José Elías, del negocio de la luz a las lecciones de teletrabajo
Cuarenta horas de lunes a sábado, entre
1.300 y 1.400 euros brutos al mes y el catalán como requisito. Es la oferta de empleo que, según el material del foro, se publicó para un puesto en La Sirena y que en el hilo se vincula al entorno empresarial de José Elías. El mismo empresario al que se atribuye la tesis de que el teletrabajo «no es tan idílico como todos piensan» y que, cuando ocupa toda la semana, «es una medida en contra de los trabajadores». El contraste entre predicar esfuerzo y ofrecer el mínimo del convenio es el eje de todo el asunto. Y las cuentas no salen, según el desglose que se hace en el hilo: con doce pagas quedan algo más de mil euros al mes; con catorce, ni se llega.
Quién es José Elías y de dónde sale su dinero
Según el relato que circula en el hilo, el personaje no salió de la nada: aprovechó la
liberalización del mercado de las comercializadoras eléctricas, cuando casi nadie entendía aquel negocio, para hacerse con buena parte del pastel y, desde ahí, reinvertir los beneficios en la compra de empresas. De ese origen viene su frase más repetida: «Soy un pobre venido a más y moriré con esa mentalidad». La sentencia funciona a la vez como marca personal, como argumento de autoridad y como escudo. Quien se presenta como alguien que se hizo solo rara vez acepta preguntas incómodas sobre cómo trata a quienes trabajan para él. El relato del emprendedor hecho a sí mismo es potente; el de las condiciones que ofrece, bastante menos poético.
La tesis sobre el teletrabajo que encendió la mecha
En el hilo se le atribuye el argumento, difundido en redes, de que el trabajo a distancia deja al empleado compitiendo directamente con mano de obra de otros países mucho más barata, y de que un puesto presencial está más protegido. La objeción que se le opone tiene dos patas. La primera: la calidad y las competencias no son comparables de un mercado a otro, y tratar un perfil especializado como si fuera el mismo producto que uno de saldo es un error de bulto. La segunda: lo que la empresa ahorra en oficina, luz y metros cuadrados no se traduce en mejor sueldo para nadie. El punto incómodo para quien lanza la tesis es evidente. Si el teletrabajo es tan malo para el trabajador, ¿por qué lo eligen millones de personas cada vez que pueden?
¿Paga el convenio o paga lo mínimo que permite la ley?
Aquí se juega la partida de verdad. La crítica más repetida no es por una idea, sino por un patrón de conducta empresarial que se le atribuye: pagar exactamente lo que marca el convenio y ni un euro más. En un mercado donde históricamente el salario pactado iba por encima del mínimo sectorial, esa política se lee como una señal. Una parte del público lo interpreta como gestión prudente; otra, como el retrato exacto del empresario que exprime cada céntimo. La oferta publicada —con el catalán como puerta de entrada y cuarenta horas de lunes a sábado— se convirtió para muchos en la prueba que estaban buscando.
Las polémicas que alimentan el personaje
No es un caso aislado, según las versiones que circulan en el hilo. Se le atribuye haber querido que los empleados se llevaran a casa la ropa de trabajo para lavarla, un asunto que, siempre según esas versiones, acabó en los tribunales con resolución contraria a sus intereses. Hay quien recuerda un episodio con la
CNMV a cuenta de ofertas de tarifas eléctricas, extremo sobre el que no consta resolución firme en la información disponible. También se le critica un discurso contradictorio: por un lado repite que estudiar no sirve para nada; por otro, sus empresas exigen títulos de ingeniero para contratar. Y se le atribuye haber defendido que la inmigración es necesaria porque los nativos no quieren trabajar en ciertos sectores, un argumento que en el hilo se lee como excusa para seguir pagando poco.
Por qué encaja con el arquetipo del empresario que aprieta
Un término circula para nombrar a este tipo de patrón: el que predica productividad y esfuerzo mientras ajusta el salario al convenio y exige flexibilidad solo en una dirección. Quienes defienden a José Elías responden que su discurso es coherente, que explica los cálculos de una reforma con detalle y que su mensaje resulta positivo para los jóvenes. En una cosa aciertan: gestionar una empresa es complicado. La duda no es si sabe hablar de dinero. Es por qué habla siempre del dinero de los demás.
Los números de la oferta sonríen poco al relato. Cuarenta horas, seis días, en torno a mil euros netos según el cálculo del hilo y un requisito lingüístico. Quien quiera ver en él al empresario ejemplar tiene delante la misma cuenta que quien lo ve como el arquetipo del patrón que aprieta. La cifra no descoloca por alta. Descoloca por lo que revela.