El dron de 500€ que caza a un soldado sin necesidad de piloto
Un dron de 500 euros puede matar a un soldado equipado. La cuenta no le cuadra a quien lo sufre, y la discusión técnica sobre cómo frenarlo sigue sin una respuesta que convenza. Lo nuevo no es el precio. Lo nuevo es que el aparato ya no necesita a nadie pilotándolo hasta el último metro.
Quien analiza este tipo de armamento describe una carrera de tres escalones en muy poco tiempo: primero se usaron para anular los inhibidores de radiofrecuencia de los drones rivales; después se pasó a atacar el enlace de vídeo —de ahí que en muchos vídeos la imagen se pierda justo antes del impacto—; y ahora entra en juego el
bloqueo automático. La consecuencia práctica es incómoda: el que dispara puede estar a kilómetros,
calentito, y largarse.
¿Cómo funciona el bloqueo automático de un minidrone de ataque?
El operador lleva el aparato hasta un punto donde tiene contacto visual con el enemigo. Pulsa un botón. El dron marca el objetivo y lo persigue hasta alcanzarlo, esté quieto o corriendo. A partir de ese momento, el piloto se desconecta y el chisme ya no necesita órdenes.
El invento nació de un problema concreto: en los tramos finales de cada ataque se perdían muchos aparatos por la guerra electrónica. La señal se cortaba justo antes del golpe y el dron caía al suelo sin más. Así que se quitó al humano justo del momento más delicado. El aparato no lleva sensores aparte de la cámara; el trabajo fino lo hace un software de reconocimiento de objetos. Si se cambia de canal de emisión de forma aleatoria, la interferencia se complica. Contra eso, poco que hacer.
La aritmética: un dron de 500€ contra un soldado equipado
El precio del aparato no es el dato más llamativo. Lo es la comparación. Un dron capaz de llevar 200 gramos de TNT se fabrica por
dos euros la unidad en talleres chinos, según el cálculo que manejan quienes siguen este mercado, y se vende por AliExpress sin mayor ceremonia. El conjunto con el operador no pasa de 500 euros. Otra estimación sube hasta los 1.000, y sigue siendo una cifra ridícula al lado de lo que cuesta poner un combatiente en el frente.
Ahí entra la letra pequeña que casi nunca se menciona: arma, munición, pertrechos, alimentación, medicinas, sanidad, logística y, si cae herido —y caen muchos—, la operación de rescate. Ese último capítulo no se mide en euros, pero se paga igual. Un solo operador puede manejar cientos de aparatos en una jornada.
Conviene desconfiar del
relato, eso sí. Solo se difunden los casos de éxito. La eficacia real de estos aparatos no es del 100% ni probablemente del 50%, y el campo de batalla está lleno de drones que se estrellan, se quedan sin batería o se pierden en un bosque. La propaganda va en ambos sentidos.
¿Qué defensas existen contra un minidrone?
Ninguna infalible, y todas poco glamurosas. La lista que más se repite: escopeta de caza con perdigones, cartucho del 12 y puntería de tiro al plato. No hace falta derribarlo, basta con dañarlo lo justo para que caiga lejos y reviente allí. También se citan inhibidores portátiles de frecuencia —la guerra electrónica de mochila—, escudos de fibra de carbono lo bastante ligeros para moverse y redes que se lancen por encima.
El punto débil del aparato es material: hélices, plástico barato, autonomía corta. La pega es el contexto. Cuando el dron ya está a tres metros, cualquier reacción llega tarde, y el que está al raso sabe que se le va a caer encima. En ese tramo final, la defensa técnica importa menos que el pánico, y el pánico se entrena mal.
Del Goliath alemán a los enjambres con inteligencia artificial
No es la primera vez que un artefacto barato y explosivo se lleva por delante a un soldado caro. En la Segunda Guerra Mundial ya existía el
Goliath, un vehículo terrestre no tripulado con
100 kilos de explosivo. Lo que cambia ahora es la escala y el software. La evolución que se anticipa: enjambres coordinados por
inteligencia artificial, sin operador de carne y hueso, que patrullen una zona, ataquen lo que detecten y vuelvan solos a cargar cuando se queden sin batería. Rusia y Ucrania ya trabajan en ello, según lo que se filtra del frente.
El salto siguiente se describe con un escenario incómodo: un contenedor con 100.000 drones de bajo coste lanzado sobre una ciudad, cada uno con un arma pequeña adosada. No hace falta convencer a nadie de nada, solo generar terror. Ese tipo de cálculo es el que ha reabierto el viejo argumento de la prohibición: si se prohibieron las minas antipersonales, las bombas de racimo o los lanzallamas, ¿por qué no esto?
El frente sin cobertura: por qué Ucrania es el laboratorio
El terreno explica buena parte del éxito. Llanuras abiertas, sin bosque donde desaparecer, sin sótano donde meterse y con la logística a la vista. Es el entorno ideal para un aparato que ve desde arriba. Y el frente lleva tiempo estancado, con soldados cavando y escondiéndose mientras se busca el invento que rompa el empate.
Mientras no llegue, la asimetría se mantiene: el que ataca invierte cientos de euros, el que defiende necesita tecnología de punta, doctrina nueva y suerte. Las prohibiciones, si llegan, llegarán tarde y por arriba. Nadie se pone de acuerdo en qué se prohíbe, quién firma y qué pasa con quien incumpla.
Todo apunta a que la respuesta acabará apareciendo, como apareció el casco después de la espada. Lo probable, sin embargo, es que llegue después de que el patrón esté asentado en varios ejércitos, y que su coste no lo pague quien lo inventó. La parte del conflicto que se resuelve a pie de trinchera rara vez va por delante de la que se resuelve en un laboratorio.