Irene Montero pide el 'todes' y Risto Mejide responde con la RAE
«Cada vez que yo venga, por favor, usa el 'todes'». La petición de Irene Montero en un plató —hoy eurodiputada— bastó para encender otro capítulo de la guerra cultural. La réplica llegó con diccionario: «Yo soy más de la RAE y la RAE dice que el 'todos' ya incluye a todos, a todas y a todes», contestó Risto Mejide. El clip corrió como la pólvora y arrastró un asunto que va mucho más allá de una vocal: quién decide cómo se nombra a la gente, y a qué precio en euros.
Qué dijo cada uno sobre el 'todes'
Montero planteó su petición como una condición: cada vez que acuda al programa, que se use el
todes. Mejide no la corrigió con gramática militante, sino con la autoridad del diccionario. Lo hizo con una sonrisa que buena parte del público leyó como una victoria. Quince segundos y un resumen perfecto de un choque instalado en la vida pública: el idioma como campo de batalla y la norma académica como argumento conservador por defecto.
Hay quien sostiene, sin embargo, que el marco está mal elegido. Incluir a todos en una sola palabra resulta, por definición, más integrador que fragmentar el idioma en etiquetas separadas. La ironía es fina: quien más insiste en nombrar por grupos acaba construyendo más divisiones. Y cada división termina necesitando su propio presupuesto.
El idioma como política pública
El trasfondo filosófico apareció pronto. Una de las tesis que se repiten es que el lenguaje no describe la realidad, sino que la fabrica: lo que no se nombra no existe. Si eso fuera cierto, bastaría con cambiar las palabras para cambiar las cosas.
Un ejemplo sirve para medirlo. A la ley de la gravedad nadie le puso nombre hasta el siglo XVII, y el planeta no se pasó ingrávido los siglos anteriores. La objeción es sencilla y molesta a partes iguales. Aun así, la idea de que la percepción construye el objeto —y de que el sujeto decide qué existe— ha calado en la manera de diseñar manuales, campañas y políticas públicas.
De cajera a eurodiputada: la trayectoria bajo el foco
La conversación derivó rápido hacia la biografía. Se recuerda que trabajó como cajera mientras estudiaba la carrera para pagarse la matrícula, que acumuló matrículas de honor y que un máster posterior le abrió la puerta a una beca. De ahí, al escaño.
El ascenso admite otra lectura. Se cita un partido que en 2014 logró un 21% del voto y 70 escaños, y un Ministerio de Igualdad que llegó a manejar **20.000 millones de euros**. La cifra se usa como munición: ese volumen de fondos, y su titular fuera del foco cuando dejó de gestionarlo. Conviene subrayar que el lucro personal que se le atribuye no consta en ninguna resolución judicial: son acusaciones lanzadas al aire, sin sentencia ni expediente.
Cuánto cuesta el aparato de la igualdad
Aquí la conversación toca hueso económico. Los 20.000 millones son el dato que más se repite, casi siempre para sostener que el dinero público se dilapida en estructura, cargos y campañas. La crítica no es nueva; ha encontrado en la televisión su mejor altavoz.
Del otro lado pesa un argumento distinto: si el problema es real —se aluden casos de violencia extrema contra personas homosexuales—, el gasto en concienciación tiene justificación. Que una parte lo lea como inversión social y otra como despilfarro es, en el fondo, el desacuerdo de siempre sobre qué debe hacer el Estado con el dinero de todos.
El presentador como supuesto árbitro
No todos compran la escena. Hay quien ve en la respuesta televisiva un truco más: convertir al presentador en
el sensato de guardia frente a una entrevistada caricaturizada. El chiste más retorcido, se dice, es vender esa contraposición como periodismo objetivo. Sobre todo cuando el mismo formato que ridiculiza a unos encumbra a otros según el día.
Montero y Ayuso: la comparación que no cesa
Cuando el argumento se agota, entra el espejo. Frente a la política madrileña, a la que se reprocha su origen —su jefa era marquesa—, la figura de Montero se reivindica como «más de la calle». Es un marco de clase usado en ambos sentidos: para defenderla y para atacarla.
Y ahí asoma el problema de fondo. Buena parte de la conversación abandona el contenido y se instala en el aspecto físico, el tono o la vida privada de la protagonista. Cuando eso ocurre, el asunto que abrió todo —el 'todes', la RAE, el gasto— queda enterrado bajo una capa de ruido difícil de atravesar.
Una ministra pide un pronombre, un presentador responde con el diccionario y el país acaba discutiendo si eso merece 20.000 millones. ¿Queda alguien que recuerde por qué se empezó a hablar de esto?