El invento que promete energía de la nada lleva 22 años en el limbo
Multiplicar la fuerza por dieciséis, cancelar la gravedad, invalidar la materia oscura y enviar información más rápido que la luz. Todo eso cabe, según sus promotores, en un dispositivo mecánico que se desarrolla desde al menos 2002 y que acumula más de dos décadas en el limbo, según sus defensores. El punto de partida era ambicioso: un avance que obligaría a reescribir la
energía, la mecánica cuántica, la bioquímica, la farmacología y la cosmología. Basta con leer los detalles para entender las dudas que despierta.
Qué promete exactamente el dispositivo
La lista de propiedades atribuidas es larga. Se afirma que la energía oscura no existe; que lo que se observa e interpreta como tal es consecuencia de la geometría del sistema. De ahí saldría, siempre según esta versión, la explicación del
95% de la energía del universo que no se sabía de dónde venía, lo que dejaría obsoletas la constante cosmológica y la materia oscura. También se sostiene que el aparato emula la fuerza de la gravedad y después la cancela, que rompe el segundo principio de la termodinámica —la flecha unidireccional del tiempo— y que permite «crear energía de la nada».
A eso se suma la parte cuántica: energía cuantizada, la fórmula e=hf, cuerdas vibrando en las once dimensiones del multiverso y una supuesta comunicación por entrelazamiento cuántico a velocidad superior a la de la luz. Las solicitudes depositadas en el registro de la Oficina Europea de Patentes se presentan como respaldo documental. Conviene precisar algo básico: el registro de una solicitud acredita que se ha presentado, no que el principio físico funcione como se describe. Y sobre el entrelazamiento, el consenso de la física mantiene que no permite transmitir información.
El argumento del polipasto que nadie ha rebatido con medidas
La crítica más repetida tiene siglos: levantar un peso grande con uno pequeño ya se hace desde Arquímedes con un polipasto. Cuatro ruedas y dos palancas con brazo largo y brazo corto no crean energía; intercambian fuerza por recorrido. Quien defiende el invento llama a esto falacia de los negacionistas y responde que el sistema funciona igual con cualquier fuerza aplicada en horizontal, como la de Coriolis, y que es más sensible que un péndulo de Foucault.
El problema no es la réplica. Es lo que falta: una medición pública del balance energético neto. Se habla de cómo baja antes lo que sube, de geometría con ventaja energética, de una fuerza repulsiva nacida de la interacción asimétrica de los cuerpos en la gravedad. En el hilo no aparece la medición que las cerraría. Ahí se atasca todo.
Un inventor senegalés, un aeropuerto gallego y un premio en Suiza
La historia tiene protagonista. El inventor, de origen senegalés, llegó a Galicia y, al bajar del avión, no lograba distinguir si las personas que estaban en las escaleras subían o bajaban. La anécdota circula como ilustración de la ruptura de simetrías que estaría en el corazón del sistema. El inventor ha recibido un premio menor del jurado en un salón de inventos en Suiza, con eco en la prensa senegalesa, y su motor aparece descrito como un motor de reacción que acopla fuerzas fundamentales —magnéticas y gravitatorias— con dispositivos oscilantes para generar propulsión, con aplicaciones en naves espaciales y en producción de energía.
Todo eso sin que el invento haya salido del limbo:
22 años, según sus defensores, en los que se han añadido capas —agujeros de gusano, ER=EPR, el trabajo de
Maldacena y Suskind de 2013— sin que aparezca la demostración.
Del motor a la Agenda 2030: cómo se desvía la conversación
Alrededor de la promesa técnica se ha ido pegando otro relato. Hay quien sostiene que el progreso tecnológico es el mayor fraude desde el agua fluorada y que en los noventa se vivía con un
5% de la tecnología actual y con mejor calidad de vida. Otros hablan de coches voladores reservados a una élite, de opresión y control estatal creciente, de máquinas con inteligencia artificial imposibles de desconectar y hasta de un apagón general de diecinueve horas y media que habría dejado el país al nivel de Cuba. La política interior, la fecha de marzo de 2004 y el reparto del mérito institucional también entran en la conversación. Nada de eso se sostiene con datos. Es ruido de fondo.
Y sin embargo algo queda en pie: la pregunta de si una tecnología así, existiendo, cambiaría la vida de la gente o se quedaría en manos de quien pueda pagarla. Es un interrogante legítimo. El otro, el del balance energético, sigue sin respuesta.