Moscú reabre con McDonalds renombrado y colas en la puerta
La capital rusa ha vuelto a la normalidad de las colas. El McDonalds que cerró tras el inicio de la operación militar ha reabierto con otro nombre, y las enseñas deportivas Adidas y Nike lo harán a finales de mes, según el relato de primera mano de un residente español que se encuentra de vacaciones en Moscú y que ha respondido a preguntas sobre el terreno. Lo llamativo, sostiene, es que la cadena estadounidense fue la única que se marchó: KFC y otras franquicias nunca cerraron. La gente hace cola «del copón» para entrar, un comportamiento que este observador atribuye más a la curiosidad que a la necesidad.
El relato no es un reportaje de agencia. Es la impresión de un español que vive en Polonia y ha cruzado la frontera en coche, no en avión, para pasar unas semanas en Rusia. Su testimonio permite asomarse a la vida cotidiana moscovita lejos de los titulares de guerra y de los bandos ideológicos que dominan la conversación pública.
Qué ha subido de precio y qué no en Moscú
El patrón de precios que describe es desigual. Los productos de primera necesidad apenas se han movido; algunos, como la gasolina, han bajado. Lo que se ha encarecido de forma notable es el whisky escocés, hasta el punto de que su padre se queja del coste, y la mantequilla neozelandesa escasea, según su madre. Las tarjetas gráficas han subido en torno a un 10%. La mayor distorsión está en los billetes de avión, sobre todo para volar a otras zonas del país.
Hay una explicación estructural detrás de ese desfase: las sanciones no golpean igual a todos los productos. Los bienes con proveedores alternativos se mantienen; los que dependen de importaciones específicas de países que han aplicado restricciones se encarecen o desaparecen. El resultado es una cesta de la compra con agujeros muy concretos.
El apoyo a la operación militar y el desgaste de la incertidumbre
Preguntado por el clima social, este observador describe un apoyo mayoritario a la operación militar, con matices. Los más críticos eran jóvenes liberales de las ciudades, pero las sanciones habrían desplazado esa postura hacia la neutralidad. Lo que domina ahora no es el rechazo a la intervención, sino la incertidumbre económica. La información militar, añade, circula con facilidad: uno de los canales más importantes del país pertenece al ejército, y Telegram es la aplicación dominante.
Esa combinación —apoyo político con preocupación económica— explica por qué el debate público ruso no se parece al occidental. No hay una fractura visible sobre la guerra, pero sí un desgaste silencioso sobre lo que viene después.
El turismo y los trámites para entrar en Rusia
El aspecto práctico también ha salido a relucir. Este viajero entró en coche desde Polonia, donde residía, y no en avión. Otros preguntan por los trámites para cruzar la frontera con vehículo propio y por posibles problemas en el aeropuerto para quien vuela en julio. La respuesta no llega a concretarse en el material disponible, pero el interés revela que el turismo hacia Rusia no se ha cortado del todo.
La comparación de salarios que desmonta el relato
En la conversación aparece una comparación de rentas que conviene tomar con cautela. Según las cifras que se manejan, el salario mínimo ruso rondaría los 250 dólares y el medio los 1.200, frente a los 70 y 430 de Argentina. Son datos atribuidos a una intervención concreta y no verificados de forma independiente, pero sirven para ilustrar un argumento: la burla sobre la pobreza rusa pierde fuerza cuando se compara con otras economías.
El telón de acero y el origen industrial de España
La conversación deriva hacia un tema histórico con implicaciones económicas. Se sostiene que la división de Europa tras la Segunda Guerra Mundial dejó a España como único destino barato para la inversión extranjera, lo que explicaría su industrialización entre los años sesenta y noventa. Sin el telón de acero, argumenta esta corriente, las fábricas alemanas y francesas se habrían instalado en Checoslovaquia, Polonia o Ucrania, y España habría quedado en un nivel similar al de un país balcánico.
La objeción no se hace esperar: España creció un 62% entre 1963 y 1973, y hubo más factores —la apertura económica, la depreciación de la peseta, la instalación de multinacionales de todo el mundo— que la simple ausencia de competencia del Este. El intercambio queda abierto, sin conclusión cerrada.
Con estos mimbres, la predicción es arriesgada. Si los precios de los bienes importados siguen subiendo y los billetes de avión no se normalizan, la incertidumbre económica puede pesar más que el apoyo político. Pero nadie en esta conversación se atreve a poner fecha al desenlace.