Jóvenes y coche: el carnet ya no es el símbolo de libertad
Un jugador de más de 2,10 metros, con buena movilidad y rápido para su estatura, no llegaría a estrella, según el veredicto de su entrenador. No fue una lesión ni un problema de actitud. Fue el carnet. El entrenador fue tajante: un chaval con dinero para comprarse un coche que prefiere que le lleven, en lugar de conducir él, «no puede destacar nunca». La escena condensa el asunto que se está dirimiendo: el carnet de conducir ha dejado de ser el rito de paso de los dieciocho y se ha convertido en una frontera entre quien lo tiene pagado por su familia y quien no lo tendrá nunca.
Hace dos décadas, el carnet y un coche viejo eran el pasaporte a la libertad. Hoy compiten con un patinete eléctrico y con una vida social que ya no obliga a salir de casa.
¿Por qué los jóvenes dejan de sacarse el carnet de conducir?
Porque las prioridades han cambiado y el bolsillo no acompaña. El diagnóstico más repetido apunta a dos causas que se retroalimentan: la digital y la económica. Según ese diagnóstico, las redes sociales, internet y los juegos online han trasladado la libertad al dormitorio, hasta el punto de que se sostiene que la juventud sale menos de fiesta y que los locales de ocio nocturno registran una afluencia muy inferior a la de hace años. A eso se suma la
ecoansiedad, que también aparece entre los factores que se mencionan.
Pero el argumento que más peso tiene es el de la cartera. **La renta de los españoles lleva casi veinte años estancada**, se repite, y sobre esa losa se acumulan más regulaciones para circular por las ciudades y una presión normativa creciente. El resultado: un menor de 30 años sin herencia ni ayuda familiar no se plantea el coche porque no le salen las cuentas. Tampoco ayuda que el calzado soporte un 21% de IVA mientras la cesta de la compra no deja de encarecerse.
¿Cuánto cuesta de verdad mantener un coche?
Menos de lo que sugiere el relato catastrofista, según el cálculo que circula entre quienes defienden que el coche propio sigue siendo rentable. La cuenta parte de un primer coche de segunda mano: el seguro para un conductor joven de cilindrada media ronda los **450 euros anuales**; con dos o tres años sin dar partes, la prima caería por debajo de los **250 euros**. Sumando impuestos y mantenimiento, tenerlo parado y disponible se quedaría en **45 o 50 euros al mes**, 60 si uno se estira.
El desglose completo, partida a partida, es justo lo que provoca el desacuerdo. En el escenario opuesto se asegura que con **1.000 euros al mes y viviendo en casa de los padres** se pueden mantener tres coches simultáneos sin apuros, eso sí, con un
coche para romper mano y no uno recién salido del concesionario. Frente a esa cifra pesa el resto de la factura: seguro, recambios, arreglos, impuesto de circulación, cochera y, sobre todo, las multas, la partida que desequilibra cualquier presupuesto ajustado.
Etiquetas ZBE y normas: dónde se puede circular
Las etiquetas ambientales son el otro gran filtro, aunque su alcance real se exagera, según un participante. La restricción se concentra en **Madrid capital y Barcelona capital**; en Valencia la zona de bajas emisiones no estaba en marcha y la de Zaragoza se describe directamente como ridícula. El obstáculo, por tanto, no es nacional, pero basta con vivir en las dos áreas metropolitanas donde se apiña el empleo para que el coche viejo deje de ser una opción.
El diseño normativo, se argumenta, ha dejado de ser un incentivo para convertirse en una imposición. La crítica apunta al organismo de tráfico y a su comunicación pública: el control se extiende hasta la chaqueta y, casi, hasta el tipo de gafas que lleva el conductor, lo que desanima a quien dudaba entre el carnet y el abono de transporte.
El coche como lujo de funcionarios o hijos de ricos
Aquí el tono se agria. Se sostiene que **un coche es hoy un lujo al alcance de funcionarios o de hijos de familias con dinero**, mientras el resto se apaña con el transporte público. El punto de partida del asunto es explícito: los de buena familia siguen teniendo coche desde los 18; los demás, no.
La movilidad se sigue vendiendo como libertad. Quien mantiene coche o moto lo defiende como la única forma de salir cuando a uno le da la gana y de llegar sin dar vueltas por paradas intermedias; el transporte público, en cambio, se tilda de lento y de último recurso. Pero la escala se ha roto: antes se aspiraba a una moto de 49 centímetros cúbicos a los 15 años y a una 125 a los 16. Ahora, según un participante, el carnet llega a los **25 tacos**, cuando el chaval descubre que el patinete no le lleva al puesto de trabajo.
¿Decisión propia o resignación disfrazada?
Hay quien ve una elección racional y quien ve una coartada. La versión más incómoda sostiene que, ya que son pobres, al menos se les ha comido el coco para que crean que renunciar al coche es una decisión libre. La frase que resume esa tesis, según otro participante: «no conocen la libertad y no tienen afán por obtenerla», porque llevan geolocalizados desde los 19.
Los casos concretos la desmienten solo a medias. Un joven de **29 años** ni tiene coche ni carnet ni se lo plantea. Otro se lo sacó con **23 y medio, obligado por el trabajo**, con el argumento de que en una gran ciudad el carnet no sirve para nada y en la periferia, para todo. Y en el extremo opuesto, quien ha tenido que plantarse en Madrid con urgencia a las cinco menos cuarto de la mañana sabe que sin coche no habría llegado.
Según quienes defienden esa cuenta, con la prima del seguro para un conductor joven en 450 euros y unos costes fijos que rondan los 50 al mes, mantener el coche sale más barato de lo que sugiere el relato catastrofista. Conseguirlo, para quien no tiene ayuda familiar, es otra historia. Y ahí nadie ha encontrado todavía la cifra que cierre la discusión.