Un espectáculo circense en el Congreso dispara las críticas
Una performance con poste, aros y equilibrios ha convertido el hemiciclo en un número de variedades. El detonante, según quienes siguen el asunto, es la conmemoración del aniversario de la muerte de Franco: un acto que, en lugar de homenaje institucional, ha derivado en lo que muchos describen como un espectáculo circense dentro de la propia Cámara. La escena —una artista fregando el poste, diputados mirando entre el desconcierto y la risa— ha bastado para incendiar las redes.
El nivel de lo que ya se llama
charismo ha alcanzado su techo. No es una metáfora: hay quien sostiene que con Franco los payasos estaban en la televisión pública en horario infantil y que ahora están en el Congreso. La comparación, aunque gruesa, resume el malestar de una parte del público que no encuentra en el hemiciclo ni un atisbo de solemnidad.
¿Cuánto cuesta el espectáculo y quién lo paga?
La pregunta más repetida no es estética, es contable. ¿Cuánto ha costado esta actuación? ¿A qué chiringuito se ha adjudicado? El gasto sale, en última instancia, de los impuestos de quienes, mientras ven el número, siguen pagando la factura. Hay quien calcula que el coste, aunque sea cero en teoría, se paga igual en tiempo perdido de los diputados: horas de trabajo parlamentario dedicadas a un poste y a un aro.
La indignación no es solo por el dinero. Es por la sensación de que las instituciones se han convertido en un plató donde todo vale. Una parte de los comentarios apunta a que el acto se ha diseñado, precisamente, para humillar a quien piensa distinto: una provocación calculada que hace hervir la sangre y que, de paso, sirve de coartada para el desprecio.
El respeto a las instituciones, en cuestión
La crítica más repetida no es al número en sí, sino a lo que representa. Se argumenta que ya no hay el más mínimo respeto a las instituciones y que esto es lo que ofrece la política actual: barbarie y subdesarrollo. La pregunta que sobrevuela es por qué los diputados de la oposición no se levantaron y se marcharon ante semejante visión. La respuesta, según algunos, es que el espectáculo les conviene a todos.
Frente a esa lectura, otra corriente defiende que el circo es lo más digno que se puede ver allí. Que el hemiciclo lleva años convertido en un teatro y que el número solo hace visible lo que ya era evidente. La discusión, en el fondo, no es sobre el poste: es sobre qué se considera aceptable dentro del Parlamento.
La evolución del enfado: del chiste al diagnóstico
La conversación empezó con bromas sobre la artista y su habilidad. Siguió con la pregunta obligada: ¿tiene cuenta de contenido para adultos? Se intuyen, decían, buenas condiciones físicas. Pero el tono cambió rápido. De la guasa se pasó al análisis: los bufones entretienen a la corte y no hemos avanzado nada. La idea de que el Parlamento se ha convertido en un espectáculo para distraer mientras se toman decisiones que no se discuten.
El diagnóstico más duro llegó con la comparación histórica: se leen discursos de Cánovas, de Azaña, de Castelar, y el contraste con el nivel actual es demencial. La debacle, sostienen, lleva cuarenta años en marcha. Hasta Aznar guardaba cierto nivel; a partir de ahí, cuesta abajo y sin frenos.
El dato que descoloca
Mientras el hemiciclo se llenaba de aros y equilibrios, la página web de una tienda online se caía antes del Black Friday y generaba más comentarios que el propio espectáculo. La política, convertida en meme, compite con una caída de servidor. Y pierde.