Ataque antisatélite y pulso EMP: el plan para cegar a la OTAN
La jugada más agresiva que circula no es tomar Kiev. Es apagar los satélites. El razonamiento de partida es que las decisiones importantes, la táctica y la estrategia global se definen lejos del frente, y que quien pelea sobre el terreno recibe coordenadas e instrucciones desde fuera. Si eso es cierto, el rival verdadero no es el ejército que está enfrente, sino la infraestructura que lo sostiene. Y contra una infraestructura tecnológica, la respuesta que se plantea es tecnología:
cegarla.
El plan contra los satélites geoestacionarios y los drones de la OTAN
La propuesta concreta tiene dos fases. La primera, poner la cohetería nuclear en alerta máxima como mensaje disuasorio: la idea es que nadie responda a lo que venga después. La segunda, que las tropas aeroespaciales lancen desde tierra un ataque con armas antisatélite contra
todos los satélites geoestacionarios de Occidente que cubren la zona de Ucrania. No haría falta destruirlos uno por uno: la basura espacial generada se encargaría de anular a los que sobrevivieran. Los satélites no geoestacionarios, sostiene el planteamiento, no bastarían para cubrir el conflicto. El resultado que se promete es un ejército ciego y unos sistemas guiados por GPS que rinden menos que una piedra.
La segunda vía, compatible con la primera, sería lanzar pulsos electromagnéticos desde la órbita superior para freír los componentes electrónicos de Europa Oriental. Antes, los medios propios quedarían a resguardo en jaulas de Faraday. Se acabarían los drones y el resto del material avanzado suministrado desde fuera.
¿Por qué se duda de la tecnología militar rusa?
Aquí es donde el relato se agrieta. Frente a la imagen de un arsenal moderno, una parte de las intervenciones sostiene lo contrario: en esta guerra
el 99% de lo empleado estaría fabricado hace 40 años, y lo nuevo o no se ha visto o directamente no se habría llegado a fabricar. El ejemplo que se repite es el de los sistemas antiaéreos que debían parar los HIMARS y que, según esta versión, no habrían interceptado ni uno solo. De fondo aparece un argumento industrial clásico: la URSS construyó una potencia de bienes de equipo y armamento con planes quinquenales copiados y asesorados desde Occidente, pero el último de esos planes, el de bienes de consumo, fracasó sin paliativos. Caro, escaso y malo.
El contraargumento técnico es igual de incómodo. Un ataque electromagnético a gran escala también dejaría sin ojos a quien lo lanza. Habría que quemar no solo los satélites propios y ajenos, sino las plataformas de lanzamiento de todos los países hostiles para que nadie repusiera la red en meses. Se recuerda, además, que algunos programas chinos ya ensayaron derribos selectivos de satélites. La escalada, en la práctica, se parece menos a una jugada de ajedrez y más a apagar la luz de toda la sala.
¿Está Rusia arrinconada o le sobra terreno donde retirarse?
El titular del miedo —un animal acorralado muerde— tiene una objeción geográfica simple:
Rusia tiene Rusia entera para replegarse. No hay asedio posible a un país de esa extensión. El matiz es que mientras sus unidades sigan desplegadas fuera, cada día que pasa es un día de bajas evitables. De ahí la lectura más repetida: la retirada no es una derrota, es quitarse de en medio.
Otra corriente dibuja un objetivo menos ambicioso y más rentable: no todo el país, sino
todo el este del Dniéper y la costa del Mar Negro, que es la zona más próspera. Lo demás, dicen, es una carga que se puede dejar en el tejado de Occidente. Frente a eso, la postura contraria subraya que Ucrania es un Estado independiente que ni ha sido derrotado ni se ha rendido, y que Moscú puede cantar victoria militar y haber perdido igualmente: el odio acumulado durante generaciones no se negocia en una mesa. Como precedente se trae la guerra polaco-soviética, donde el tamaño de la población no dictó el resultado.
La quinta opción: Zaporiyia y el escenario que nadie firma
Entre los escenarios extremos hay uno que no consiste en lanzar nada, sino en dejar que pase. Se especula con que se esperen días de viento favorable y se permita un accidente grave en la central nuclear de Zaporiyia: permitiría jugar la carta nuclear sin asumir la autoría de un ataque atómico, contaminando al oeste de Ucrania y a países occidentales. Es una hipótesis, no un hecho, y así se plantea. Otros reclaman directamente que Kiev entre en Crimea y en territorio ruso para forzar por fin el uso abierto de la aviación, que hasta ahora se habría reservado.
Quién paga la factura si la guerra escala en Europa
El último tramo del desacuerdo no discute táctica militar, sino quién come. Una línea defiende que el sistema angloamericano necesita un gran reinicio y busca su tercera guerra mundial para sobrevivir, con Ucrania y Europa como daños colaterales. La otra responde con la lista de la compra: si esto escala, aquí toca hambre, pobreza y avisos de reclutamiento. En medio se cuela el detalle energético —el gas embarcado multiplica costes de forma difícil de sostener— y la sospecha de que Kiev aguanta como ariete hasta el último ucraniano.
Con ese cuadro, la pregunta es cuánto hay de disuasión real y cuánto de farol en un plan que, ejecutado, dejaría a quien lo lanza sin ojos propios y sin GPS. Nadie se pone de acuerdo. Y ese, más que cualquier cifra, es el dato que importa.