Garamendi propone cobrar la nómina entera y pagar los impuestos
El sueldo que figura en la nómina no es el sueldo. Es lo que sobrevive después de que el empresario, por cuenta del Estado, haya detraído una parte. La propuesta que se atribuye al presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, invierte ese orden: que el trabajador cobre el bruto íntegro y sea él quien después liquide sus
impuestos y cotizaciones. En apariencia, un cambio de formularios. En la práctica, una sacudida a la forma en que el contribuyente percibe lo que le cuesta el Estado. El punto de partida es una afirmación que unos dan por obvia y otros consideran falsa: que la cuota presentada como aportación empresarial no la soporta la empresa, sino el propio trabajador, detraída de su valor añadido.
Qué propone Garamendi y por qué lo respalda la patronal
La mecánica es fácil de enunciar y complicada de ejecutar. En lugar de que la empresa actúe como recaudador delegado —retención de IRPF y cuota obrera descontadas en origen—, el empleado percibiría el cien por cien de su coste salarial y asumiría después la liquidación con Hacienda y con la Seguridad Social. Quienes defienden la idea sostienen que eso forzaría una transparencia que hoy no existe: cada trabajador vería pasar por su cuenta el dinero que entrega al fisco, y no solo la parte que le queda.
La patronal acompaña el argumento con su discurso de fondo: «Antes que proponer trabajar menos para vivir mejor, es necesario fomentar la Cultura del Esfuerzo». La propuesta se instala rápido en la conversación pública porque toca una fibra concreta: el trabajador no firma ningún recibo al Estado, pero sí firma una nómina cada mes.
¿Por qué el trabajador no entiende su nómina?
Porque el sistema está montado para que no haga falta entenderla. La nómina ya incluye, desde hace años, la aportación empresarial a la Seguridad Social, además de la retención de IRPF y la cuota del trabajador. Todo está ahí, en un documento que muchos firman sin leer y que buena parte no sabría desglosar. El matiz importa: no falta información, falta costumbre de mirarla.
La misma lógica se ha propuesto para el IVA, con precios sin impuesto en el escaparate y un cargo aparte al pagar, al estilo de lo que ocurre en Estados Unidos, donde la cifra final aparece en caja y no en la etiqueta. En España, casi nadie resta.
Cuántos trabajadores y cuántas declaraciones hay en España
Según los datos que se manejan en el hilo, España tiene alrededor de 48 millones de habitantes y unos 21 millones de trabajadores. Las declaraciones de la renta presentadas rondan los 22 millones: 20.363.904, el 92,4% del total estimado, lo que llevaría el universo completo hasta los 22.038.857, según el cálculo de un forero. La aritmética deja un detalle incómodo para el relato habitual: hay más declaraciones que trabajadores con nómina, porque a las rentas del trabajo se suman las del capital y las de quienes no cobran nómina alguna.
Cualquier reforma que mueva millones de liquidaciones individuales toca esos números. Y los toca en un momento en que la capacidad de ahorro y de planificación del contribuyente medio es, como poco, discutible.
El incentivo que se rompería: subvenciones y desgravaciones
El flanco menos discutido es el de los incentivos a la contratación. Si el trabajador ingresa sus propias cotizaciones, las bonificaciones y subvenciones ligadas a la cuota empresarial por contratar determinados colectivos —jóvenes, mujeres, personas con discapacidad— se quedan sin destinatario claro. Hay quien sostiene que esas desgravaciones acaban siendo un negocio para el empleador más que una ventaja real para el contratado; en sentido contrario, se advierte de que suprimirlas encarecería contratar justo a quien más difícil lo tiene.
No es un detalle menor. El coste real de un puesto no es lo que cobra el empleado, sino lo que desembolsa la empresa, y en ese diferencial vive buena parte de la política de empleo.
¿A dónde va el dinero que se descuenta de la nómina?
La mayor parte de lo recaudado por cotizaciones tiene un destino casi único: las pensiones. Ese es el gasto que ninguna reforma se atreve a rozar, y por eso la discusión sobre la nómina acaba siempre chocando con la misma pared. En episodios de crisis, la fórmula elegida fue otra: desglosar el coste real de cada servicio para que el ciudadano viera la factura, como se hizo, según se recuerda en el hilo, al detallar lo que cuesta una operación en la sanidad pública.
Hay además una capa psicológica que conviene no ignorar. Como sostiene un participante, el recaudador de impuestos ha sido el villano histórico de la función, el malo de la película. Ese papel lo asume hoy, en la práctica, la empresa, que aplica la retención sin ganar nada con ello. Y el enfado se dirige a quien firma el papel, no a quien se lleva el dinero.
Poner la cifra delante de los ojos no cambia los números. Cambia a quién se culpa por ellos. ¿Seguiría el cabreo apuntando a la empresa, ese recaudador de conveniencia, o empezaría el contribuyente a hacer cuentas con quien firma el presupuesto cada año?