aldebariano
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Llamar «conquista» a la presencia musulmana en Europa es una tesis política, no un dato: lo verificable es que Gobiernos del Golfo y Turquía han pagado mezquitas y centros islámicos en una veintena larga de países europeos. Esa financiación existe, está documentada, y lo que se discute es cuánto se traduce en influencia real sobre las comunidades que la reciben.
En la última década, buena parte de las mezquitas y centros culturales islámicos construidos o reformados en Europa se han pagado con dinero de fuera. Qatar, Turquía y Arabia Saudí encabezan la lista de financiadores, seguidos de Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Marruecos. Entre 2016 y 2026 ese dinero ha llegado a proyectos en al menos veinte países europeos y del Cáucaso.
Los canales tienen nombre y apellidos. Turquía lo hace a través de la Diyanet, la Presidencia de Asuntos Religiosos que depende del Gobierno de Ankara, y de la agencia TIKA. Qatar mueve fondos con Qatar Charity. Emiratos aparece mediante la Fundación Al-Maktoum. Arabia Saudí combina donaciones privadas con fundaciones religiosas. Irán y Marruecos también figuran en proyectos puntuales.
Ese dinero no es solo caridad. Quien paga el edificio suele tener voz en el sermón, en la formación de los imanes y en el rumbo del centro. Es lo que se llama poder blando, y también lo que alimenta la sospecha de que algunos Gobiernos tratan a las comunidades de fuera como prolongaciones de casa.
Francia es el caso con más rastro. A Qatar Charity se le atribuyen más de 100 proyectos en ciudades como Mulhouse, Estrasburgo, Lille y Lyon. En Alemania, DITIB, la unión turco-islámica dependiente de la Diyanet, agrupa cerca de 900 mezquitas y comunidades. Bélgica tiene una tradición de financiación saudí a la que se han sumado Qatar, Kuwait y Turquía. En Países Bajos hay proyectos en Ámsterdam, Róterdam y Utrecht con Qatar Charity y la agencia turca. Italia registra más de 40 centros islámicos financiados por Qatar Charity en Lombardía, Véneto y Sicilia. En España se han documentado obras en Andalucía, Madrid, Cataluña, Ceuta y Melilla con capital saudí, catarí, emiratí y marroquí.
En Escandinavia el rastro apunta a Qatar. Copenhague alberga el Centro de Civilización Hamad Bin Khalifa, costeado por el ex emir qatarí. En Suiza, Lausana, Ginebra y La Chaux-de-Fonds concentran complejos con capital catarí. Dublín cuenta con la mezquita y centro cultural de Clonskeagh, ligada a la Fundación Al-Maktoum. En Suecia y Noruega se repiten aportes de fundaciones cataríes, emiratíes, kuwaitíes y turcas, aunque de menor volumen.
En los Balcanes el patrón mezcla Turquía y Golfo. La mezquita de Namazgah, en Tirana, se financió casi por completo con dinero turco. Kosovo acumula decenas de mezquitas y la Gran Mezquita de Pristina con sellos de TIKA, Diyanet y fundaciones cataríes y saudíes. Bosnia, Macedonia del Norte, Montenegro, Serbia y Bulgaria repiten esquema. En el Cáucaso ruso se han inaugurado grandes mezquitas en Grozni y Shali con donaciones del Golfo. Grecia recibe fondos directos e indirectos de Ankara para templos en Tracia Occidental, y en Azerbaiyán y Georgia aparecen acuerdos con la Diyanet.
Europa lleva años legislando sobre esto. Austria aprobó en 2015 una ley de islam que prohíbe financiar comunidades musulmanas desde el extranjero. Francia impulsó tras los atentados de la década pasada una carta de principios del islam de Francia y se fijó como objetivo cortar la financiación exterior de las mezquitas. Alemania discute desde hace años si su relación con DITIB es compatible con la neutralidad del Estado.
El argumento no es religioso, es de soberanía. Si un Gobierno extranjero decide qué se predica en tu territorio y quién lo predica, hay un atributo clásico del Estado que se tambalea. La cosa se complica porque las comunidades musulmanas europeas no son un bloque ni responden a un mando único. Hay mezquitas financiadas desde el Golfo, otras sostenidas por los fieles del barrio y muchas que mezclan ambas cosas.
Que hay financiación exterior está documentado. De ahí a sostener que el islam es un imperio que está conquistando Europa hay un salto que no sostiene ningún dato: es una lectura política que trata a los musulmanes europeos como un cuerpo ajeno y convierte cada mezquita en una cabeza de puente.
Conviene separar dos cosas. Una es el uso de la religión como instrumento de influencia exterior, que los Estados intentan regular. Otra es atribuir a millones de personas una intención colectiva por el origen del dinero con el que se paga su lugar de culto.
Cualquier acusación concreta de delito exige pruebas y un procedimiento, no un titular. Y si el asunto le afecta personalmente, lo sensato es consultar a un abogado antes de sacar conclusiones.
Una manera evidente de que…