantanos en las próximas semanas. El escenario pesimista parte de que un solo episodio lluvioso no revierte años de déficit hídrico estructural. Ambos análisis conviven sin que ninguno termine de imponerse.
¿Por qué nieva en marzo y se discute el cambio climático?
El temporal de nieve complicó la circulación en carreteras de
Madrid, Castilla y León, Asturias y Aragón a principios de marzo. La imagen de nevadas intensas en plena discusión sobre el calentamiento global se convirtió en el argumento favorito de quienes sostienen que todo es un negocio. Hay quien ironiza con que las nevadas cálidas son la prueba definitiva de que el clima hace lo que le da la gana y que el relato oficial se adapta a cualquier escenario: si llueve, es el cambio climático; si no llueve, también.
La respuesta de la otra parte es que un episodio puntual no contradice una tendencia medida en décadas. Los datos de la Agencia Estatal de Meteorología no están en discusión: lo que se discute es la interpretación política que se hace de ellos. Y ahí el consenso se rompe.
El Ebro se va al mar y nadie mueve un papel
Una de las paradojas que más incomoda en el sector hídrico es que la zona más lluviosa del país, la cuenca del
Ebro, vierte cada año al Mediterráneo un volumen de agua que podría aliviar la sed de otras regiones. La gestión política de ese excedente lleva décadas bloqueada. Hay quien sostiene que los trasvases son técnicamente viables y que solo la falta de acuerdo político impide aprovecharlos. En contra pesa el argumento de que alterar el curso natural de una cuenca tiene consecuencias ecológicas y económicas que no siempre se calculan bien.
Lo cierto es que el agua que se pierde en el mar no se recupera. Y que mientras tanto, regiones como el sureste peninsular siguen dependiendo de aportes externos para no secarse.
Las cuencas hidrográficas no entienden de límites políticos
Un error frecuente al analizar los datos de embalses es confundir los límites administrativos con las cuencas hidrográficas. El agua que llena los pantanos de Madrid no procede solo de la lluvia que cae en la Comunidad de Madrid, sino de los acuíferos y afluentes que alimentan la cuenca del
Tajo, mucho más extensa. Esa confusión distorsiona el análisis de por qué unos embalses suben y otros bajan.
La precipitación no se reparte de forma uniforme. Hay zonas del sur de Extremadura donde este otoño-invierno es de los más secos en años, mientras que en el prelitoral catalán ha llovido durante noches enteras. El Montseny amaneció nevado y los pantanos de Sau, La Baells y La Llosa acumulan agua que hace meses no tenían.
El negocio de la escasez y los que siempre ganan
Más allá de la discusión climática, hay un trasfondo económico que pocos quieren mirar de frente. La gestión del agua mueve contratos, concesiones y obras públicas. Cada sequía declarada abre la puerta a inversiones de emergencia, desaladoras, trasvases y tarifas. Hay quien sostiene que el problema no es que llueva poco, sino que el sistema está diseñado para que siempre haya una excusa para intervenir.
La pregunta que queda en el aire es incómoda: si los embalses están por encima del año pasado y las lluvias siguen, ¿qué relato queda para justificar las restricciones que vienen? La respuesta, probablemente, se escriba en los próximos meses. O no se escriba.