Williams quema en dos horas el combustible de cinco años de coche
Un reactor privado alquilado para un solo pasajero cubrió los 834 kilómetros entre París y Bilbao en menos de dos horas, según el cálculo que se difunde en el hilo. El aparato, un
Bombardier 1000, declara un consumo de 333 litros cada 100 kilómetros: la operación se llevó por delante
2.777 litros de combustible de aviación. Traducido al depósito de un turismo diésel que gasta 5 litros a los 100, esa cifra equivale a conducir
55.544 kilómetros, cinco años de uso de un coche medio español. El episodio se difundió con tono de gesta y hay quien reprocha a los medios, incluida la televisión pública, que lo presentaran como una heroicidad.
La cosa no tendría más recorrido si no coincidiera con el mensaje que el ciudadano recibe por otra vía: menos coche, menos vuelo, menos carne. La
servidumbre voluntaria, resumida en una mañana de jet.
El cálculo: 333 litros cada 100 kilómetros para un solo pasajero
La aritmética es sencilla y no admite mucha interpretación. Son 8,34 tramos de cien kilómetros, multiplicados por 333 litros, lo que da los 2.777 litros del vuelo París-Bilbao. El consumo del aparato aparece en fichas técnicas del sector con dos lecturas, por hora o por distancia, y la discusión se ha agarrado a esa diferencia; incluso aceptando la versión más benévola, el orden de magnitud no se mueve.
El contraste que duele no es el del avión, sino el del espejo. Un avión de línea lleno consume el equivalente a
3 o 5 litros por pasajero cada 100 kilómetros, prácticamente lo mismo que un utilitario. Ese es el dato que se usa para justificar los vuelos comerciales. Con un reactor contratado para una sola persona, la misma distancia se convierte en un múltiplo obsceno.
Y el resto del día no mejora el balance. Sumando el trayecto regular previo, el jugador acumuló unos
6.000 kilómetros en una jornada.
¿Cuál es la huella de carbono de un futbolista de élite?
Nadie la ha publicado. Esa es, precisamente, la pregunta incómoda que queda flotando. Al margen del vuelo, el vehículo de uso diario que se le atribuye es un
Mercedes Clase G de más de 200.000 euros, con un consumo declarado de
16 litros cada 100 kilómetros según la ficha que recoge la prensa del motor. Hay quien sostiene que ese dato se queda corto para un vehículo de ese peso y esa cilindrada.
Si de verdad existe una emergencia climática, la consecuencia lógica sería prescindir antes del
fútbol de élite y de su jet-set que del desplazamiento al trabajo. No ocurre. Y la asimetría entre lo que se exige al que conduce un coche de 1999 y lo que se aplaude al que alquila un reactor es, para quien lo denuncia, el retrato de una política pública con ganadores y perdedores.
Del helicóptero de Kobe Bryant al Clase G de 200.000 euros
El precedente se repite con una regularidad casi cómica. En 2020, la muerte de Kobe Bryant generó una marea de homenajes sin una sola línea sobre el vehículo que usaba a diario: un
helicóptero que gastaba 144 litros cada 100 kilómetros, con un perfil de riesgo comparable al de una moto. Cero mención al gasto. Cero al riesgo.
El patrón se repite en cada gala, en cada campaña de concienciación. Se citan casos de celebridades que piden en público reducir el uso del automóvil mientras mantienen flotillas de aviones y helicópteros para uso personal. Y existe incluso una coartada de manual, formulada sin sonrojo: quien invierte millones en la lucha climática sería
parte de la solución y por tanto puede volar, aunque el común de los mortales no pueda conducir.
El PSG, China y el tren que nadie coge
El patrón no es español. El Paris Saint-Germain decidió volar de París a Nantes,
350 kilómetros que un tren de alta velocidad cubre en dos horas, y desató una tormenta política en Francia. Al mismo tiempo, Pekín anunciaba
9.000 millones de desplazamientos durante la temporada de viajes del Año Nuevo Chino, el triple que antes de la pandemia.
Los números no se discuten porque no interesan. Se discuten los del vecino.
El doble rasero tampoco es solo climático
Cuando el protagonista es alguien del espectáculo, la cobertura cambia de registro, sostiene una parte del análisis: episodios personales que, tratándose de un ciudadano anónimo, se enmarcarían como violencia o como escándalo, se presentan aquí como asunto privado del que la figura pública sale retratada como víctima. La misma vara mide distinto según el carné.
Eso es lo que sostiene una parte del análisis, y explica por qué el enfado no va tanto contra un futbolista concreto como contra el marco entero: el que decide qué es frivolidad y qué es emergencia.
Cabe esperar que el asunto se enfríe en pocos días, como todos. Que se repita, en cambio, es casi seguro: el calendario deportivo garantiza el próximo vuelo corto y la próxima ovación.