Tiene pinta de que no se lo ganaron y decidió que se lo merecia mas el que se lo encontrara en un futuro.
La herencia hay que ganarsela y saber valorarla.
Me imagino al abuelo que tanto apreciaba "su tesoro" pensando en que los que vienen detras iban a malvederlo al dia siguiente de su gloria para: cambiar de coche, irse de viaje, fruta y coca, etc.... y se me ponen los pelos como escarpias.
Tu mismo lo defines como avaro, a saber el concepto que tenian de él sus descendientes y nietos. Los abuelos son viejos y se hacen los simple pero no lo son.
Era avaro y detestaba a sus descendientes, eso está claro. Pero no creo que prefiriese que fuera para otro, sino que fuera para nadie. Llevárselo con él al infierno. Eso le daba satisfacción, una especie de venganza contra el mundo. Por eso murió feliz, escuchando de fondo los lamentos y maldiciones de sus descendientes.
Por otro lado, no era una actitud extraña para la época. Hay un caso muy famoso en la isla: Un cura llamado Cabezola, un portento de la oratoria, que hacía unos sermones tan profundos y sentidos que atraía a las masas, así que se lo rifaban las distintas parroquias, pagándole en oro por cada una de esas comparecencias.
El caso es que era hombre de vida austera y espartana, y nadie lo veía gastar todo ese dinero que ganaba. Su vida era muy humilde; no bebía vino ni consumía carne. Tampoco tenía criada. Su única, excéntrica, afición, era pasear por la playa al atardecer, y recoger allí los restos y desechos de las matanzas de cabras, que entonces se arrojaban a la playa. Debido a esta vida austera, creció el rumor en el pueblo de que era un avaro que acumulaba una fortuna portentosa, y todo el mundo intentaba caerle bien para ver si era beneficiado.
Cuando enfermó de gloria sus sobrinos se acercaron por la casa para cuidarlo y observaron, con entusiasmo, que había colocado el colchón sobre dos enormes baúles de tea. Sospechaban que era allí donde guardaba la legendaria fortuna para poder custodiarla. Así que el día en que murió, los sobrinos apenas tardaron una hora en trasladar el colchón con el perecid al salón, para ser velado, mientras ellos, encerrados en el cuarto, procedían a romper los candados que cerraban los baúles. Al abrirlos, encontraron dentro miles de cuernos de cabra, ¡y ni una sola moneda! Como toda aclaración, en la tapa había una nota manuscrita con un cuarteto que decía así:
Ya se murió Cabezola,
que no había de ser eterno,
y cada cual deja un cuerno
que le sirva de pistola.
Eso es lo que se llama se un descendiente de la gran fruta con estilo.