Belarra, la nota de la Embajada y la fecha de 1986 que todos olvidan
Una nota de la Embajada de España difundida a través del Ministerio de Asuntos Exteriores y unas declaraciones de la dirigente de Podemos Ione Belarra sobre la ofensiva en Gaza bastaron para reabrir el
expediente más incómodo de la diplomacia española. La discusión derivó rápido hacia los papeles viejos, como suele. Y ahí apareció una fecha que conviene fijar en la pared: el
1 de enero de 1986. Ese día se anunció oficialmente que el Gobierno español establecería relaciones diplomáticas con el Estado de Israel.
Es incómoda para casi todos. Desmonta a la vez dos relatos que llevan décadas circulando, uno por cada orilla, y deja a los dos bandos con la misma cara de sorpresa.
¿Quién reconoció a Israel, Franco o el PSOE?
Conviene decirlo sin adornos:
Franco no reconoció el Estado de Israel. El régimen mantuvo el no reconocimiento durante toda su existencia y el asunto no se movió de verdad hasta después. El reconocimiento llegó con Felipe González en La Moncloa, anunciado el 1 de enero de 1986, y se selló con un gesto que suele olvidarse: la visita oficial a Israel de diciembre de 1991, con discurso del presidente español ante la Knesset, el parlamento israelí, presidido entonces por Dov Shilansky.
El repaso tiene su gracia histórica. La Knesset recibió a González en 1991 y aquel gesto se leyó como el final de un largo enfriamiento. Tres décadas después, la misma España que normalizó relaciones discute si la nota de su Embajada fue un exceso o un deber.
Lo llamativo es que el error circula en las dos direcciones. Hay quien atribuye el reconocimiento a la dictadura para atizar al adversario de turno, y hay quien lo presenta como una concesión de la izquierda sin recordar que en 1986 gobernaba el PSOE. Hay incluso quien repite que fue la Unión Soviética la que reconoció a Israel, como si el dato tuviera algo que ver con España. No lo tiene.
España reconoció a Israel. Esa es la única pieza incuestionable del relato, y ninguna de las dos trincheras parece cómoda con ella.
Las bases de 1953 y el relato económico del aislamiento
El otro eje del asunto es militar, y también tiene fecha. La instalación de bases estadounidenses en territorio español se remonta a
1953, cuando el régimen franquista buscó romper su aislamiento internacional cediendo suelo a cambio de reconocimiento exterior. De ahí nace la idea, repetida como evidencia, de que España salió del hambre permitiendo bases extranjeras en casa: los Acuerdos de Madrid, el acceso posterior a la OTAN y la entrada de facto en el bloque occidental.
Es una lectura con su parte de verdad y mucha de caricatura. Que el país era un erial económico en los años cincuenta nadie lo discute. Que la apertura exterior aceleró el desarrollo, tampoco. Pero convertir esa secuencia en una relación causa-efecto limpia ignora todo lo demás que pasó: la industrialización, el turismo, la emigración, la entrada en Europa.
Lo que ningún análisis discute es el punto de partida actual: España es
miembro de la OTAN con bases estadounidenses en su territorio, y ese marco condiciona cualquier declaración solemne sobre política exterior. Aquí está la grieta que más chirría. El mismo país que firma notas de dignificación institucional mantiene contratos militares estratégicos con proveedores a los que luego critica, Israel entre ellos. La coherencia, en política exterior, es un lujo que casi nadie se permite.
Gaza: avisos previos, hospitales y la batalla de las cifras
Donde la conversación se rompe del todo es en la propia guerra. Una parte del análisis sostiene que Israel anuncia de antemano las zonas que va a atacar para que la población civil las abandone, y lo esgrime como prueba de que no hay intención de exterminio. Enfrente, el dato que se repite como un martillo: un bombardeo sobre un hospital con
500 muertos. Ninguna de las dos piezas cierra el argumento por sí sola, y quien crea que lo hace se engaña.
Las cifras se cruzan sin pudor. Se habla de miles de misiles lanzados desde la Franja, de una media de más de cuatro hijos por mujer que se cita como prueba de una supuesta estrategia demográfica, de comunidades cristianas reducidas a la mínima expresión. Datos que cada bando usa como arma arrojadiza y que, sacados del contexto para el que se fabricaron, no explican gran cosa.
El debate de fondo es otro, y probablemente irresoluble. Se discute si es posible sostener una ofensiva de esta magnitud sin algún grado de colaboración de la población donde se libra, o si la propia densidad del enclave convierte cualquier operación en una matanza anunciada. Sobre eso no hay cifra que zanje nada. Solo posiciones y un recuento de víctimas que cada bando lee a su manera.
El ruido de fondo: soberanía, régimen del 78 y batalla cultural
Debajo de todo esto late una discusión más vieja: si España perdió una oportunidad histórica al no romper del todo con el marco heredado tras la muerte de Franco. Hay quien sostiene que el régimen del 78 fue una continuación encubierta, y quien responde que cualquier comparación es un disparate. Ese choque, más que Gaza o Israel, es lo que realmente calienta la conversación. Gaza es el pretexto; el combustible es de casa.
En algo coinciden las trincheras, aunque les cueste admitirlo: la nota diplomática funcionó como un gesto de dignificación institucional, un mensaje colocado en el tablero para marcar distancia frente a las críticas exteriores. Guste o no, eso es política exterior en estado puro: gestos que valen menos por lo que dicen que por lo que incomodan.
Y el cierre descoloca. El país que hoy firma esa nota reconoció a Israel en 1986, casi cuatro décadas después de la fundación del Estado. La memoria diplomática española es tan corta que izquierda y derecha siguen discutiendo una fecha de hace casi cuarenta años como si fuera de ayer. Mientras tanto, las bases siguen ahí.