Traición masónica. Nada nuevo.
Cuando el socialista y muy exaltado antioccidental Gadafi se hizo con el poder en Libia en 1969, tras participar en un golpe de Estado incruento contra la Monarquía (pro-occidental) que derrocó al rey Idris, proclamando a continuación la República Árabe de Libia Popular y Socialista, se propuso como objetivo "la lucha contra el colonialismo y el racismo", es decir, la lucha contra la hegemonía blanca. Efectivamente, una de las primeras medidas revolucionarias tomadas por Gadafi fue expulsar de la noche a la mañana a más de veinte mil italianos, en su gran mayoría campesinos o dueños de pequeños negocios que daban vitalidad a la economía libia, sin que fuesen indemnizados y sin que ninguna de las organizaciones de derechos humanos elevasen la más mínima protesta. La política agrícola del "socialismo islámico" gadafiano había arrancado con la expropiación de las 37 mil hectáreas cultivadas por italianos. Estas apetencias ideológicas las compartía Gadafi con uno de sus hombres de confianza, el canciller austriaco Bruno Kreisky, prominente hombre judío (aunque descrito como "antisionista") miembro del Club Bilderberg y de la Internacional Socialista, a la que el líder libio estaba adherido, junto con Felipe González.
Todo el proceso descolonizador se dirigió entonces desde Moscú con sus "movimientos de liberación" tercermundistas, actuando la guasonería occidental como correa de transmisión. Una labor de zapa que facilitó la influencia soviética en medio planeta.