Neuralink implanta su chip en un humano: mueve un cursor con la mente
¿Puede una persona manejar un ordenador solo con el pensamiento? Desde que Elon Musk lo retransmitiera en directo en X, la respuesta tiene nombre y apellidos. Noland Arbaugh, 29 años y tetrapléjico desde hace ocho tras un accidente, movió el cursor de su Mac para jugar una partida de ajedrez con un implante cerebral de Neuralink funcionando.
El primer ser humano con un chip de la compañía operativo. Su resumen de la experiencia fue menos técnico: «Es como usar la Fuerza (de Star Wars). Ha cambiado mi vida».
¿Qué es Neuralink y qué ha demostrado con su primer paciente?
Neuralink es la empresa de Musk que lleva años desarrollando interfaces cerebro-computadora, con el objetivo declarado de fusionar mente humana e inteligencia artificial. El implante se coloca mediante cirugía robótica en la región del cerebro que controla la intención de moverse. En el directo, de nueve minutos, un ingeniero acompañaba a Arbaugh en su casa durante los primeros momentos con el dispositivo conectado. La compañía insiste en que controlar un cursor es solo la
punta del iceberg de lo que espera lograr.
¿Murieron monos en las pruebas previas de Neuralink?
Sí, y ese es el flanco más incómodo del anuncio.
Las pruebas arrastran polémica desde que se conoció la muerte de varios primates no humanos durante la fase de experimentación. Solo unos meses antes de este primer paciente humano se había lanzado la búsqueda de voluntarios. El contraste con la urgencia con que se autorizaron otras tecnologías sanitarias —sin el mismo recorrido previo en animales, sostienen algunos— alimenta la desconfianza. La secuencia de Musk, en cambio, se vende como lo contrario: años de ensayo, incluidos los que acabaron mal.
¿Chip para curar o chip para controlar?
Aquí se parte el asunto en dos. Para una parte, el avance es incuestionable: devuelve autonomía a quien la había perdido, y quien no vea el valor debería ponerse en la piel de alguien con movilidad reducida. Frente a eso, la corriente recelosa no discute el beneficio individual y ataca el marco:
un chip que lee la intención de moverse es también un chip que puede leer, y a nadie le consta que vaya a quedarse ahí. La escena que se imagina es la del implante obligatorio del
buen ciudadano. Otros invocan palabras mayores, como el satanismo, para describir el paso.
La defensa más repetida invierte el foco: el peligro no está en la tecnología, sino en quien la controla. Un Estado capaz de pegarte un tiro no lo hace porque existen garantías; con el chip debería pasar lo mismo. Se recuerda, además, que la bomba atómica ha disuadido conflictos mayores en varias ocasiones. El argumento no cierra la herida, pero la desplaza.
El riesgo que casi nadie discute: una nueva especie
Para controlar a la gente no hacen falta implantes; con eso ya se apañan los gobiernos. Lo verdaderamente inquietante sería otro salto: la creación de una especie superior. Esa es la lectura de quienes miran el invento sin esperanza ni alarma, solo con cálculo. La escritura separó al hombre prehistórico del histórico; esto separaría al histórico del transhumano. Jugar con fuego, como Prometeo.
El obstáculo técnico que se señala es de fondo:
las neuronas no trabajan en binario. Reconocer un estímulo y traducirlo hacia fuera es una cosa —se investiga desde hace más de dos décadas—; enviar información hacia dentro, en dos direcciones y con contenido complejo, es otra muy distinta, y exigiría que la red entera lo aprendiera sin colapsar.
¿Habrá que implantarse un chip para no quedar fuera del mercado laboral?
La comparación más útil no es médica, es económica. Hoy hay mucha gente sin carnet de conducir, pero nadie discute que eso supone una desventaja competitiva.
El salto llegará cuando el implante no cure nada y sirva, simplemente, para no quedar en el margen: en el trabajo, en los trámites, en el acceso a servicios. Quienes hoy son niños probablemente lo verán normal; quien lo mire con otros ojos, no.
Y no hace falta esperar. La mayoría de la población ya no puede vivir sin un móvil: el dispositivo es una prótesis mental externalizada. El paso que se está dando es interiorizarlo. Tirar el teléfono a la basura es fácil;
desimplantarse un chip, no.
De momento, la Fuerza sirve para mover un cursor y ganar una partida de ajedrez. La lista de milagros prometidos —obesidad, autismo, depresión, esquizofrenia— sigue siendo una lista. Cuando llegue el primer caso
de verdad, avisen.