Posteguillo relata en el Senado los tres días sin ayuda en Paiporta
Trece minutos. Eso tardó el agua en arrasar Paiporta, según el relato que el escritor Santiago Posteguillo llevó al Senado y que estos días circula en vídeo. Lo llamativo no es la velocidad de la riada, sino lo que vino después:
seis horas de crecida y tres amaneceres sin un solo uniforme a la vista. Ni policía, ni ejército, ni protección civil. Al tercer día, y por sus propios medios, Posteguillo y su pareja cogieron la maleta y se largaron.
El escritor, experto en Roma y vecino de la zona, contó que el 29 de octubre estaba a
50 metros del barranco del Poyo. Llamó a un mando del ejército que conoce. No puede repetir lo que le dijeron, solo que al colgar le dijo a su pareja: «vámonos de aquí por nuestros medios». Ese silencio, más que cualquier cifra, es lo que ha encendido el debate.
Qué pasó en los tres primeros amaneceres
El relato es cronológico y seco. La riada ocurrió en trece minutos y duró seis horas. Al primer amanecer no había nadie. Solo el cadáver de una joven, según el testimonio. Ni policía ni ejército. Cae la noche y aparecen saqueadores. Segundo amanecer: sigue sin venir nadie. «¿Cómo puede ser que no venga nadie?», se pregunta el escritor en el vídeo. Tercer amanecer: empiezan a llegar voluntarios. La ayuda institucional, dice, no se está llevando.
Hay quien sostiene que esa cronología desmonta la versión oficial de una respuesta rápida. En contra pesa el argumento de que la UME ya estaba en camino a mediodía del día 29, según las imágenes difundidas por una cadena de televisión. Las dos cosas pueden ser verdad si se refieren a puntos distintos de una zona enorme. Lo que no cuadra es el silencio de tres días en un municipio concreto.
La hipótesis de la presa espontánea en el barranco
Una de las líneas de análisis más técnicas que ha aparecido apunta a los puentes. La hipótesis: la maleza del cauce hizo tapón en el primer puente y lo convirtió en una presa improvisada. El agua se acumuló hasta que la estructura no resistió. Al romperse, la presa espontánea liberó una ola que fue reventando otros tapones aguas abajo y creció en el camino. De ahí los dos metros de altura y la velocidad que describen los testigos.
Es una explicación plausible, no un hecho probado. Pero encaja con el dato de que la riada fuera cosa de minutos y no de horas de lluvia. También con la sensación de muchos vecinos de que el agua no subió, sino que llegó.
El relato que no está en los medios
La queja de fondo no es meteorológica. Es que un testimonio de este calibre, contado en el Senado, no haya tenido recorrido en los grandes medios. La tesis que circula es que el después de la riada no interesa. Que mientras se discutía el consejo de administración de RTVE, un escritor conocido contaba en sede parlamentaria que estuvo tres días sin ver a nadie.
El vídeo se ha movido por canales alternativos y ha generado una corriente de opinión que va más allá del desastre.
El silencio de sus señorías, dicen algunos, mientras les llamaban asesinos del pueblo a la cara, es la imagen del día.
Del barro a la tasa de residuos
La conversación derivó rápido a lo económico. Una de las cifras que se repiten:
150 euros por tonelada de lodo extraído de calles y garajes. Una tonelada de lodo ocupa menos de un cuarto de metro cúbico. Con millones de toneladas pendientes, la factura para los afectados es difícil de calcular y fácil de imaginar. La crítica: que se haya rebajado la tasa un 20% para 2025 en lugar de dejar la retirada gratis.
El argumento contrario es que alguien tiene que pagar la maquinaria y los vertederos. El argumento de los afectados es que ya pagaron con la inundación. Y que si el barro se solidifica, la factura se multiplica.
Las dos Españas y el palo a la clase política
El cierre del relato de Posteguillo, según quienes lo han visto completo, es una reflexión sobre las dos Españas de Machado y un reproche a toda la clase política sin distinción. Un escritor de novela histórica dando una conferencia sobre Hispania en el Senado y terminando por hablar del barro de su calle. La escena tiene su ironía.
La pregunta que queda en el aire no es quién falló, sino por qué nadie ha querido contar que falló. Con estos mimbres, cualquier reconstrucción honesta de aquellos tres días debería empezar por el testimonio de quien los vivió. Y ese testimonio, de momento, solo circula donde no lo buscan.