Franco, las obras hidráulicas y el plató que se le echó encima
Un joven defendió en directo que las obras hidráulicas del franquismo habían salvado Valencia de una riada mayor, y el plató se le vino encima. Ocurrió durante la cobertura televisiva de la catástrofe, con el agua todavía en las calles y los nervios a flor de piel. Lo que parecía un comentario suelto terminó convertido en un pulso sobre memoria, ingeniería y libertad de expresión. Detrás del clip hay una pregunta de dinero muy concreta: cuánto de la defensa de una ciudad frente a la inundación se debe a lo construido hace siete décadas.
Qué dijo y por qué el plató se le echó encima
Al invitado lo pilló la cámara sin aviso previo y sostuvo que sin las grandes obras de la zona la catástrofe habría sido peor. La presentadora reaccionó mal: intentó cortarle y el momento acabó convertido en eso que hoy llamamos clip. El gesto de la mujer al micrófono, manos cruzadas y cara de circunstancia, se leyó como un intento de
coartar la libertad de expresión justo cuando alguien decía algo incómodo.
Y ahí llegó la pirueta. Una parte del público, que llevaba años tratando a ese colectivo como adversario natural, lo adoptó de golpe. Un resumen repetido lo dejó claro: da igual lo que hayas sido si de pronto señalas al enemigo correcto. La fórmula
este gay está en mi equipo resume esa lógica con una franqueza que no necesita comentario.
¿Evitaron los diques de Franco una riada mayor?
Es la pregunta que vertebra todo. Una corriente del análisis lo da por hecho:
Valencia, con más de un millón de habitantes, habría quedado anegada sin los diques de contención. El argumento se apoya en el
Plan Sur y en el plan de
1957, y en la presa que, según esta versión, Zapatero canceló y Aznar había relanzado dentro del Plan Hidrológico Nacional, una obra que no se acometió por el gasto de las guerras de Ifni y el Sáhara. De haberse construido, sostienen, se habría salvado la huerta sur.
En contra juega algo igual de simple: si el franquismo hubiera ordenado bien el territorio, no habría autorizado urbanizaciones en zonas inundables. El mismo Estado que construye el cauce es el que permite edificar donde el agua acaba llegando. Las dos lecturas caben a la vez, y eso es justo lo que ninguna de las dos quiere admitir.
¿Desde cuándo se persigue la homosexualidad en España?
Aquí el asunto se enreda. Varios participantes recuerdan que la
Ley de Vagos y Maleantes no nació con el régimen: se aprobó en
1933, en plena República, y se atribuye al PSOE de entonces. Es el dato que más se repite para desmontar la idea de que todo empezó en 1939, y sobre él se construye la tesis de que la persecución de la homosexualidad bajo el franquismo fue selectiva y hasta anecdótica.
La otra cara es la nómina de nombres. Se citan escritores y artistas que vivieron su orientación sin acabar en prisión: Antonio Gala, Vicente Aleixandre, Jacinto Benavente, Jaime Gil de Biedma. Con esos casos se sugiere que el régimen miraba para otro lado, que en cada pueblo se sabía quién era quién y que no pasaba nada. Conviene no tragarla entera: que unos cuantos nombres ilustres no fueran encausados no demuestra que nadie lo fuera. Es la conclusión típica que se saca de un puñado de ejemplos y se proyecta sobre un país entero.
En el fondo late una comparación: que en otros países europeos y en los estados protestantes la homosexualidad también estaba penada, y que el caso español se mira con lupa mientras se pasa por alto lo de al lado. Se llega a citar a Foucault y su supuesta añoranza de la clandestinidad. Es un argumento que rebaja la gravedad ajena para relativizar la propia, y que se sostiene mejor en la retórica que en los datos.
El péndulo y el cambio de bando
Lo llamativo no es la pelea sobre el hormigón, sino cómo se ha movido el tablero. Hay quien lo resume en una idea: el péndulo está cambiando de lado. Frases como que a este chaval
le ha tocado madurar en unos días o que al madurar se le pasa a uno el progresismo circulan como si el giro personal fuera una prueba de algo.
El entusiasmo, sin embargo, tiene truco. Adoptar a alguien por una sola frase no es integrarlo en nada; es usarlo. Al día siguiente ese mismo colectivo vuelve a ser lo que era. Y el movimiento va en las dos direcciones: el plató que se incomoda con un dato y el público que aplaude a un joven al que, en otras circunstancias, no habría aplaudido.
Qué cabe esperar
Con estos mimbres, lo probable es que el episodio se diluya en semanas y que la conversación vuelva a la reconstrucción y a quién la paga. La frase sobre Franco, en cambio, se reciclará cada vez que haya elecciones: es barata, incómoda y funciona. Si moverá algún voto, no hay forma de saberlo todavía. Da la sensación de que, para muchos, eso ya es lo de menos.