El verano de 2026 es el más cálido desde 1869, según Aemet
El verano meteorológico cerró hace días y el calendario ya apunta al otoño, pero los termómetros siguen en agosto. Septiembre se despide con 33 y 34 grados en el norte peninsular, máximas que rondan los 29 al mediodía y noches en las que las mínimas apenas bajan de 13 grados. La Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) ya certificó que el verano de 2026 es el más cálido registrado en España desde, al menos, 1869, tras la reconstrucción climática de la serie histórica.
¿Por qué hace 33 grados en septiembre?
Existe una explicación clásica y con nombre propio: el veranillo de San Miguel, ese breve episodio de calor inusual que suele llegar alrededor del 29 de septiembre, dura entre tres y siete días y eleva las temperaturas de tres a seis grados por encima de lo normal. En el sur y el interior deja máximas de 28 a 30 grados, y en los valles del suroeste puede escalar hasta los 35-38. No es un invento de este año: es un patrón tan viejo que muchos lo aprendieron de sus abuelos.
El guion, sin embargo, no encaja del todo. Que el termómetro marque 33 grados en el norte y que las noches se queden sin una sola brisa desborda el manual del veranillo. A ello se suma la memoria reciente de un junio frío, sin ola de calor de por medio, como si el termómetro hubiera cambiado el orden de las estaciones.
El informe de Aemet: el verano más cálido desde 1869
La serie histórica oficial arranca en 1961, pero el equipo de climatólogos y el portavoz de la agencia, Rubén del Campo, presentaron en Valencia una reconstrucción que estira la comparación hasta 1869. Con ese marco, el verano de 2026 queda como el más cálido desde, al menos, ese año.
La cifra convive con una percepción incómoda. El calor ya no se concentra en julio y agosto, sino que se prolonga hasta rozar el otoño, y la factura la paga todo el mundo: quien trabaja a la intemperie, quien no puede apagar el aparato de aire y quien ve cómo la sequía se cuela en la conversación de sobremesa.
Antropogénico, cíclico o el anticiclón de las Azores
Las explicaciones compiten sin ponerse de acuerdo. Una parte sostiene que el calentamiento es de origen humano y que basta mirar la estadística para comprobarlo. Enfrente pesa el argumento de los ciclos naturales: el clima lleva cambiando desde que existe el planeta, el óptimo medieval fue cálido sin fábricas y de la pequeña edad de hielo se salió a mediados del siglo XX. Hay quien añade que en la Antártida el hielo crece y que los registros antiguos nunca tuvieron esta precisión.
Una tercera vía, más humilde, sospecha un factor mecánico: el anticiclón de las Azores se ha desplazado y arrastra más calor africano hacia la península. Y una corriente minoritaria lo atribuye a supuestas fumigaciones aéreas, una teoría sin ningún respaldo científico. En medio de todo, una queja transversal: que la causa se estudie de verdad, sin prejuicio ideológico de por medio.
Un detalle doméstico descoloca a más de uno. El verano acabó oficialmente hace apenas unos días y hay quien escribe que son las temperaturas las que no se han enterado.
Si la serie histórica apunta a máximos y el calendario se empeña en contradecirla, queda la duda de siempre: cuando el calor se estira hasta la puerta de octubre, ¿cuánto tardará el frío en reclamar lo suyo?