Mariano Ozores, el director que llenaba cines sin subvención
¿Cuántas películas puede rodar un hombre en una vida? Mariano Ozores firmó más de un centenar. Falleció este miércoles a los 98 años en Madrid, según confirmó la Academia de Cine, que le concedió el Goya de Honor en 2016. Director y guionista, artífice de la comedia popular española, su nombre quedó ligado a títulos como
Los bingueros o
Yo hice a Roque III. La noticia reabre una pregunta incómoda: ¿por qué el cine que llenaba salas se recuerda como casposo y el que mendigaba subvenciones pasó a la historia oficial?
De la comedia costumbrista al fenómeno de taquilla
Ozores no fue un autor de festivales. Fue un artesano que entendió el oficio como negocio. Sus comedias del destape y post-destape —rodadas con presupuestos ajustados, reparto de cómicos y exteriores reconocibles— competían en taquilla con las grandes producciones de Hollywood, según sostienen algunos participantes. Junto al cine quinqui, sostenían la industria cinematográfica española de aquellos años. Cuando estrenaba, el éxito estaba casi asegurado. Eso no lo discute nadie. Lo que se discute es si eso basta para llamarle maestro.
Hay quien sostiene que su cine era un producto de entretenimiento sin pretensiones artísticas, rodado para saciar la necesidad de risa en una etapa gris. Otros responden que esa etapa gris era la de la censura y la falta de medios, y que él suplía ambas con imaginación y oficio. La industria, insisten, no se levantó con manifiestos: se levantó con taquilla.
La confusión con Antonio Ozores y el hermano olvidado
Buena parte del público lo confunde con su hermano Antonio, el actor cómico fallecido en 2010. Mariano era el director; Antonio, el intérprete de gesto rápido y verborrea. Hubo un tercer hermano, también actor, que no se parecía físicamente a ellos dos. La confusión es tan extendida que muchos creyeron que Mariano llevaba muerto años. No era el único error: también se le atribuye a veces la autoría de películas que solo produjo o en las que solo participó.
Su biografía,
El anticiclón de los Ozores, escrita por Antonio, sirve para entender el oficio de cómico en una España que iba al cine como quien iba al bar: a reírse y a olvidar.
El cine que financiaba al cine
El argumento más repetido es económico. Ozores llenaba cines sin una peseta de subvención, según sus defensores. Con lo recaudado por sus comedias se financiaban otras películas más ambiciosas y menos rentables, afirman algunos. La industria funcionaba como una cadena: el blockbuster patrio pagaba la cuota del autor consagrado. Cuando ese modelo se rompió, el cine español se reconfiguró en torno a la subvención y a la cuota de pantalla.
La Ley Miró aparece en casi todas las conversaciones como el punto de inflexión. Se le atribuye haber favorecido a un tipo de cine y haber dejado fuera al cine popular. No es una tesis unánime, pero sí una corriente persistente: la desindustrialización del cine español en los ochenta fue paralela a la del resto del país.
La hora incógnita, la película que lo arruinó
No todo fue comedia. En 1963 rodó
La hora incógnita, una rareza de ciencia ficción que él mismo consideraba su mejor trabajo. Fracasó en taquilla y le costó la ruina, según relatan algunos. Era demasiado para el público de la época, dicen unos; era una película adelantada a su tiempo, dicen otros. El caso es que Ozores volvió a lo que funcionaba: comedia, destape y taquilla. La lección la aprendió rápido.
Algo parecido ocurrió con
El sexólogo, una serie de 1994 para TVE. Rodó trece episodios, pero solo se emitieron dos. La razón oficial fueron las críticas por machismo, según se afirma. Fue, con veinticinco años de antelación, un caso de cancelación antes de que existiera la palabra.
Lo que queda de su cine
Sus películas se ven hoy por motivos que él no buscaba: los coches, la ropa, las ciudades de los setenta y ochenta. Los exteriores de Madrid, los bares, las oficinas. Un archivo visual de una España que ya no existe. Y las escenas cómicas, que siguen funcionando: un quirófano donde en realidad se corta jamón, una tortura que consiste en sentar al espía en un asiento con mecanismos.
La pregunta no es si sus películas ganarían un Oscar. La pregunta es si el cine español tendría la industria que tuvo sin tipos como él. La respuesta, a la vista de los datos de taquilla, es que no, según quienes defienden su legado. Otra cosa es que eso se pueda decir en voz alta sin que te llamen nostálgico.
Al final, la paradoja es esta: un hombre que hizo reír a millones durante décadas muere a los 98 años y lo primero que se discute es si merecía el respeto que nunca le dieron. El cine español le debe más de lo que le reconoce. Y él, probablemente, se habría reído de todos nosotros.