EEUU tendría naves alienígenas y restos de pilotos, según un exoficial
Un excombatiente condecorado y veterano de la Agencia Nacional de Inteligencia Geoespacial (NGA) de
Estados Unidos,
David Charles Grusch, sostiene que su país ha recuperado vehículos de origen no humano —uno de ellos intacto— y restos de los ocupantes, a los que describe como pilotos extraterrestres. Lo contó en una entrevista con Ross Coulthart que recogieron cabeceras británicas y estadounidenses, y a la que siguió la reacción de
Ryan Graves. La fecha que manejan esas piezas es
junio de 2023. Y la primera pregunta razonable, la que cualquiera teclearía en el buscador: ¿y cómo se viaja más rápido que la luz?
Aquí no habla un aficionado a los platillos volantes. Habla alguien que fue militar condecorado y trabajó en la agencia de inteligencia geoespacial de Estados Unidos, y eso bastó para que el asunto saltara de la broma a la portada. Lo que no aparece es la explicación técnica que ate los cabos. Sin ella, todo lo demás se sostiene sobre una declaración.
Qué ha dicho exactamente el exoficial de la NGA
El relato se apoya en tres piezas. La primera: Estados Unidos habría recuperado restos de
«pilotos extraterrestres muertos» procedentes de supuestas naves. La segunda: existiría al menos una nave en estado intacto y otra parcialmente intacta. La tercera: distintas potencias estarían aplicando
ingeniería inversa para intentar replicar esos artefactos. Todo ello, según su versión, dentro de programas opacos.
La difusión llegó por la vía anglosajona, con la entrevista completa incluida, y por réplicas en español. Una pieza del Heraldo de México firmada por Rodrigo Mendoza González y fechada el 5 de junio de 2023 describe a Grusch como denunciante y veterano de la agencia geoespacial. El envoltorio informativo era impecable. El contenido, huérfano de papeles.
¿Por qué la lógica descarta una nave tripulada?
Por coste y por riesgo. Si alguien cruza el espacio interestelar, lo razonable es enviar una máquina que transmita lo que interesa, no una tripulación biológica que respira, come y se rompe.
Mandamos sondas, no voluntarios. El argumento no exige creer o no creer: exige entender cómo se hace ingeniería.
El otro pilar escéptico es la navaja más vieja del mundo. Si una potencia tuviera semejante ventaja,
no la enseñaría en un telediario: la explotaría en silencio durante décadas. Se sostiene que el planeta no se enteraría hasta 200 o 300 años después, y que si ese salto no se aprecia en ningún ámbito, quizá es porque no existe. Hay quien responde que razonar así es como preguntarse por qué un cavernícola no entiende una estación espacial, o por qué un victoriano no imagina un motor a reacción. Y queda una duda muy terrenal: si manejan tecnología para cruzar galaxias, ¿cómo se estrellan contra una montaña, o los derriba un misil?
El manual del falso extraterrestre: de Watchmen al proyecto Blue Beam
Existe una plantilla literaria para esto y el público la tiene interiorizada. En
Watchmen, Alan Moore construye a un antagonista multimillonario que financia a científicos de todo el mundo para crear una forma de vida que parezca extraterrestre; cuando lo consiguen, comete atentados en las principales capitales y deja a
el alien de regalo para que los gobiernos se unan contra la amenaza. Detalle final: los colaboradores acaban asesinados.
Sobre esa intuición se monta la sospecha más repetida, el proyecto
Blue Beam, una teoría del periodista canadiense Serge Monast según la cual los eventos ufológicos y religiosos serían producciones elaboradas por grupos de poder, con la NASA y el Gobierno estadounidense en la lista. No hay verificación alguna de esa hipótesis. Pero ayuda a entender por qué media audiencia mira este anuncio con la ceja levantada.
Dos años de avisos antes del denunciante
El asunto no apareció de la nada en 2023. En febrero de 2021 ya había quien preguntaba cuántos caerían con el
psyop de los alienígenas. En marzo, una pieza presentaba la ufología como operación para imponer una religión satánica. En junio
Barack Obama dejó una frase que envejeció raro: podrían surgir nuevas religiones si se descubren pruebas de extraterrestres. Y en diciembre esa misma corriente insistía en que el neopaganismo y el ocultismo serían la religión del nuevo orden.
La lectura dominante no es que haya aliens, sino que hay calendario. Una parte del público sostiene que se pasó de la emergencia sanitaria al fenómeno ovni sin solución de continuidad y que el objetivo es tener la atención ocupada en otra parte. Otros bromean con el kit de supervivencia: primero mascarillas FFP3 y crema solar de factor alto, ahora armas nucleares y reinicio de la matriz. Y unos terceros recuerdan que llevamos años de cine y series preparando el terreno.
Qué pasaría con el empleo si los extraterrestres cotizaran
En clave doméstica, el escenario se traduce en competencia desleal.
Un sindicato alien con gambas y mariscadas, subvencionado, que tira los sueldos por abajo y no da de alta a nadie en la Seguridad Social: la broma funciona porque describe miedos reales del mercado laboral. Otros piden saber la cuota de reparto por países y si los que no acepten las potencias europeas acabarán reasentados aquí, con
paguicas incluidas.
También hay quien pregunta cuánto vale un piso en su planeta, por si mejora lo que hay, y quien señala el patrón geográfico de siempre:
los visitantes solo aparecen en Estados Unidos. La sátira esconde una observación sensata. Si el fenómeno tuviera una dimensión económica real, debería notarse en algo más que en un comunicado.
La biología terrestre como contraargumento
Otra línea niega la plausibilidad por composición.
El 99% del cuerpo humano se reduce a cuatro elementos —carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno—, con el oxígeno en torno al 65% y el carbono algo por encima del 19%. Venimos de un pequeño mar interno y cualquier vida exótica tendría que resolver los mismos problemas con una química parecida. De ahí que los candidatos más citados no sean humanoides con casco, sino cosas como las hormigas, que en realidad descienden de las avispas.
Frente a eso, el argumento estadístico: en un universo infinito, negar otras civilizaciones es tan dogmático como negar que la Tierra gira. Con matices. Puede haberlas y no haber venido nunca. Se compara el caso con el monolito de
2001 y con lo que apunta Avi Loeb sobre el objeto interestelar Oumuamua, y se recuerda que dar por imposible una visita por ocurrir en un rincón perdido del universo es tan flojo como afirmar que en Mongolia no hay turistas.
Queda una sospecha que atraviesa todo lo anterior y que no depende de la física: que el ruido sirva, precisamente, para tapar otra cosa. ¿Cuánto de este circo es un expediente abierto y cuánto, una cortina lo bastante ancha para que nadie mire al otro lado?