Putin, ¿un rojo anticapitalista o un oligarca de derechas?
Un forero sostiene que el propio Vladímir Putin se declaró anticapitalista. La cita, recogida por
Granma, el diario del Partido Comunista de Cuba, circula en el debate como prueba en una discusión en la que también se afirma que un exagente del KGB blanquea la URSS, que habla de «desnazificar» un país vecino y que a la vez es presentado por algunos como la única esperanza frente al orden globalista anglosajón.
La paradoja no es menor.
Un participante describe una economía fuertemente intervenida, con una bolsa donde no entra cualquiera y donde se decide quién puede operar. Para unos, eso es socialismo de manual. Para otros, es simplemente capitalismo de amiguetes con estética soviética. Y en medio, una pregunta que recorre el hilo: ¿por qué tantos que hace años habrían rechazado cualquier etiqueta roja ahora defienden a Moscú?
¿Es Rusia un país comunista o capitalista?
La respuesta corta que da un forero es que no es ninguna de las dos cosas en sentido estricto. Un régimen comunista, recuerda, es aquel donde los medios de producción están colectivizados y no hay Estado. Rusia tiene Estado, tiene oligarcas y tiene propiedad privada. Lo que tiene, sobre todo, es un poder ejecutivo que decide quién puede ser oligarca y quién no.
Ese intervencionismo es lo que confunde.
Según ese mismo forero, la bolsa rusa no funciona como un mercado abierto: hay que cumplir requisitos para operar y el Kremlin decide las reglas. Para una parte del análisis, eso basta para colgarle la etiqueta de anticapitalista. Para otra, es la definición misma del capitalismo de Estado, una variante que no necesita ideología, solo control.
La confusión se agrava cuando se mira la política social. Otro participante señala que el mismo país que se presenta como baluarte tradicionalista es potencia mundial en abortos, alcoholismo, muertes por drogas, enfermedades de transmisión sexual y divorcios. Difícil encajar eso en el manual del comunismo clásico o en el del conservadurismo de misa dominical.
La frase que resume el problema: corazón y cabeza
Hay una cita que se atribuye a Putin y que circula en el hilo como explicación de todo: «Quien no llore por la caída de la URSS no tiene corazón; quien pretenda restaurarla no tiene cabeza». Resume bien la posición. No se trata de volver a 1917, sino de usar las herramientas del Estado para competir en un mundo capitalista sin quedarse fuera.
Esa lectura encaja con la trayectoria del personaje.
Un exagente del KGB que vivió el derrumbe soviético desde dentro y que ha construido su relato sobre la humillación de los años noventa. No es nostalgia, es agravio. Y el agravio, en política, moviliza más que cualquier programa económico.
El problema es que esa explicación no satisface a nadie del todo. Los que le llaman comunista señalan que blanquea la URSS constantemente y que usa el lenguaje de la desnazificación. Los que le llaman capitalista señalan que su fortuna y la de su círculo se mide en miles de millones. Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo, y eso es lo que desespera.
Por qué la etiqueta importa más que el diagnóstico
Aquí está el fondo del asunto. La discusión sobre si Putin es rojo o capitalista no es económica, es identitaria.
Quien le llama comunista está diciendo algo sobre sus defensores, no sobre Moscú. Es una forma de descalificar por asociación: si apoyas a Putin, apoyas a un rojo, y eso, en cierto imaginario, es lo peor que se puede ser.
De ahí el asombro que recoge el título del debate. Hace unos años, la etiqueta roja cerraba puertas. Ahora hay quien la asume sin problema, o la niega con vehemencia, o la reformula como «antiimperialismo». El eje izquierda-derecha, sostiene un participante, ya ni siquiera sirve para ordenar el tablero. Estamos en pleno postcapitalismo, dice, y las viejas coordenadas confunden más que orientan.
La contraargumentación es sencilla: si el eje ya no sirve, ¿por qué tantos antioccidentales acaban en el mismo bando? Venezuela, Cuba, Irán, Chechenia, la Segunda República española como referencia lejana.
La coherencia no está en la ideología, está en el enemigo. Y el enemigo es el mismo para todos.
El coste real de la operación rusa
Mientras se discute la etiqueta, hay quien prefiere mirar los números. El balance que maneja un forero es crudo: quedarse con el Donbás a cambio de generaciones de odio ucraniano, de acelerar la entrada de Ucrania en la Unión Europea, de mostrar las debilidades del ejército ruso, de pasar de proveedor energético fiable a actor señalado por la muerte de civiles.
A eso se añade, según ese mismo participante, la caída del PIB hasta 2025-2027 según el escenario que se maneje, el atraso tecnológico hasta el punto de no poder fabricar coches con airbag, el fortalecimiento de la OTAN y un aumento del gasto militar en Europa que hace unos años era impensable.
El cálculo completo, partida a partida, deja un saldo que no cuadra con la narrativa del triunfo.
Y luego está el efecto sobre Europa. La tesis más pesimista, expuesta por otro forero, sostiene que el cierre de fábricas por el coste energético empujará a las compañías hacia Estados Unidos, con millones de parados en el continente y una reconfiguración laboral a la baja. Es una hipótesis, no un hecho consumado, pero circula con fuerza.
Qué queda de todo esto
Queda una discusión que no se cierra porque no puede cerrarse. Putin no es comunista en el sentido en que lo era el régimen que le formó, ni capitalista en el sentido en que lo es el país que le combate. Es un producto híbrido: un Estado fuerte, una economía intervenida, un relato de agravio y una élite que se reparte los activos.
Lo que sí ha cambiado es el suelo del debate.
La etiqueta roja ha dejado de ser un anatema automático para una parte del público, y eso es un dato político de primer orden, independientemente de lo que Putin sea en realidad. La pregunta ya no es qué es Rusia, sino por qué a tantos les da igual la respuesta.
Este artículo se basa en el análisis de los datos y argumentos disponibles a la fecha de la discusión.