La letra pequeña del origen: España arriba, Marruecos abajo
Una bolsa de judías verdes de marca blanca. Arriba, en tipografía gruesa,
origen España. Abajo, en cuerpo casi ilegible,
origen Marruecos. Y entre ambos, un código de barras que arranca por 84, el prefijo que GS1 reserva a España. La foto de esa etiqueta es el punto de partida de una discusión que trasciende la bandeja de verdura: cuando el etiquetado alimentario admite dos orígenes en el mismo envase, ¿qué está comprando realmente el consumidor?
¿La etiqueta de Hacendado es real o está manipulada?
No hay acuerdo. Una parte sostiene que la imagen está retocada: la tipografía con la que se imprime el «origen España» no encaja con el resto de la composición y ocupa un espacio que no le corresponde en el diseño habitual. La conclusión que extraen es que se trata de un montaje burdo, de los que buscan clics desesperadamente.
Enfrente, otra corriente responde con lo que presenta como la etiqueta auténtica, en la que el origen marroquí figura sin ambigüedad. Y apuntan a un detalle revelador: en la web del proveedor, la judía verde se anuncia como
de Hellín en la presentación, pero el origen declarado en la ficha detallada es Marruecos. La discrepancia entre el escaparate y la letra pequeña es, para muchos, el verdadero asunto de fondo.
Perichan y Periroc: quién está detrás de la etiqueta
El rastro conduce a Perichan, una compañía murciana del sector hortofrutícola. Según los datos que se manejan en el sector, contaría con una filial marroquí —Periroc— y el origen declarado apuntaría a esa sociedad, no necesariamente al cultivo. Dicho de otro modo: el producto podría salir de una planta en Marruecos y comercializarse sin que ello contradiga el resto del envoltorio.
Para el comprador medio, esa distinción —entre dónde se cultiva, dónde se envasa y quién es el titular de la marca— es prácticamente invisible. Ahí está la trampa. La etiqueta informa, pero no siempre aclara.
El caso de la fresa de Huelva que encendió la mecha
Poco antes, Huelva ya había puesto el tema en el centro. Varios relatos aseguran que en cámaras frigoríficas de la zona se estarían reacondicionando fresas de origen marroquí para venderlas como españolas, con pilas de cajas de marcas del país vecino a la vista. La partida contaminada detectada en Algeciras, según esa misma versión, procedería de un cultivador de Cartaya que también produce al otro lado del Estrecho. Son testimonios, no sentencias, y conviene tratarlos como tales.
Frente a ellos, hay quien defiende a las cooperativas de la zona, señala que retiran palés enteros ante cualquier resto irregular y recuerda que un código de barras puede corresponder a un pedido hecho para una cadena concreta, con el género pesado en origen a un precio pactado de antemano.
¿Por qué se puede poner origen España y origen Marruecos a la vez?
Porque la norma atiende al grado de transformación, no al lugar donde nace el producto. Se explica con un ejemplo del sector textil: una prenda fabricada íntegramente fuera puede considerarse europea si aquí se le cose un botón. En alimentación ocurre algo parecido con la miel o los zumos, donde una base autóctona mínima y una mezcla posterior permiten etiquetar como español un producto cuyo grueso viene de fuera.
De ahí que cada vez más voces pidan leer la etiqueta como quien audita un contrato: el origen del pescado por zona FAO, el lugar de elaboración, el nombre del envasador. La información está. El problema es el tamaño de la letra.
Lo que se produce aquí y lo que cuesta
El trasfondo es económico. Legumbres, cebollas y tomates llegan en gran medida de China, Estados Unidos o Perú, y hay quien sostiene que una sola empresa consigue consumir más lentejas que toda la producción nacional. En el lado opuesto, existen productores de Tierra de Campos que etiquetan con el nombre del dueño de las tierras y las hectáreas cultivadas: trazabilidad máxima, precio superior.
Y ahí surge el dilema. Si el producto local es más caro, una parte del público no lo compra; si se abarata, deja de ser negocio para el agricultor.
El patriotismo de carrito tiene un límite, y casi siempre es el precio.
Queda un dato para la reflexión. En el mismo estante, una miel de marca blanca que, según los cálculos que circulan entre quienes han trabajado el sector, puede contener desde un 1% hasta un 99% de base española. El envase no lo dice. La letra pequeña, tampoco.