La «guerra fake» recicla el argumentario de la «plandemia»
Un sector del público sostiene que la guerra de Ucrania no existe tal y como se cuenta. Y lo afirma con la misma seguridad con la que negaba la pandemia. El razonamiento es idéntico: si el conflicto fuera real, habría cadáveres imposibles de esconder. Como no aparecen en pantalla, la conclusión —para quien la sostiene— es que todo es una operación psicológica, una psyop de manual. La coincidencia de método entre un episodio y otro incomoda a quien observa el fenómeno desde fuera. La apertura acelerada de espacios temáticos y la llegada de cuentas recién registradas se leen, en esa clave, como prueba de que la función estaba ensayada.
El eje de la duda es la contabilidad de los muertos. Hay quien compara la letalidad del frente con una noche de botellón en una gran ciudad, y quien recuerda los hospitales desbordados que en su día se retrataban con vídeos de bailes en redes. La comparación se lanza como provocación, no como dato. Pero circula, se repite y ha acabado funcionando como marco de lectura de todo lo que llega desde Ucrania.
¿Qué pruebas se esgrimen para hablar de guerra falsa?
El repertorio mezcla lo verificable con lo indemostrable. Se citan cámaras web en directo sobre Kiev como prueba de lo que ocurre realmente en la ciudad, y una torre supuestamente destruida que sigue en pie con la antena intacta emitiendo. Se repite que en un país con decenas de millones de teléfonos móviles —se habla de 35 millones— apenas haya material audiovisual que resista un análisis exigente.
A eso se suman los casos de imágenes recicladas: una menor fotografiada en tres conflictos distintos, protestas de Tbilisi presentadas como Moscú, bengalas convertidas en bombardeo de una central nuclear. La acusación más repetida apunta a un programa de televisión que habría emitido simulaciones de videojuego como combate real. El desglose pieza a pieza, con el rastro de origen de cada imagen, es lo más trabajado de todo el asunto.
¿Hay dos bandos en la guerra de Ucrania?
Aquí el relato incomoda incluso a quien simpatiza con la sospecha. Una corriente sostiene que la guerra existe pero no como la cuentan los medios, porque lo que hay no son dos bandos enfrentados sino un mismo interés repartido. El gobierno ucraniano se describe como pieza al servicio de la OTAN y de Washington; Rusia, como un actor que mueve ficha cuando conviene a ese mismo tablero. La conclusión que extraen es que el conflicto es, sobre todo, una guerra económica contra el ciudadano occidental.
Lo llamativo es la lectura del calendario. Las fechas de las crisis —la sanitaria primero, la militar después— se presentan como demasiado oportunas para ser casuales. Es el tipo de razonamiento que no se puede refutar con datos y que, por eso mismo, no se agota nunca.
Los que ven manipulación pero también muertos
No todo el escepticismo es negacionismo. Buena parte del público acepta que existe propaganda y exageración sin aceptar que no pase nada. El argumento es simple: que haya operación psicológica no significa que no haya guerra ni que no haya muerto nadie. Se citan los tres millones de personas que han salido del país y los testimonios de quienes dicen haber perdido familiares.
En paralelo, la memoria del virus sigue dividiendo. Frente a quien reduce la crisis sanitaria a una gripe de todos los años, está la experiencia de quienes relatan haber pasado por el hospital con síntomas severos y de quienes dicen arrastrar secuelas meses después. La discusión derivó hace tiempo del dato al agravio.
Dos décadas de sospecha y el cansancio del que lo vio venir
Y luego está el desgaste. La reflexión más lúcida llegó de quien lleva veinticinco años leyendo material alternativo, primero en disquetes y después en CD. Anotó que el tiempo pasa, que uno peina canas y que todo sigue igual, o un poco peor: los precios suben más que los salarios, el personal parece más atontado y el trabajo de estar al día no ha servido para nada visible. Su conclusión es de sentido común:
todo en su justa medida, porque el exceso de información absorbe y la obsesión se puede volver locura transitoria.
A eso se añade un problema de fondo que nadie resuelve: la población está individualizada y cualquier acción colectiva es hoy mucho más difícil de sostener que hace treinta años.
La grieta política que atraviesa la sospecha
El asunto ha contaminado también las trincheras domésticas. Hay quien reprocha a los críticos de ayer que ahora aplaudan las medidas del gobierno, y quien responde recordando que el mismo criterio con el que se atacaba al Ejecutivo anterior ya no se aplica. Se cruzan acusaciones de cambiar de bando según quién manda, de ser militante disfrazado o de veleta. Nada de esto tiene que ver con Ucrania y todo tiene que ver con Ucrania: la guerra es hoy el terreno donde se dirimen viejas cuentas.
Mientras el frente siga abierto, cada error de los medios servirá de munición a quien ya decidió que nada es verdad. Quien lleva media vida sospechando acumula canas y pocas certezas. Puede que el siguiente episodio confirme sus sospechas. O puede que no, y que entonces nadie se lo reconozca.