La lista de agresiones que Chomsky atribuye a los presidentes de EEUU
Noam Chomsky sostiene que desde Eisenhower ningún presidente de Estados Unidos ha cerrado su mandato sin ordenar una agresión. La recopilación se presenta como un inventario cerrado, sin excepciones ni matices. Y ahí empieza el problema: puesta sobre la mesa, la lista genera tres reacciones distintas. Unos añaden capítulos que faltan, otros le dan la vuelta y un tercer grupo no compra al firmante.
El repaso recorre las intervenciones atribuidas a la Casa Blanca desde mediados del siglo XX y las presenta como una constante estructural, no como episodios sueltos. Esa es la tesis. Lo que se discute después es el perímetro: dónde empieza la cuenta y quién queda fuera de ella.
Qué falta en la lista: Hiroshima, Nagasaki y la era Truman
El primer reproche no niega nada, suma. Si la serie arranca en Eisenhower, la que uno de los participantes califica como la más grave de todas se queda fuera de plano: las dos bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. La objeción se formula en dos pasos: primero se señala el vacío, después se apunta al responsable, la Administración Truman, anterior al periodo recogido.
Es el tipo de corrección que descoloca a cualquier inventario. Una lista de agresiones que empieza después de 1945 arrastra un agujero del tamaño de dos ciudades. Y no es un detalle menor para quien defiende que el patrón es sistémico: si lo es, el corte cronológico resulta arbitrario.
«Si es desde Eisenhower entonces falta ahí la más horrorosa de todas», resume una de las intervenciones más repetidas del intercambio.
El inventario de enfrente: la URSS y las guerrillas del siglo XX
La segunda respuesta no corrige a Chomsky, lo empareja. Frente al catálogo estadounidense, un participante despliega otro: la Unión Soviética como sostén de grupos de izquierda entre
1940 y 1992, guerrillas en América Latina, en el África descolonizadora y en Asia, la represión en Polonia, Hungría y Checoslovaquia, la invasión de Afganistán y un enfrentamiento que estuvo a punto de derivar en guerra abierta con China.
A esa lista se añaden nombres propios: la llegada de Saddam Hussein al poder, la financiación del Polisario y los apoyos que se atribuyen a ETA y al GRAPO. Ninguna de esas imputaciones viene acompañada de documentación en el intercambio. Funcionan como
simetría argumental, no como archivo.
El envite tiene su lógica: si el criterio es que todo lo malo procede de Washington, el mismo rasero obliga a mirar al otro bloque. La discusión se convierte entonces en un pulso de contabilidades, y cada parte exhibe su propio registro de daños.
De Wilson a la Reserva Federal: la genealogía que se cuela en la discusión
Cuando el intercambio abandona la Guerra Fría, retrocede medio siglo. Aparece Woodrow Wilson, reelegido en 1916 con los lemas «Nos mantuvo fuera de la guerra» y «Paz sin victoria», y su Comisión Creel, a la que se atribuye haber convertido en
seis meses a una población contraria a la intervención en una opinión pública belicista. De ahí se salta a la campaña de prensa antiespañola y al relato de la leyenda negra.
El salto siguiente lleva al dinero. Se cita una frase atribuida a James Warburg, asesor financiero de Franklin D. Roosevelt, ante el Senado en
1950: «We will have a world government whether you like it or not». El encadenado que se teje alrededor sitúa a Estados Unidos como un sistema de corte
fascio-socialista establecido por Roosevelt, la misma arquitectura que, según esta lectura, Chomsky querría extender al resto del planeta.
Conviene ser explícito: el rastro bancario y las menciones a la Reserva Federal que circulan en esta parte se apoyan en citas de segunda mano, sin verificación documental. Se reproducen como argumentos del debate, no como hechos probados.
Por qué Chomsky tampoco cae bien en su propio público
La tercera reacción es la más incómoda. No discute la lista: discute al autor. Se le reprocha haberse alineado con la versión oficial del 11-S, negar la geoingeniería y haber defendido la vacunación, además de un supuesto planteamiento de internar a quien no se vacunara. También se le acusa de haber contribuido a degradar la educación.
Todos esos reproches circulan sin documento que los sostenga. Las tesis sobre geoingeniería y sobre el 11-S no cuentan con respaldo técnico, y el reproche sobre internamientos no va acompañado de cita alguna. Se registran como lo que son: munición argumental contra un referente incómodo.
El resultado es paradójico. Un autor famoso por denunciar la fabricación del consentimiento acaba siendo él mismo objeto de una operación de desprestigio en su propio terreno.
Del personaje a la OTAN, el euro y el gas licuado
A partir de ahí la conversación se despega del personaje. El foco pasa a la OTAN, a la que se atribuye un doble papel: la extensión de los intereses de las farmacéuticas y el desmantelamiento económico de Europa. Se habla del coste del
gas licuado estadounidense, de un euro debilitado y de la compra de industria europea a precio de saldo.
El anclaje de esa tesis es una declaración que se atribuye a la exsecretaria de Estado Condoleezza Rice en
2014, sobre sustituir la dependencia energética europea de Rusia por la de Estados Unidos. Leída con la perspectiva que da el tiempo, la idea suena menos a profecía y más a guion.
Un comentario resume el giro con más retranca que argumento: que el vocabulario importa, y que quien escribe «LATAM» en lugar de
Latinoamérica se retrata solo. La discusión sobre Chomsky ha terminado, de facto, en otra parte.
Queda un mapa de tres capas: la agresión estadounidense que Chomsky documenta, la agresión soviética que sus críticos le ponen delante y la sospecha de que el propio denunciante forma parte del mecanismo. Nada de eso se cierra. Lo previsible es que cualquier recopilación futura enfrente el mismo doble rasero: se medirá más al firmante que a los hechos. Salvo que alguien decida, por una vez, contar las dos columnas a la vez.