Carreras de York: el vestuario que retrata la brecha de clases británica
El código no escrito de las carreras de caballos británicas pide chaqué, pamela y zapatos sin una mancha. En las gradas de las
carreras de York, la imagen que circuló mostraba más bien lo contrario: escotes al límite, extensiones, pestañas y uñas postizas y vestidos de fiesta en pleno hipódromo. La paradoja no es de estilo, sino de sociología. El mismo escenario que una parte del público usa para demostrar contención sirve a otra para demostrar exactamente lo contrario.
La comparación inmediata es con
Royal Ascot, donde el código de vestimenta es rígido y donde, según buena parte de las descripciones que circularon, tanto ellas como ellos aparecen impecables. El contraste entre ambos hipódromos acabó convertido en el eje de un asunto mayor: el gusto como marcador de clase y de dinero.
Qué diferencia el estilo de Ascot del de las carreras de York
En Ascot el público se ajusta a un patrón: trajes claros, pamelas, joyas discretas. En York el muestrario es otro, y la lectura que se hizo fue casi unánime: el gusto de una parte del público británico se agota en acumular señales de esfuerzo. Pieles muy bronceadas, extensiones, uñas largas, maquillaje denso y vestidos de noche a plena luz del día. Es lo que en la jerga local se ha dado en llamar
chonismo.
Hay quien sostiene justo lo contrario: que el problema no es el país, sino a quién se enfoca. Si se fotografía la grada popular de un hipódromo, el resultado es parecido en cualquier coordenada. En el Reino Unido, además, existen
centenares de eventos de alta sociedad cada verano en los que el resultado es impecable, y esos no generan titulares. La crítica, argumentan, retrata un prejuicio de clase disfrazado de comparación estética.
¿Por qué la clase social marca tanto el aspecto en el Reino Unido?
En el Reino Unido las clases sociales funcionan como países distintos: acento, colegio, ropa y hasta el cuidado personal actúan como fronteras difíciles de cruzar. La formulación resume la idea más repetida en este asunto. La clase baja imita a la alta, pero lo hace, según esta lectura, de forma exagerada; la alta no necesita imitar a nadie. Los anglosajones, se repite, no han sabido nunca disimular el esfuerzo.
El episodio que mejor ilustra ese código es antiguo. A principios del siglo XX, un aristócrata británico narró con horror cómo un duque charlaba alegremente con su mozo de cuadras, del que se sabía el nombre. Le pareció una muestra de barbarie. Para él, la civilización exigía que cada clase tratara a la otra según correspondiera, y lo contrario era rebajarse. Un siglo después, el diagnóstico se repite casi palabra por palabra.
El origen normando de la élite británica y la herencia de 1066
La
conquista normanda de 1066 instaló sobre la población anglosajona una élite de origen escandinavo ya afrancesada. Aquellos hombres del norte —
nord men, de ahí Normandía— hablaban francés cuando desembarcaron, repartieron el territorio y sustituyeron a los dirigentes locales hasta el último rincón dominado. Buena parte de los apellidos de la clase dirigente británica procede de ahí.
El idioma confirma la jerarquía. Hasta la época Tudor el francés fue la lengua de la corte y el inglés quedó para la población común. El cerdo vivo se llama
pig, palabra de raíz germánica; el cerdo cocinado,
pork, derivada del francés. La distinción entre el animal y el plato es también la distinción entre quien lo cuida y quien se lo come.
La precisión histórica desmonta medias verdades. Los normandos no eran franceses en origen: eran vikingos, sobre todo daneses, que ocuparon el noroeste de Francia y acabaron adoptando su lengua y su religión. Los sajones venían de la Baja Sajonia alemana, y los anglos del sur de Dinamarca y el norte de Alemania, territorios que después ocuparían los daneses. La élite británica no es un bloque homogéneo, y ahí se acaba el relato simple.
El culto a la imagen y la carrera por el detalle
El fenómeno no es exclusivamente británico. El peso de la imagen se ha disparado con las redes sociales, hasta el punto de que hay quien describe el asunto como una carrera armamentística: gimnasio, tatuajes, tratamientos y complementos compitiendo por atención, en un culto al aspecto físico que no tiene precedente comparable. Un detalle se repite en las descripciones del público británico: el teléfono móvil en la mano aunque quepa en el bolso, porque así lo llevan las famosas. El objeto ha dejado de ser un aparato para convertirse en un accesorio más del vestuario.
Qué se dice del estilo español frente al británico
La comparación derivó hacia el otro extremo del mapa. Frente a la máxima francesa de que menos es más, el estilo británico aparece descrito como un ejercicio de acumulación. Y en medio, España, con su propio reproche: mujeres vestidas casi siempre de negro, gris o marrón, en sudadera, vaqueros y zapatillas, con pocos complementos y el pelo sin trabajar.
Aquí el consenso se rompe. Hay quien defiende que las españolas están, en conjunto, entre las más atractivas de Europa occidental, y quien responde que eso dice poco con la competencia disponible. La discusión se cierra sin acuerdo y con una conclusión incómoda: el gusto se juzga siempre desde el bolsillo del que lo juzga.
Al final, la pregunta no es quién viste mejor. Es por qué el mismo tipo de evento que sirve para escenificar contención se ha convertido en el escaparate de lo contrario, y si eso habla del gusto, del dinero o simplemente de a quién se apunta con la cámara.