Cayetana contra Ayuso: Oxford frente al campechanismo
¿Por qué una licenciada y doctorada en Historia en Oxford, con tres pasaportes y una carrera periodística, no puede ser presidenta del Gobierno mientras una política sin ese perfil académico sí lo es? Esa es la pregunta que vertebra la comparación entre Cayetana Álvarez de Toledo y Isabel Díaz Ayuso, dos figuras del mismo espacio político con perfiles radicalmente opuestos. La primera, marquesa de Casa Fuerte, nacida en Madrid de padre francés y madre argentina, criada entre Londres, Buenos Aires y Oxford, donde se doctoró en Historia Moderna bajo la dirección del hispanista John Elliott. La segunda, madrileña, con un registro campechano que conecta con el votante medio. El contraste no es solo académico: es de estilo, de acento y de lo que el electorado español premia.
Quién es Cayetana Álvarez de Toledo
Nacida en Madrid, hija de Juan Illán Álvarez de Toledo y Giraud, XIV marqués de Casa Fuerte, y de Patricia Peralta-Ramos y Madero. Su padre combatió en la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial. Ella tiene pasaportes de España, Argentina y Francia. Pasó sus primeros siete años en Londres, de los siete a los diecisiete en Buenos Aires —donde estudió en el Northlands School, el colegio más caro de la ciudad, por el que también pasó la reina Máxima de Holanda— y de los diecisiete a los veintitrés en Oxford, donde se licenció y doctoró en Historia Hispánica. Dirigió su tesis John Elliott, uno de los mejores hispanistas. Después se instaló en España, país que no conocía pero que sintió como propio, según relató en una entrevista. Trabajó como periodista con buenos sueldos, dimitió y renunció a su acta hasta que Pablo Casado le pidió que volviera.
El argumento del perfil presidencial
Quienes defienden su candidatura sostienen que su perfil encajaría en el norte de Europa: familia noble, elegancia, estudios, buena oradora, seriedad, imagen de solvencia. En el Reino Unido, argumentan, estaría en primera línea política. «Sería nuestra Thatcher», resume una de las posturas más repetidas. La comparación con la dama de hierro no es casual: se la describe como seca, altiva, dura, fría, con un pensamiento que algunos califican de masculino. La anécdota que más circula es la de imaginarla declarando bombardeos selectivos contra Marruecos por alguna pequeña agresión mientras se toma un café con pastitas. También se recuerda que estuvo en la inauguración de Milei y que, como argentina, está curada de espanto peronista.
El problema del acento y la imagen
Aquí llega el obstáculo que muchos señalan: su acento argentino. «Nunca la había oído hablar», admite una participante. Otra lo dice sin rodeos: tiene un pelo de tonta, pero es muy arrogante, cae mal, es marquesa y habla con acento argentino. Frente a eso, Ayuso es medio tonta pero sentenciosa, descarada, un poco choni y muy española. La pregunta que se lanza es quién vende más. La respuesta que se repite: en España el vulgo premia la campechanía. «Que digas me suda el coño en vez de no comparto esa opinión». El diagnóstico es duro: un país que desprecia la inteligencia y las buenas formas, con alma de latinoamericano, donde el poso intelectual y la preparación no bastan.
El elitismo como lastre electoral
El argumento más repetido contra su viabilidad electoral es el elitismo. Se la describe como una estirada que se ofende si el servicio la mira a los ojos. Se compara su caso con el de Espinosa de los Monteros, también de familia noble, pero que sabía ser cercano y conectar con la gente. Hasta el nombre, Cayetana, se usa como objeción: no puede ser más pijo. La conclusión de esta corriente es que para conseguir millones de votos hace falta parecer del pueblo, incluso en la derecha. Y que ella no lo parece.
El desprecio a la mediocridad y el diagnóstico del país
La réplica a todo lo anterior es una acusación de fondo: España es un país de cretinos donde triunfan los indocumentados. Se compara a Ayuso con Sánchez como dos caras del mismo fenómeno: perfiles que no destacan por su preparación pero que conectan con el electorado. «Aquí la mediocridad y el alarde de la ignorancia triunfan», se sostiene. La consecuencia, según esta lectura, es que una figura como Cayetana está donde está por parecer prepotente, no por falta de méritos. El país Torrente, hortera, zafio, cutre, estéticamente feo, prefiere al campechano antes que al intelectual. Es el mismo diagnóstico que explica por qué Thatcher no habría pasado de concejala de capital de provincias.
La pregunta no tiene respuesta fácil. Si el perfil académico y la solvencia bastaran, Cayetana estaría en primera línea. Si bastara con conectar con el votante medio, Ayuso ya lo está. España, de momento, ha elegido lo segundo. Y no parece que vaya a cambiar.