Cien toneladas de cocaína: el narcoestado que ya nadie discute
¿Cuánta cocaína tiene que entrar por España antes de dejar de discutir si el país va camino de ser un narcoestado? La duda dejó de ser retórica en cuanto apareció el número:
más de cien toneladas incautadas en 2023, récord absoluto de la serie. Los especialistas en estupefacientes leen la cifra al revés de como suena. Incautar más no es ganar: es constatar que entra más. Y mientras se celebra la marca, la flota que persigue a las lanchas rápidas duerme en el taller.
Un récord que se lee al revés
Cuando un país bate su marca de aprehensiones año tras año no está mejorando su control, está midiendo el tamaño del negocio. La tesis que recorre el análisis policial es incómoda:
la sobreproducción de droga es el paso previo al narcoestado. Los indicios que la sostienen no son abstractos. Puertos donde el descontrol en la entrada de cocaína ya se ha saldado con una ejecución a sangre fría. Terminales que heredan problemas que la dirección anterior no resolvió. Instalaciones portuarias con llegadas que nadie controla. Y una cifra que se ha convertido en chiste recurrente: cada vez que se incauta un alijo enorme, alguien pregunta cuánto de ese alijo llegó realmente a la calle.
El dato tiene otra lectura, y no es menor. Si el volumen incautado crece pero el precio en la calle no se hunde, la conclusión es sencilla: entra mucho más de lo que se intercepta. Ese es el razonamiento que convierte una estadística de éxito en un indicador de desbordamiento.
¿Por qué la Guardia Civil no puede frenar las narcolanchas?
Porque no tiene medios. El
40% de las lanchas de la Guardia Civil está averiado, con helicópteros de 40 años y fusiles obsoletos. En Cádiz, la avería de la última patrullera dejó la costa a merced de las planeadoras, según las informaciones publicadas. En Almería, una narcolancha embistió a una patrullera de Vigilancia Aduanera durante una persecución; iba cargada con petacas de combustible y ningún funcionario resultó herido. En el Guadalquivir, el tráfico de lanchas rápidas hacia Sevilla se cuenta ya
hasta 15 al día.
La respuesta institucional, a juicio de buena parte del análisis, se queda en lo cosmético. Hay quien sostiene que el problema no es de voluntad sino de presupuesto; en contra pesa el argumento de que llevar años sin reponer una flota es, en sí mismo, una decisión política.
Sinaloa, Mocro Maffia y Marsella buscan sede en España
El mapa del crimen organizado europeo se está reordenando y España aparece en el centro. Los cárteles que operan en el continente —
Sinaloa, la Mocro Maffia, los Balcanes y Marsella— buscan asentarse aquí al verse cercados en sus bases tradicionales. En Cataluña se han desarticulado tres ramificaciones del cártel de Sinaloa, con metanfetamina, laboratorios y ajustes de cuentas incluidos. El puerto de Barcelona, por su parte, heredó el descontrol en la entrada de droga en sus instalaciones.
No es un fenómeno nuevo ni importado de ayer. La cocaína que entraba y entra por Galicia lleva décadas ahí, y varios análisis sitúan el arranque del problema en
los años 80, cuando el negocio se instaló en la costa gallega y nadie pareció darle importancia.
¿Cuántos mandos policiales han caído por narcotráfico?
Cinco en dos años. La última detención conocida afectó al
jefe de Estupefacientes de Valladolid, señalado por quedarse con alijos de operaciones. Antes cayó un agente en Madrid que ocultaba 20 millones en las paredes de su chalé, y en el sumario de una operación antigua apareció un guardia raso con sueldo bajo viviendo en un palacio. Los casos se cuentan siempre en condicional, como investigaciones en curso. El patrón que más se repite en el análisis es incómodo: hay operaciones antidroga que acaban sirviendo para quitarse competencia entre redes.
La sospecha no se limita a los cuerpos policiales. Los Mossos d'Esquadra temen que las mafias del cannabis corrompan a los poderes públicos. Un informe sobre el mercado de la marihuana en Cataluña, entregado a la Fiscalía, analiza los riesgos de un fenómeno que, según sus autores, amenaza la paz social. Plantaciones industriales trabajando con la luz pinchada, cultivos vigilados en medio del campo y todo el litoral mediterráneo con clanes exhibiendo su nivel de vida. Nadie lo para.
El ruido político alrededor de la cifra
En paralelo al análisis técnico, el asunto se ha convertido en munición partidista. Se recuerda que las fiestas con drogas y prostitución son un clásico documentado en determinados escándalos de corrupción, y las tramas de contratación pública se cruzan con licencias a empresas del sector del cannabis. También hay quien sitúa el origen del problema en un supuesto vínculo entre el Estado y las propias redes, una hipótesis que no conviene tomar por confirmada.
Otra parte del discurso, más ruidosa y con menos datos, deriva hacia culpar a la inmigración del avance del narcotráfico. Es una generalización sin respaldo: los detenidos en las grandes operaciones responden a perfiles muy distintos, y el negocio se sostiene sobre la demanda interna y sobre estructuras de blanqueo asentadas aquí desde hace décadas.
El camino y la meta
La discusión sobre cuándo se cruza la frontera del narcoestado tiene una respuesta incómoda: quizá ya se cruzó sin que nadie lo firmara.
Va camino es una fórmula amable para describir una realidad que lleva instalada décadas. España encabeza la incautación de cocaína en Europa con buena parte de su flota averiada y sus puertos vigilados por empresas privadas de seguridad que compiten con quien paga más. Si batiendo récords solo estamos en el camino, habrá que pensar qué hace falta para llegar. Probablemente, menos barcos todavía.