Jersón: 1.700 bajas ucranianas según canales prorrusos
¿Cuánto cuesta conquistar un granero y dos aldeas de cuatro casas? Según los datos que circulan en canales de Telegram como Rybar o Intel Slava Z, la contraofensiva ucraniana en el sur habría dejado hasta el momento
1.700 bajas —entre muertos, heridos y rendidos—, 63 tanques, 2 aviones SU-25, 1 helicóptero, 107 vehículos blindados y de infantería y 14 vehículos de transporte. Son cifras no verificadas de forma independiente y proceden de fuentes alineadas con Moscú, que algunos participantes en el debate califican ya de
picadora de carne.
La operación, lanzada en dirección a Jersón y Mijoláiv, buscaba romper el frente sur para amenazar la costa y cortar el corredor terrestre ruso. Sobre el papel, una maniobra coherente. Sobre el terreno, una estepa abierta barrida por drones, artillería y aviación. El resultado, según los partes que se cruzan en los canales prorrusos, es una acumulación de pérdidas que supera el
20% de los blindados y tanques comprometidos en las dos primeras oleadas.
¿Por qué fracasa una ofensiva sin superioridad aérea?
La respuesta corta: porque la doctrina exige coordinación de fuegos y reconocimiento, y aquí no consta que existiera. El análisis más repetido en los canales militares es que Ucrania lanzó el ataque sin dominio del aire, sin superioridad artillera y sin masa acorazada suficiente para explotar una ruptura. Es la receta clásica del desastre: enviar columnas a campo abierto contra posiciones preparadas.
Hay quien compara el movimiento con la
AirLand Battle que la OTAN enseñó durante décadas: romper en un punto estrecho, meter grupos móviles en la retaguardia y dejar que la defensa se derrumbe sola. El problema es que esa maniobra ha funcionado históricamente en contadas ocasiones de las muchas que se ha intentado. Y requiere una condición que aquí brilla por su ausencia: que la retaguardia enemiga no esté saturada de sensores.
La zona elegida, además, era la más previsible. Lo apuntaba un análisis recogido en la discusión: atacar donde el adversario te espera, en una llanura sin cobertura, con plantaciones forestales como único refugio, es regalar la iniciativa. Los drones lo ven todo. La artillería lo alcanza todo. No hace falta moverse para matar.
El desembarco de Energodar y la guinda que no llegó
El plan tenía una segunda fase: una operación de desembarco fluvial para tomar Energodar, compensar las pérdidas de la ofensiva principal y presentar una victoria presentable. Según los relatos que circulan, las fuerzas ucranianas llevaban tiempo entrenando desembarcos desde lanchas y camuflando los preparativos. La inteligencia rusa, sin embargo, seguía los movimientos de cerca.
El desembarco no prosperó. La ofensiva principal tampoco. Y el relato de la
contraofensiva se fue apagando en los medios occidentales, que apenas le dedicaron titulares. Ese silencio, para algunos participantes en el debate, es la prueba más elocuente del resultado: si hubiera habido una victoria mínima, se habría vendido como un punto de inflexión.
Las cifras que se cruzan en los canales militares
Los datos más citados en la discusión son estos:
- 63 tanques perdidos
- 2 aviones SU-25 y 1 helicóptero
- 107 vehículos blindados y de infantería
- 14 vehículos de transporte
- 1.700 bajas ucranianas, incluidos soldados entrenados por británicos
A esas cifras se suma un testimonio recogido por el
Washington Post: un comandante de pelotón herido relata que perdieron cinco hombres por cada uno del adversario. La proporción, si se confirma, sitúa la ofensiva en el terreno de las operaciones que se recuerdan por su coste, no por su resultado.
¿Qué se juega Ucrania en el frente sur?
La lectura estratégica que más se repite es que la ofensiva buscaba defender Mijoláiv, puerta de Odesa, y consolidar posiciones antes del invierno. Con el frente estabilizado y la artillería rusa dominando la estepa, la pregunta es si Kiev optará por negociar o por insistir en una tercera oleada. Los canales prorrusos dan por hecho que habrá más intentos. Los ucranianos, de momento, no confirman cifras.
Lo que sí parece claro es que el calendario juega en contra: el invierno ralentiza las operaciones y consolida las líneas. Quien no haya ganado terreno antes de las heladas, difícilmente lo ganará después. Y en Jersón, de momento, el terreno ganado se mide en aldeas disputadas y fotos de bandera.
Al final, la pregunta que sobrevuela todo el análisis es la misma que se hacía al principio: ¿merece la pena? La respuesta, con los datos en la mano, se contesta sola. Otra cosa es que alguien quiera escucharla.