Ford propone el cuarto ERE en Almussafes con 1.622 despidos
La planta de Ford en Almussafes (Valencia) afronta su cuarto expediente de regulación de empleo desde 2020. La compañía ha planteado el despido de
1.622 personas. El anuncio llega después de que la dirección se comprometiera a producir nuevos vehículos para garantizar la viabilidad de la planta. El contraste entre el relato oficial y la realidad del empleo es el eje de una discusión que mezcla política industrial, transición energética y el futuro del motor de combustión.
El cuarto ERE desde 2020
No es un ajuste puntual. Es la cuarta vez que Ford recurre a un ERE en Almussafes desde 2020. La planta arrastra años de incertidumbre sobre qué modelos fabricará y en qué condiciones. El anuncio se produce en un contexto de caída de ventas de utilitarios y de apuesta por los SUV, un segmento donde Ford no termina de encontrar su sitio. Mientras tanto, la dirección insiste en que la factoría tiene futuro. Los números dicen otra cosa.
El relato oficial y el empleo real
La decisión de producir nuevos vehículos se presentó como una garantía para la viabilidad de Almussafes. El mensaje oficial hablaba de reindustrialización y de trabajo a largo plazo. El ERE llega después. Esa secuencia —primero el anuncio de inversión, después el ajuste— es la que más ha llamado la atención en el análisis posterior. Hay quien sostiene que las subvenciones y los compromisos públicos sirven para maquillar una salida ordenada. En contra pesa el argumento de que sin esos anuncios el cierre habría sido inmediato. El resultado, en cualquier caso, es el mismo: más de 1.600 personas a la calle.
El problema no es solo Ford
El caso de Almussafes se lee como un síntoma, no como una excepción. En el sector se apunta a que el coste de la energía, las tasas portuarias, el transporte y los impuestos medioambientales pesan ya más que los salarios. La robotización avanza y la mano de obra sin cualificación pierde valor. A esto se suma la competencia china: los coches eléctricos fabricados en Asia llegan con precios que la industria europea no puede igualar. Hay quien sostiene que Ford pierde dinero con cada eléctrico que vende. La transición a 2035 se percibe como un calendario impuesto desde Bruselas que no encaja con la demanda real.
Los coches que ya no se venden
Ford dejó de fabricar el Mondeo, un coche que muchos consideraban excelente y a precio razonable. El Fiesta también desapareció. El Focus tiene los días contados. La apuesta por los SUV no ha compensado esas pérdidas. Un Kuga puede superar los 35.000 euros sin extras, un precio que muchos compradores consideran excesivo para lo que ofrece. El mercado se ha partido en dos: quien puede, compra un Tesla o un modelo chino; quien no, alarga el coche que tiene. En medio, los fabricantes europeos ven cómo su base de clientes se estrecha.
El silencio de los sindicatos
Uno de los aspectos más comentados es la ausencia de una respuesta contundente por parte de los sindicatos. Cuando el Gobierno es del mismo signo que las centrales, la protesta se diluye. Esa es, al menos, la lectura que se hace desde fuera. Los representantes de los trabajadores negocian prejubilaciones y bajas incentivadas, pero el fondo del problema —la pérdida de industria— queda intacto. Hay quien apunta que las condiciones del ERE, con 20 días por año trabajado y un límite de 12 mensualidades, empujan a la empresa a desprenderse primero de los más antiguos. Los sindicatos intentan protegerlos. La aritmética no da.
Lo que viene después
El ajuste en Almussafes no es un hecho aislado. Otras plantas europeas de Ford y de otras marcas afrontan situaciones similares. La pregunta que queda en el aire es si este ERE es el último o el penúltimo. La dirección ha prometido modelos nuevos, pero la experiencia reciente invita a desconfiar. La industria del automóvil en España se enfrenta a un problema estructural: costes altos, productividad media y una transición eléctrica que avanza más rápido que la demanda. Almussafes es el primer capítulo visible. No será el último.