Una encuesta del colectivo LGTBI+ da la victoria a la izquierda en Europa
¿Qué pasaría si en las
elecciones europeas solo votara el colectivo LGTBI+? La respuesta que da una encuesta de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans, Bisexuales, Intersexuales y más (FELGTBI+) es que la izquierda ganaría. El dato lo difundió Europa Press y, como era de esperar, ha servido menos para analizar el voto que para incendiar el debate sobre a quién representa realmente ese colectivo y quién paga la encuesta.
La noticia, en realidad, es un ejercicio de aritmética electoral con una muestra que se autoselecciona. Quien responde a una encuesta de una federación sectorial ya forma parte de un ecosistema concreto: el del asociacionismo. Y ahí, el sesgo no es un defecto metodológico menor, es el punto de partida. La propia federación lo presenta como un retrato del voto de su base, no del electorado europeo.
Qué dice la encuesta y qué se puede leer de ella
El titular es llamativo, pero los números que lo sostienen son más frágiles de lo que parece. Según un cálculo que circula en el debate, un
36,8% de los encuestados dice que probablemente no votaría. Es decir, más de un tercio de la muestra se descuelga. Y entre los que sí votarían, el apoyo a la derecha alcanza el
28%, mientras que un
14% se inclina por otras opciones, presumiblemente nacionalistas.
Eso deja un panorama menos épico: la izquierda gana, sí, pero con un ratio de apenas
2:1 sobre la derecha entre quienes declaran su voto. Y con un porcentaje de abstención declarada que, en la práctica, suele esconder a votantes de derechas que prefieren no confesar su papeleta. La encuesta, por tanto, no demuestra una hegemonía progresista en el colectivo, sino que dibuja un colectivo fragmentado y con una participación incierta.
El problema de fondo: ¿quién es el colectivo LGTBI+?
Aquí está la madre del cordero. Una encuesta sobre el voto del colectivo LGTBI+ presupone que existe un sujeto político homogéneo llamado así. Y no lo hay. Hay personas gais, lesbianas, trans, bisexuales e intersexuales que votan a la izquierda, a la derecha, a nacionalistas o que no votan. La federación que firma el estudio representa a una parte de ese espectro, la que se organiza en asociaciones y comparte una agenda política concreta.
La consecuencia es que el resultado no mide al colectivo, mide a la parte del colectivo que responde a una encuesta de una federación ideológicamente alineada. El resto, el que no milita ni se siente representado por esas siglas, simplemente no aparece. Es el clásico sesgo de autoselección: quien contesta ya está dentro del redil.
El voto oculto que no sale en las encuestas
Hay un fenómeno que el estudio no captura y que, sin embargo, se apunta en el análisis: en varios países europeos, una parte del electorado homosexual está votando a partidos de la llamada ultraderecha. No lo confiesan en una encuesta, pero los resultados electorales lo sugieren. La razón que se esgrime es la percepción de inseguridad frente a ciertos discursos importados, un factor que las formaciones de derecha radical han sabido explotar.
Ese voto vergonzante, si existe, desmonta la tesis de que el colectivo LGTBI+ es un bloque monolítico de izquierdas. Y explica por qué una encuesta como esta puede dar un resultado tan favorable a la izquierda: porque los que votan a la derecha, dentro de ese colectivo, tienen pocos incentivos para decirlo.
La encuesta como herramienta política
Más allá del dato, lo que ha generado rechazo es el uso del dato. Una federación que, según se sostiene en el debate, vive de subvenciones públicas presenta un estudio que, casualmente, beneficia a quien le paga. No es una conspiración, es un incentivo. Y el resultado es una noticia que se difunde sin contexto, como si fuera un sondeo electoral serio, cuando es un ejercicio de autobombo sectorial.
La pregunta que queda en el aire no es si la izquierda ganaría con ese electorado, sino por qué se dedica dinero público a financiar encuestas que solo sirven para que cada chiringuito se dé importancia. La respuesta, como casi siempre, es que el relato también se paga.
Al final, la única conclusión sólida es que si solo votara un colectivo autoseleccionado, ganaría quien ese colectivo decidiera. Y si solo votaran los conductores de autobús, ganaría otro. La democracia, por suerte o por desgracia, no funciona así. Aunque algunos parezcan empeñados en que debería.