Cien monumentos para resumir España: de Altamira al Guggenheim
Cuarenta mil años de patrimonio caben en un listado de cien nombres y el punto de fricción no está ni en Altamira ni en la Alhambra. Está en un conjunto del siglo XX levantado en la sierra de Guadarrama. La relación de los
100 monumentos más representativos de España recorre en orden cronológico aproximado desde la cueva cántabra hasta el Centro Botín de Santander, con el propósito declarado de no dejar fuera ninguna provincia ni ninguna época, y ha terminado convertida en un pulso sobre qué merece llamarse monumento y quién decide el canon.
Qué monumentos entran en la lista de los 100 más representativos
El arranque es prehistórico y arqueológico: Altamira, los dólmenes de Antequera, los monumentos talayóticos de Menorca, Los Millares, La Bastida de Totana, la Motilla del Azuer, el castro de Baroña, las casas del Turuñuelo, el poblado ibero de Ullastret y Ampurias. La tanda romana llega después, con Baelo Claudia, el teatro de Mérida, el puente de Alcántara, el acueducto de Segovia, la villa de La Olmeda, la Torre de Hércules, la muralla de Lugo, el anfiteatro de Tarragona, Segobriga y Recópolis.
El bloque medieval mezcla mezquita, sinagoga y alcázar: Medina Azahara, la Mezquita de Córdoba, Santa María la Blanca en Toledo, La Aljafería, los Reales Alcázares, la Alhambra, el Palmeral de Elche, San Juan de Gaztelugatxe, el puente de Besalú y el castillo de Burgalimar. Luego vienen
diez catedrales —Zamora, Teruel, Burgos, León, Toledo, Palma, Sevilla, Jaén, Murcia y Santiago— y un tramo renacentista y barroco donde aparecen El Pilar, la Lonja de la Seda, el palacio del Infantado, la plaza Mayor de Trujillo, las universidades de Salamanca y Alcalá, el Alcázar de Segovia, el Palacio Real y El Escorial.
Cierra con piezas contemporáneas: el puente de Vizcaya, el monte Igueldo, Las Ventas, el palacio de Montjuic, la plaza de España de Sevilla, el Rocío, la Universidad Pontificia de Comillas, el Valle de los Caídos, Torreciudad, Montserrat, el Park Güell, la Sagrada Familia, los museos Dalí y Picasso, los Jameos del Agua, la Ciudad de las Artes, el Guggenheim, el Niemeyer y el Botín. Ahí está el mapa completo. Y ahí empiezan las discrepancias.
¿Por qué el Valle de los Caídos rompe el consenso de una lista patrimonial?
Porque es el único elemento del listado que se juzga por lo que simboliza y no por lo que es. Una parte de quienes siguen la recopilación lo califica de espantoso y sostiene que su inclusión responde a motivos ideológicos y a la voluntad de conectar con un público concreto, no a un valor artístico o estético. La respuesta llega con dos argumentos: simbólicamente tiene un valor incalculable y la obra de ingeniería que se ejecutó allí es, en palabras de sus defensores,
brutal.
El segundo argumento es más sutil y más discutible: lo escaso es valioso por definición, y una estatua
art déco de esas características es una rareza que merece conservarse. El choque, en el fondo, no es sobre patrimonio. Es sobre si un monumento puede separarse del régimen que lo levantó. Ese flanco sigue abierto.
Ruinas, pedruscos y catedrales: la pelea por lo que cuenta como monumento
Hay una objeción que recorre toda la selección: media lista son ruinas y
pedruscos, y un monumento es otra cosa. El reproche tiene mérito parcial —Baelo Claudia o Los Millares son yacimientos, no edificios en pie— y también tiene respuesta: Baelo Claudia se defiende por su entorno, con restos romanos junto a una de las mejores playas del país, y de Mérida podría incluirse casi la ciudad entera por densidad de restos.
La segunda crítica apunta al otro extremo, a los edificios modernos. La arquitectura contemporánea es, para cierto sector,
el horror en su inmensa mayoría, y de ahí que el Guggenheim, la Ciudad de las Artes o el Centro Botín se lean como concesiones al turismo antes que como patrimonio. La contrarréplica se apoya en lo evidente: el canon se escribe también con grúas y con presupuesto público.
Las provincias que protestaron y las sustituciones de última hora
El listado nació con agujeros geográficos y los agujeros se hicieron notar.
Albacete, Soria y Álava quedaron sin representación, y también se señaló la ausencia de Pontevedra y de Ourense. El autor reconoció el fallo, cambió el monasterio de Santo Estevo por el de Oseira y sustituyó la Universidad Laboral de Gijón por la Universidad Pontificia de Comillas. Después amplió la selección con una quincena de castillos —Belmonte, Peracense, Gormaz, Peñafiel, Coca, Javier y Bellver, entre otros— porque los que habían entrado se quedaban cortos.
A la lista abierta se fueron sumando sugerencias: el palacio Larrinaga de Zaragoza, el palacio Chavarri de Bilbao, el lago de Puigcerdà, el castillo de Colomares en Málaga y la Alcazaba con el teatro romano a sus pies. También hubo quien reclamó el Santiago Bernabéu. El criterio, admitido sin pudor, es discutible y ajustable a demanda.
El Código de Recesvinto y la Hispania anterior al turismo
Entre tanta piedra hay una propuesta que se sale del guion monumental y entra en el político: el Código de Recesvinto, elaborado con la península unificada bajo una sola corona y con conciencia de
Hispania, para Hispania. Es un recordatorio incómodo. El patrimonio que se visita suele ser el que da foto, no el que explica cómo se construyó una idea de país.
Ese contraste recorre el resto del listado. Unos lo leen como motivo de orgullo: patrimonio desde época fenicia hasta
antes de ayer, pasando por romanos, visigodos y musulmanes, algo que a los visitantes extranjeros que creían que España era México dejó lo bastante impresionados como para repetir el viaje al año siguiente. Otros lo leen en clave de decadencia, como el recordatorio de un país que fue mucho y ya no. Ambas lecturas conviven sin resolverse, y el propio autor admite que se han quedado fuera piezas muy buenas.
Con este material, ¿aguantarían esas cien fichas una revisión dentro de una década, o el monumento más representativo de España acabará siendo la rotonda de la entrada al polígono?