Europa como primera potencia militar: el plan que agita el tablero
Un continente que fue dueño del mundo y que hoy discute si puede fabricar sus propios fusiles. Esa es la paradoja que recorre una de las discusiones más largas y encendidas de cuantos se han abierto en el subforo III Guerra Mundial: la propuesta de que Europa deje de depender de terceros, disuelva la arquitectura de defensa heredada de la Guerra Fría y levante una industria armamentística propia capaz de competir con cualquier potencia. El planteamiento no es nuevo —ya se intentó una alianza militar europea en los años 50 y la parte francesa lo rechazó—, pero el tono con que se defiende hoy tiene poco que ver con el de entonces.
Qué propone exactamente el plan de rearme europeo
La tesis central de quien abre el hilo es que Europa lleva casi 150 años siendo objeto de una pinza entre dos bloques que se repartieron el trabajo: uno pone la fuerza, el otro pone la banca. Según esta lectura, la invasión de Ucrania no sería un movimiento autónomo de Moscú, sino una operación tolerada —cuando no alentada— por Washington, que aprovecharía el conflicto para vender armamento a cuentagotas, impedir que Kiev lo use contra territorio enemigo y generar una deuda impagable que convertiría al país en una colonia financiera. El mecanismo tiene nombre en el argot:
morganización, el viejo truco bancario de ahogar al deudor para quedarse con el negocio.
Sobre esa base, el plan concreto incluye varios puntos. Disolver la OTAN este mismo año y dar un ultimátum a Estados Unidos para que retire sus tropas del continente antes de que acabe el año. Fundar una Unión Militar Europea con capital en Viena. Crear un consorcio de emergencia con todas las compañías de armamento del continente, más empresas públicas en los países sin industria suficiente. Y fabricar a destajo: fusiles suficientes para que cada europeo pueda disparar, millones de drones, artillería móvil y munición sin límite. Los portaviones y los carros de combate pesados quedan fuera del catálogo por considerarse obsoletos.
La bomba atómica y el fin de los tratados antinucleares
El punto más delicado del programa es el nuclear. La propuesta pide dar por terminados todos los tratados de no proliferación y arrancar de inmediato la fabricación de bombas atómicas en Alemania, España, Italia, Polonia, Grecia y Suecia. El argumento es que sin disuasión propia no hay soberanía real: si un país depende del arsenal ajeno, su defensa queda condicionada por los intereses de quien le presta las armas.
La idea de que el armamento comprado a terceros llega con restricciones de uso —y que esas restricciones son precisamente el mecanismo de control— vertebra buena parte del descontento. Se sostiene que la industria propia no solo garantiza libertad de acción militar, sino que retiene el PIB en casa, desarrolla ingeniería nacional y protege las patentes. El objetivo declarado es que Europa sea la primera potencia militar del planeta, con capacidad de destruir a cualquier invasor sin pedir permiso a nadie.
Las grietas del relato: quién paga, quién decide y quién se queda
El entusiasmo no es unánime. Una corriente del análisis sostiene que el mayor enemigo de Europa no está al este ni al oeste, sino al sur del Mediterráneo, y que las guerras que se avecinan se librarán en territorio europeo con una población que no está preparada. Otra línea apunta a un problema demográfico previo: en tres décadas la mayoría de la población europea no será autóctona, y los presupuestos de defensa tendrán que competir con pensiones, sanidad y educación dimensionadas para esa nueva realidad. El rearme, en ese escenario, sería una paja mental antes de resolver quién va a sostener el país.
Hay también quien señala que el ejército ruso, siendo inferior al conjunto de la OTAN, mantiene una ventaja que Occidente ha perdido: cohesión social y unidad de mando. Frente a una alianza dividida, con crisis internas y fronteras inestables, Moscú aguantaría más tiempo. Y una tercera objeción, más de fondo, niega que España tenga algo que hacer en ese proyecto: los mitos fundacionales europeos serían antiespañoles y el futuro estaría en la comunidad hispánica, no en Bruselas.
El mapa del 2030 y la pregunta que nadie responde
El mensaje que abre la discusión incluye un mapa con las fronteras que, según su autor, deberían quedar fijadas en 2030. No se detalla el trazado, pero el objetivo se resume en una frase: desintegrar el imperio vecino para siempre. La disyuntiva se plantea en términos binarios —ellos o nosotros— y la conclusión es que solo la fuerza bruta detiene lo que se describe como una expansión de veinte siglos.
El tono del intercambio se calienta por momentos. Quien defiende el rearme recibe respuestas que van desde la burla hasta la acusación de servir a intereses ajenos, y las réplicas no son más suaves. Hay quien pide directamente expulsar del continente a los dos bloques que lo tutelan y a quienes los defienden. La conversación deriva a menudo hacia el choque entre proyectos nacionales: unos consideran que la UE es la tumba de Europa y su mayor enemiga; otros responden que sin un marco común no hay escala posible para competir con las potencias reales.
Lo que queda claro al recorrer el conjunto es que el consenso sobre la necesidad de rearmarse no existe, y el desacuerdo no es sobre los medios sino sobre el sujeto: quién es Europa, quién la defiende y a quién pertenece. El dato que descoloca es que, después de casi 150 años de guerras, la discusión sigue siendo la misma que en 1945.