Zelenski admite que el precio del Donbás es «aterrador»
Día 111 de la guerra. La cifra no es un detalle: la batalla del Ebro, del 25 de julio al 16 de noviembre de 1938, duró exactamente
111 días. En esa misma jornada, Volodímir Zelenski admitía que el precio que Ucrania está pagando por la batalla del Donbás es
«aterrador». De ahí al vértigo de la capitulación hay un trecho, pero el espejo del Ebro permite leer el frente con otra luz: una defensa que se cobra en hombres todo lo que no se cobra en terreno.
Conviene distinguir un parte militar de una declaración política. Zelenski no anunció ninguna retirada ni fijó condiciones: puso precio al desgaste. Y ese precio, en una guerra de artillería sin cobertura aérea, lo pagan las unidades de infantería que sostienen la línea.
La pregunta de fondo no es si Ucrania pierde, sino cuánto del Donbás puede permitirse perder antes de que la factura política sea impagable.Qué dijo exactamente Zelenski y qué significa «aterrador»
La frase que abre el asunto la recogen medios como
republica.com: «El precio de Ucrania por la batalla del Donbás es aterrador». El propio presidente ucraniano lo formuló en primera persona del plural: para nosotros es «muy alto», «simplemente aterrador».
No es un parte del Estado Mayor ni una cifra de bajas. Es una valoración política del coste humano, y ahí está el matiz que separa el análisis serio del titular fácil. Quien lee esa frase como el prólogo de una rendición se salta el detalle de que el mismo mensaje sirve, a la vez, para justificar el esfuerzo ante la propia población y para recordar a los socios occidentales que la resistencia tiene un precio que alguien paga cada día.
Treinta mil millones y la factura de quien sostiene la resistencia
El número que reaparece una y otra vez es el de
30.000 millones de dólares en ayudas procedentes de Estados Unidos, a los que se suman los paquetes europeos. Con esa cifra sobre la mesa, la lectura más cínica es también la más difundida: mientras llega el dinero, la guerra continúa.
Hay quien sostiene que ese flujo convierte a Kiev en la parte contratada de un conflicto ajeno, dispuesta a estrellar a sus hombres contra las líneas rusas porque, al fin y al cabo, quien firma los cheques no se rompe ninguna uña. Frente a eso, el argumento contrario es de una lógica incómoda: sin asistencia militar occidental, Ucrania no sostiene el frente, y el frente es hoy la única carta que le queda en cualquier mesa de negociación futura. Entre las dos posturas no hay término medio cómodo, solo una pregunta de aritmética: cuánto tiempo compra ese dinero y cuántos soldados se necesitan para comprarlo.
¿Está Ucrania al borde de la capitulación?
Ningún elemento del asunto apunta a una rendición inminente, y quien la da por hecha se adelanta a los hechos. Lo que sí ha cambiado es el tono: de la euforia de la primera fase defensiva se ha pasado al reconocimiento explícito del desgaste, y el Donbás concentra la presión.
El matiz importa porque la palabra capitulación se ha colado en las conversaciones con más fuerza que en los despachos. La alternativa que se dibuja no es una rendición, sino una reducción de expectativas: la posibilidad de que el territorio en disputa se resuelva en una línea de contacto más o menos estable, con el control del terreno pasando a ser un asunto de definiciones —unos lo pintarán de rosa y otros de negro— más que de avances y retrocesos definitivos. Ese escenario no tiene nada de épico. Por eso casi nadie lo defiende en voz alta.
Cien días sin conquista y la lectura estratégica británica
A los cien días de invasión, la conclusión que se imponía en buena parte del análisis occidental era que Rusia no había sido capaz de conquistar Ucrania en solitario. El jefe de las fuerzas armadas del Reino Unido lo dijo sin ambages, recogido por
20minutos.es:
«Estratégicamente, Rusia ya ha perdido la guerra».
La afirmación es potente y, a la vez, tramposa si se aplica al terreno y no a la estrategia, porque en el Donbás la iniciativa sigue estando en manos rusas. Ahí aparece el contrapeso que suele esgrimirse: mientras queden unos pocos cientos de hombres capaces de manejar silos de misiles intercontinentales y submarinos nucleares, Rusia conserva una capacidad de destrucción que ninguna derrota territorial anula. Ese es el punto exacto donde el razonamiento se atasca: se puede perder estratégicamente y seguir siendo el vecino más peligroso del continente.
El espejo soviético: por qué la nostalgia entra en la conversación
Cualquier discusión sobre esta guerra acaba derivando hacia 1989, y no por azar. Los datos que circulan apuntan a que
el 60% de los rusos volvería a la era soviética, según recogía
elespanol.com a propósito del aniversario del fin de Gorbachov.
El argumento que se despliega a partir de ahí es económico antes que nostálgico: la existencia de un bloque rival obligaba al capitalismo occidental a repartir, a sostener empresas públicas de electricidad y combustibles y a contener los precios de los servicios básicos. Caído el muro, la presión desapareció y las clases trabajadoras europeas dejaron de ganar. La versión que más incomoda es la que recuerda que Putin es hoy tanto o más capitalista que cualquier gobierno europeo, y que sus principales opositores internos no son liberales precisamente. La tanda de datos que acompaña ese tramo —el diésel a 2 euros antes incluso de que empezara la guerra, la inflación desbocada desde mucho antes— no está en los partes militares, y sin embargo explica por qué una parte del público mira el Donbás con la boca pequeña.
Día 111. La comparación con el Ebro es literaria, no militar. Y ahí se queda el análisis: sin saber cuánto territorio se está dispuesto a canjear por cuántos días de resistencia, la discusión sobre si Ucrania resiste o se desangra seguirá resolviéndose con opiniones y no con líneas en un mapa.