El rosario en Ferraz que unos rezan y otros ridiculizan
Un grupo de personas que participaba en las concentraciones frente a la sede del PSOE, en la calle Ferraz de Madrid, se puso a rezar el rosario. Alguien lo grabó. La escena circuló por redes y la respuesta llegó en forma de mofa: varios mensajes se burlaron de la imagen y la compararon con la serie
El cuento de la criada. De una oración colectiva salió otro capítulo de la bronca política. Y de fondo, una pregunta que nadie responde igual:
¿se puede rezar en una protesta o la fe tiene su horario?Qué pasó en Ferraz y por qué se viralizó
Los hechos son fáciles de contar y endiabladamente difíciles de interpretar. En el marco de las concentraciones que se venían celebrando ante la sede socialista, un grupo de asistentes se puso a rezar el rosario. Para unos, el gesto fue una
provocación; para otros, la prueba de que la fe no tiene por qué pedir permiso. Lo cierto es que el vídeo corrió más que cualquier discurso y convirtió el episodio en objeto de escarnio y de defensa a partes iguales.
Hay una frase que resume bien esa defensa: «Un católico rezando en la calle en 2023 es un acto de rebeldía». Es decir, en un país donde la práctica religiosa se ha vuelto discreta, sacar el rosario a la acera equivale a plantar una bandera.
¿Es legítimo rezar dentro de una manifestación?
Aquí se rompe cualquier consenso. Una parte sostiene que
la fe no tiene por qué esconderse y que rezar en público, en plena calle, es una forma de presencia tan válida como cualquier pancarta. Otra, aun compartiendo el motivo de la protesta, lo ve fuera de lugar: una manifestación no es sitio para rezos, ni para batucadas ni para bailes. El argumento no es solo estético. Se advierte de un efecto práctico: mezclar el rosario con la protesta puede espantar a gente que no quiere verse metida en el mismo saco, y desmovilizar en lugar de sumar.
Una tercera vía, la más incómoda para los convocantes, apunta que el problema no es el rezo sino el uso.
Utilizar el rosario con motivos políticos no parece buena idea, porque convierte una creencia en un cartel y le regala al adversario el titular que buscaba.
El reproche al doble rasero con las religiones
Buena parte de la discusión no va del rosario, sino del trato que recibe. La idea que más se repite es que existe
un rasero distinto según la confesión: se afirma que ciertas prácticas de otras religiones se abordan con cautela, mientras el rezo cristiano en la calle se convierte en motivo de burla. Es una percepción sostenida sin datos, apoyada en la impresión de quien la mantiene, no en una medición. En sentido contrario, otra parte de la conversación dirige su crítica hacia confesiones distintas de la católica y les atribuye fenómenos de fanatismo; son afirmaciones de parte que el material no respalda.
Lo que sí comparten casi todos es el diagnóstico de incoherencia: mofarse de una creencia y respetar otra, dicen, habla más del que se ríe que del que reza. Y una de las tesis que abrió la polémica llega a sostener que a cierto sector le molesta más una oración junto a la sede que los destrozos en la calle. Afirmación de parte, no dato.
¿Qué dice el Evangelio sobre orar en público?
La crítica más incómoda al rosario no llega desde la izquierda, sino desde dentro. Varios mensajes citan el Evangelio para recordar que la oración, según el texto, es un encuentro íntimo:
Mateo 6:6 pide entrar en el aposento y orar en secreto, y Marcos y Lucas insisten en retirarse a lugares solitarios. Con esa base, se argumenta que no hay que rezar en público y menos delante de quien te increpa. La réplica también tiene recorrido: hay quien defiende que, en medio de la pelea, la oración forma parte del combate.
Aparece incluso una confesión personal. Alguien evoca con arrepentimiento haberse burlado de su madre cuando rezaba el rosario, y describe ese recuerdo como una lección que llegó tarde. Es, probablemente, el mensaje menos político de todos.
De la devoción al símbolo: el rosario como bandera
El rosario no se reza solo en Ferraz. Un «Rosario por España» se reza, según se afirma,
en al menos 20 ciudades los días 12 de cada mes a las 8 de la tarde desde hace años. Esa periodicidad desdibuja la frontera entre devoción privada y gesto público: cuando se sostiene en el tiempo y se exhibe en la calle, la oración deja de ser un asunto íntimo y entra en el terreno de lo simbólico. Ahí se atasca todo. Para unos, rezar así busca la reacción del contrario; para otros, es sencillamente la fe que se niega a desaparecer.
El episodio, además, se produce en terreno minado: las concentraciones ante la sede socialista se han convertido en escaparate de todo. Cada gesto se lee como un mensaje y cada oración, como una declaración de intenciones.
Al final, la discusión derivó hacia el insulto y acabó archivada, sin que nadie moviera un milímetro su posición. Lo comprobable es más modesto que la bronca: unas cuantas personas rezaron en una acera, alguien lo grabó y miles discutieron sobre ello. La oración, mientras tanto, sigue teniendo su propio calendario: día 12, a las ocho de la tarde.