Galicia regulará las bebidas energéticas a menores en 2024
Un instituto público de Ferrol retiraba latas de bebidas energéticas de las papeleras de clase tras cada recreo. La dirección prohibió su venta en la cafetería, pero los alumnos cruzaban la calle para comprarlas en máquinas de vending. La Xunta de
Galicia ha decidido cortar el grifo por ley: será la primera comunidad en regular su consumo, acceso y publicidad a menores a partir de 2024, dentro de una nueva Ley de Prevención de Adicciones que también regulará los vapeadores. El presidente gallego, Alfonso Rueda, lo ha calificado como «un problema de salud pública» y ha anunciado la medida como «la primera comunidad en regularlo».
El consumo diario que disparó las alarmas
Los datos que maneja el Servicio Gallego de Salud son contundentes. Según la encuesta ESTUDES de 2021, el
40,4% de los chavales de 14 a 18 años consumían bebidas energéticas a diario. La cifra supone una subida de diez puntos porcentuales en tres años respecto a 2018. La media gallega supera en cinco puntos la nacional, situada en el 45%, lo que indica que el fenómeno no entiende de fronteras autonómicas. El perfil del consumidor es mayoritariamente masculino, según la misma estadística.
El argumento sanitario se apoya en la composición del producto. Según un cálculo que circula en el debate, una lata de Monster contiene
150 miligramos de cafeína, más del doble que una taza de café, que ronda los 70. Dos latas suman 320 miligramos, cerca del máximo de 400 recomendado para un adulto. A eso se añade el azúcar: una sola lata puede duplicar la ingesta diaria recomendada. Los efectos descritos por los expertos incluyen nerviosismo, ansiedad, irritabilidad y alteraciones del sueño.
¿Prohibir o educar? El choque de fondo
La medida ha abierto una brecha entre quienes ven en la prohibición una intromisión intolerable y quienes la consideran una evidencia sanitaria. Una parte del análisis sostiene que el Estado no tiene por qué decidir lo que bebe un adolescente, y que la medida es un parche que no ataca la raíz del problema. El ejemplo más repetido: un menor de 17 años no puede comprar una lata de Monster, pero sí un kilo de café en el supermercado. La prohibición se percibe como arbitraria mientras el café, el té o el alcohol etílico siguen accesibles.
En el otro extremo, hay quien defiende que la restricción es lo mínimo exigible ante un producto diseñado para enganchar. La comparación con el tabaco y el alcohol, ya vetados a menores, aparece una y otra vez. Y una advertencia recurrente: si se prohíbe a los menores, ¿por qué no se prohíbe también a los adultos? La respuesta oficial es que la ley solo regula el acceso de los menores, no el consumo adulto.
La letra pequeña que aún no está escrita
La Xunta ultima el proyecto de ley y espera elevarlo al Consello en pocas semanas antes de remitirlo al Parlamento. Los detalles concretos —qué bebidas entran, qué vapeadores se equiparan al tabaco, cómo se controla la publicidad y los patrocinios— quedan en manos de los expertos sanitarios. La norma también contempla la venta separada de los refrescos convencionales y una declaración de «tolerancia cero» con el botellón.
El escepticismo sobre la eficacia recorre buena parte de las opiniones. Se argumenta que la prohibición a menores no impedirá el consumo, igual que no lo hizo con el alcohol: los chavales encontrarán la forma de comprarlas. La comparación con la vacunación obligatoria durante la pandemia aparece como ejemplo de medida que generó rechazo y no resolvió el fondo del asunto. Otros señalan que el problema real es la falta de educación en casa y que ninguna ley sustituye a la familia.
El negocio y el símbolo
Más allá del debate sanitario, la medida tiene una pata económica. Las bebidas energéticas son un segmento en crecimiento, con márgenes altos y un público juvenil fidelizado. Prohibir su venta a menores recorta el mercado potencial y obliga a los fabricantes a reposicionar el producto. También afecta a los establecimientos que las venden: cafeterías escolares, máquinas de vending y supermercados.
La decisión gallega se lee como un ensayo general. Si la ley sale adelante y resiste los previsibles recursos, otras comunidades podrían seguir el mismo camino. La pregunta que queda flotando es si el problema es la bebida o la falta de alternativas para una generación que se estimula a base de latas. Con el 40,4% de los adolescentes gallegos tomándolas a diario, la respuesta no parece sencilla.