Solidaridad sin retorno: cuando donar sangre se vuelve un gesto inmoral
La proposición es provocadora: el hombre que dona sangre a la sociedad que le ha dado la espalda no es un generoso, sino un necio. Y no solo eso: es moralmente reprobable, porque con su gesto recompensa a los egoístas y socava la posición de quien, como él, siempre dio sin recibir.
El argumento no nace de la misantropía, sino de una contabilidad emocional. Quien lo sostiene repasa su biografía: una vida de ayudas prestadas, favores y compromisos, y una factura devuelta en indiferencia o, peor, en desprecio. En esa ecuación, la donación de sangre - regalar lo más íntimo, lo que te mantiene vivo - se convierte en el colmo de una relación de explotación.
Del altruismo a la autodefensa
Lo que en un primer momento es una declaración de rendición deriva pronto en una ética de la supervivencia. Hay quien sostiene que, si el entorno es hostil, la única salida es la astucia: exprimir antes de que te expriman. La referencia a la pandemia como punto de inflexión aparece una y otra vez: las mismas voces que exigieron solidaridad no tuvieron piedad con quienes pensaban distinto. “Ni olvido ni perdón” se convierte en lema.
La justicia según el momento
El debate encierra una crítica filosófica. Se invierte a Platón: “es mejor cometer una injusticia que padecerla”. Y se denuncia la hipocresía de las instituciones: la seguridad social es injusta mientras pagas, y justa en el momento en que cobras. La moral, se dice, no es una verdad objetiva, sino una posición que cambia con el beneficiario.
Si esta desconfianza se convierte en una moral consolidada, el impacto no se limitaría a los bancos de sangre. La pregunta de fondo es si la sociedad puede permitirse que una parte de sus ciudadanos se sienta tan estafada que abandone la reciprocidad básica. El pronóstico no es alentador: cuando el altruismo se percibe como una derrota, el primer perjudicado suele ser el que más lo necesita.