Rusia ataca la red eléctrica de Ucrania y lleva la guerra al invierno
Medio año después del inicio de la invasión, en el otoño de 2022, el mapa de los apagones sustituyó al de las trincheras. Una instalación de infraestructura crítica de la región de Járkov quedó en llamas y dejó sin suministro a buena parte de la zona; en Sumy se registró una caída de tensión en toda la región; Poltava informó de cortes y en Kiev y su provincia se activaron apagones de emergencia. Días después los impactos llegaron al oeste:
Leópolis, Rivne y Kovel, la zona que los canales que difunden estos partes describen como la Ucrania nacionalista.
Nadie discute ya que los objetivos son las plantas térmicas y las instalaciones de suministro eléctrico. Lo que se discute —y ahí el consenso se rompe— es qué persigue esa campaña y cuánto aguanta una red que llevaba seis meses intacta. Porque eso, y no otra cosa, es lo raro del asunto:
medio año de guerra con la luz encendida.
Dos plantas térmicas y un sistema eléctrico en reserva
Los partes que circulan mencionan dos plantas de energía térmica principales en la orilla izquierda de Ucrania, las de
Járkov y Kremenchug, atacadas de forma simultánea, y la caída del sistema de la central nuclear de Zaporiyia entre las causas del apagón. En Zhytomyr, dos misiles alcanzaron una instalación de infraestructura crítica y la ciudad se quedó sin servicio. El patrón se repitió en oleadas sucesivas sobre estaciones eléctricas de Kiev y otras localidades.
La consecuencia inmediata tiene nombre técnico:
cortes de emergencia. Se apagan regiones enteras para equilibrar carga y generación, y esa maniobra —lo admiten los propios relatos de los ataques— no basta para compensar lo que se ha caído. Que haga falta explica bastante del momento en que está la guerra.
¿Por qué Rusia ha tardado seis meses en atacar la electricidad?
Porque se preparó una
guerra corta. Ese es el argumento con más recorrido: fuera cual fuera la parte del país que se pensaba anexionar, se quería con las infraestructuras intactas, sin enajenarse a la población local y sin regalar más material a la propaganda contraria. La contención se vendió durante meses como humanitarismo y como torpeza, según quién lo contara. Las dos lecturas podían ser ciertas a la vez.
El problema de ese cálculo es que la otra parte no aplicó la misma prudencia. Quien bombardea la red sabe que un transformador se repara en días o semanas, pero también que cada apagón se convierte en relato, y que el relato moviliza más que el daño. De ahí la división: unos sostienen que los ataques llegan tarde y en mal momento logístico; otros celebran que por fin se golpee la retaguardia que alimenta al frente.
Yugoslavia 1999 e Irak 1991: el precedente que siempre vuelve
Cada vez que arde una subestación, alguien saca
el mismo expediente: la campaña de la OTAN contra Yugoslavia en 1999 y la coalición sobre Irak en 1991 también dejaron ciudades sin agua y sin luz. Es el argumento con más recorrido del asunto, porque desplaza el terreno de la moral al de la selectividad: los bombardeos que ahora se denuncian se justificaron entonces, y encima empezaron el primer día, no en el mes número seis.
La respuesta contraria no niega el dato, solo le cambia la fecha: que un ejército lo hiciera antes no lo convierte en legítimo después. El intercambio no se cierra, y en medio quedan testimonios de quienes vivieron aquellos apagones —un parto sin electricidad alumbrado con candiles, se cuenta— usados como espejo por ambos bandos.
Belgorod, Donetsk y el juego de espejos
La campaña no es simétrica en capacidad. Las regiones fronterizas rusas también han notado cortes —se ha mencionado
Belgorod sin electricidad— y la distribución eléctrica de Donetsk sufrió daños que los partes atribuyen a la parte ucraniana. Una lectura recurrente entre los participantes es que ese intercambio favorece a Moscú: la red ucraniana tiene mucho más que perder y cada reparación compite por presupuesto y material con el frente.
Que los ataques se concentren en zonas del oeste, lejos de la línea de contacto, apunta a un objetivo que no es militar en sentido estricto. Apunta a la voluntad. Un invierno a oscuras como
moneda de cambio en cualquier negociación futura.
¿Cambian los apagones el frente de Jersón?
No hay datos que lo demuestren, y ese es justo el punto. La contraofensiva sobre Jersón seguía su curso mientras ardían las térmicas, y una parte del análisis sostiene que gastar misiles contra objetivos fijos y reparables es mal negocio militar: la red se remienda, el frente no. Añaden que el castigo refuerza la resistencia en lugar de doblegarla, porque quien ya se imagina lo que le espera prefiere aguantar.
La réplica, entre quienes respaldan la campaña, apunta al desgaste: plantean que sin electricidad se complica la logística y la industria que sostiene la guerra termina parada. Ninguna de las dos partes maneja cifras de capacidad de reparación.
Ahí se atasca todo: no se sabe cuántos transformadores quedan en almacén, cuántos se pueden puentear ni cuánto tarda el frío en convertirse en una variable de guerra más decisiva que un kilómetro de frente.