La sensación de que el sistema de Gustavo Bueno (el
materialismo filosófico) se pierde en detalles filosóficamente irrelevantes no es casual ni meramente subjetiva. Surge de varias características estructurales y estilísticas de su obra que, para muchos lectores (incluso simpatizantes), producen exactamente esa impresión de “voluntarismo excesivo” y de proliferación de distinciones.
Ambición totalizante y carácter “escolástico”
Bueno construyó un sistema que pretende abarcar
casi todo: ontología general y especial (los tres géneros de materialidad M₁, M₂, M₃), gnoseología (teoría del cierre categorial), filosofía de la religión, de la política, de la cultura, de la televisión, del deporte, de España, de la izquierda…
Este impulso sistemático lo emparenta con la gran tradición escolástica (aristotélico-tomista + ciertos elementos del materialismo dialéctico soviético leídos a su manera). El resultado es una maquinaria conceptual extremadamente densa, llena de distinciones, taxonomías, cuadros clasificatorios y neologismos.
Para quien no comparte la convicción de que la filosofía debe ser un “saber de segundo grado” sistemático y total, muchas de esas distinciones aparecen como
sobre-ingeniería conceptual: se sienten como detalles técnicos que no cambian realmente el diagnóstico de los problemas filosóficos centrales.
La crítica como clasificación interminable
Bueno redefinió la crítica filosófica fundamentalmente como
operación de clasificación (cribar, distinguir géneros, especies, modos, ejes, etc.).
Esto genera una escritura en la que, antes de llegar a la tesis sustantiva, el lector debe atravesar largas series de distinciones previas (“no es A ni B ni C, sino D en el sentido de…, pero no en el de…”).
Cuando estas distinciones se multiplican y se aplican a temas muy concretos o históricamente situados, la impresión de que se está “perdiendo en detalles” se vuelve casi inevitable.
Lo que para el buenista es rigor y precisión, para el lector externo es frecuentemente escolasticismo o logorrea.
Aplicación “voluntariosa” a casi cualquier objeto
Una de las características más visibles del sistema es su pretensión de poder “digerir” cualquier fenómeno cultural o político mediante el mismo aparato conceptual.
Esto produce textos en los que se despliegan las categorías del materialismo filosófico sobre asuntos que, a ojos de muchos, no requieren tanta artillería ontológica (televisión, fútbol, ciertas polémicas mediáticas, etc.). El efecto es que el sistema parece a veces más interesado en
demostrar su propia potencia clasificatoria que en resolver el problema filosófico de fondo.
Terminología opaca y estilo denso
La terminología es deliberadamente técnica y a menudo idiosincrásica. Críticos de tradición analítica o fenomenológica han señalado reiteradamente su opacidad. Cuando el lector tiene que invertir un esfuerzo considerable sólo para descifrar el lenguaje, es fácil que los matices que se están discutiendo se sientan como “detalles irrelevantes”.
Tensiones internas del propio sistema
Algunos críticos internos o cercanos han señalado que el sistema tiene una estructura “centáurica”: mezcla una ontología de inspiración escolástica-dialéctica con una gnoseología más operativa y constructivista.
Cuando estas dos líneas se fuerzan a encajar mediante distinciones cada vez más finas, el resultado puede parecer artificial o excesivamente voluntarioso. El propio desarrollo tardío del “Ego trascendental” es visto por algunos como un intento de cerrar lagunas que genera todavía más complejidad.
El voluntarismo y la irrelevancia del
materialismo filosófico provienen sobre todo de la
combinación de ambición totalizante + método clasificatorio hiperdesarrollado + aplicación casi universal del aparato conceptual.
Lo que para Bueno y sus seguidores es la exigencia misma del rigor filosófico (no dejar ideas confusas sin cribar, no aceptar monismos o reduccionismos fáciles), para muchos otros lectores se traduce en un exceso de mediaciones conceptuales que terminan oscureciendo o diluyendo las cuestiones filosóficamente más potentes.
El precio del sistematismo es, con frecuencia, la proliferación de distinciones y taxonomías que sólo resultan imprescindibles
desde dentro del propio sistema.