Baños reclama negociar con Rusia: el frío como arma de guerra
Europa no se muere de frío. Pero el coronel Pedro Baños, especialista en geoestrategia, ha puesto esa certeza en cuestión con una advertencia incómoda: «Hay que negociar con Rusia, sin su gas podrían morir de frío cientos de miles». En la misma intervención recogida por
El Español añadía el marco que le sirve de argumento: «El hambre y el frío son capaces de iniciar revoluciones». El telón de fondo, sostiene, es el ascenso de los
BRICS —China, Rusia y, ahora, India— y la pérdida de centralidad de Occidente. La reacción ha sido un pulso entre termodinámica doméstica, memoria histórica y geopolítica del gasoducto.
Qué dijo y por qué se le acusa de prorruso
El planteamiento es simple de enunciar y difícil de tragar: si el gas ruso sigue fuera del mercado europeo, habrá muertos por frío y gobiernos que caigan. Quien lo firma no es un tertuliano cualquiera. Su currículum incluye, según se lee en el hilo, el máster en Defensa y Seguridad por la Universidad Complutense, puestos de análisis en la Secretaría General del Estado Mayor del Ejército de Tierra, la jefatura de Contrainteligencia y Seguridad del Ejército Europeo en Estrasburgo y tres misiones en Bosnia-Herzegovina. También es profesor de Estrategia y Relaciones Internacionales en la Escuela Superior de las Fuerzas Armadas.
Con ese aval, la etiqueta de prorruso pesa más. Buena parte de las respuestas le sitúan en el bando contrario al interés europeo y le reprochan que aparezca justo cuando Ucrania encadena avances. En el lado opuesto del hilo hay comentarios que leen la retirada rusa como una supuesta «finta» del «maestro Putin» y no como una derrota. Enfrente, otra corriente defiende que quien pide la paz no es prorruso, sino que cuenta los muertos que otros no ponen. La discusión, en el fondo, no va de termómetros: va de quién paga la factura.
¿Sobrevivía Europa al frío antes del gas ruso?
Es el contragolpe más repetido. Durante siglos, según uno de los argumentos que circulan, Europa aguantó inviernos
cuatro veces más fríos sin ventanas de doble cristal y sin un solo metro cúbico de gas soviético. La pregunta implícita es incómoda: si antes se podía, ¿por qué ahora no?
La respuesta tiene menos épica y más
fontanería. Antes había chimeneas de leña y árboles al alcance; hoy la mayoría vive en pisos urbanos sin salida de humos y con una estufa eléctrica como
plan B. Con buena salud y mantas, morirse no te mueres, pero la calidad de vida se desploma. En el hilo hay quien sostiene que las casas del centro de Europa están a
6 y 8 grados mientras que en sitios como Elda no se baja de
15 grados. La comparación tiene trampa: no es lo mismo pasar frío en Berlín que en Soria.
¿Tiene Europa con qué sustituir el gas ruso?
Aquí el dato manda sobre la consigna. La nómina de proveedores alternativos es larga y no se limita a dos o tres nombres: Estados Unidos, Noruega, Qatar y Argelia encabezan casi todas las quinielas, pero la relación completa —más de una docena de países, con el yacimiento neerlandés de Groningen de fondo— es lo que conviene leer entero antes de dar por hecho el
apagón.
El pronóstico que Baños no acertó
Para una parte del público, el problema no es esta frase, sino la anterior. Antes de la invasión, según sus críticos, sostenía que Rusia no atacaría Ucrania y se mofaba de quienes apuntaban lo contrario, con chistes sobre la edad y el estado mental de Biden incluidos. Cuando los hechos le desmintieron, la etiqueta ya estaba pegada. Que ahora repita algo parecido a lo que defienden formaciones situadas en extremos opuestos del arco político, cada una por sus motivos, tampoco le ayuda.
A eso se suma el caso Schröeder: el exprimer ministro alemán vinculado a Gazprom, al que se alude para preguntar por qué se reclama apartar del Ejército a un militar que pide negociar y no a quien tuvo esa vinculación.
El frío como variable política
Baños no habla de termómetros, habla de revoluciones. Y en la forma tiene razón: ninguna sociedad resiste mucho tiempo con la calefacción apagada y la factura intacta. Un participante dibuja el escenario de tener que elegir entre que muera mucha gente de frío o que la industria quede «totalmente arrasada», y sitúa el problema en Alemania, Países Bajos y Bélgica.
El pronóstico, con reservas: si el invierno viene duro y los almacenes no llegan, la presión para sentarse a la mesa crecerá en Bruselas y en cualquier capital con encuestas a la vista. Si viene suave, la consigna de negociar con Rusia se quedará donde está ahora, en el aire. No es una predicción heroica. Es lo que dicta el termómetro.