España a 30-35 millones: la propuesta que nadie quiere firmar
En septiembre de 2026, con España por encima de los
50 millones de habitantes y una proyección que apunta a los
60, vuelve a circular una tesis incómoda: que el país debería regresar a los
30-35 millones de residentes. No es una idea nueva. Lo que ha cambiado es el tono. Quien la sostiene asegura que una población acorde con los recursos, el territorio y las infraestructuras aliviaría la presión sobre la vivienda y los servicios públicos, y que mejoraría la calidad de vida. El eslogan que la resume —«volveríamos a ser España»— funciona mejor como titular que como plan.
Porque el problema nunca fue el destino. Es el camino.
Qué implica bajar de 50 a 35 millones de habitantes
El primer obstáculo es aritmético. La propuesta no habla de frenar el crecimiento, sino de revertirlo: recortar entre 15 y 20 millones de personas, en torno a un
30-40% del censo. Algunos escenarios van mucho más lejos. Con la fecundidad actual y sin flujos migratorios, hay quien sitúa a España directamente en
20 millones de habitantes para finales de 2027. Ese cálculo no lo firma ningún organismo. Se apoya en dos hechos que casi nadie discute: una natalidad que no repone la población y un envejecimiento que se acelera solo.
Los defensores de la tesis evitan el detalle operativo. Unos hablan de incentivos para abandonar el país; otros, de cerrar fronteras y recortar prestaciones. Casi todos coinciden en un punto incómodo: sin coerción, el mecanismo no arranca.
¿Se puede reducir la población sin violencia?
Aquí el consenso se rompe en tres bloques. Una corriente sostiene que cualquier descenso rápido de esa magnitud exigiría
violencia física —una guerra, deportaciones masivas— y lo descarta por inasumible. Una segunda defiende que bastaría con retirar incentivos económicos para que la salida fuese voluntaria. Y una tercera mira al pasado y propone volver a los
26 millones de habitantes, los niveles de 1945, bajo un supuesto marco de autarquía: menos población, menos importaciones, menos deuda.
Ninguna de las tres rutas explica la transición. Un país que pierde un tercio de su gente en pocos años no solo pierde contribuyentes. Pierde cotizantes, pierde mano de obra, pierde escala. Y ninguno de los escenarios dice qué ocurre con las pensiones, la sanidad o las infraestructuras que ya están construidas.
Los 100 millones de turistas y la presión sobre la vivienda
El argumento más repetido es la vivienda. Los
100 millones de turistas anuales que recibe España son, para esta corriente, el motor del desplazamiento residencial: pisos del centro reconvertidos en alojamiento turístico mientras los vecinos se alejan a la periferia. Hay quien lo lleva a barrios concretos y afirma que en Moratalaz unas
20.000 de las 40.000 viviendas serían turísticas, con las calles llenas de visitantes.
Es una estimación que no se sostiene con los registros disponibles, y otros análisis la discuten abiertamente. Conviene separar la anécdota del fenómeno. El fondo es real: en zonas tensionadas, el alquiler turístico compite con el residencial y expulsa a los inquilinos con rentas medias y bajas. Eso ocurre con cualquier política de población que no toque antes el mercado de la vivienda.
Fecundidad, envejecimiento y el suelo de 60 millones
El eje que cruza todo el asunto es la fecundidad. La tasa española no alcanza el reemplazo generacional, y eso ya reduce población sin necesidad de plan alguno. La diferencia es que la inercia demográfica actúa despacio; la propuesta de volver a 30-35 millones pretende hacerlo de golpe. Son dos velocidades distintas y un mismo destino discutido.
Mientras el debate se pelea por el número final, el escenario que muchos consideran más probable es el contrario: seguir subiendo hasta los 60 millones. Es decir, más vivienda tensionada, más servicios exprimidos y más competencia por lo escaso. Ese, y no el descenso, es hoy el escenario base sobre el que debería discutirse cualquier política.
El cálculo completo de los escenarios de población —los 26, los 20, los 35, los 60 millones— circula desglosado en la fuente original, partida a partida, y da una horquilla que sorprende.
Nadie ha presentado un mecanismo concreto para bajar, ni con incentivos ni sin ellos. Y los números, de momento, no cuadran en ninguna dirección.