Ningún presidente desde Roosevelt ha tenido una oportunidad como ésta de rehacer completamente los mercados.
Bueno, pues Barack Obama ya es oficialmente presidente de EEUU, por si no se habían enterado. Más allá del batacazo con el que le recibió la Bolsa de Nueva York para recordarle que se enfrenta a la peor crisis económica y financiera desde la Gran Depresión, Wall Street se enfrenta a enormes desafíos durante su mandato. Ningún presidente de la era moderna desde Franklin Delano Roosevelt ha tenido una oportunidad como ésta de rehacer prácticamente todos los elementos del mercado.
En efecto, Obama y su equipo tienen el poder absoluto para decidir quién vive y quién muere (como Bear Stearns y Lehman Brothers),
así como las reglas que deberán cumplir los supervivientes. La reforma de Roosevelt ha durado casi 70 años. "Si la nueva administración, con la ayuda de Wall Street, puede construir algo que dure la mitad, creo que sería un gran éxito", opina David Weidner en MarketWatch.
Habrá errores, claro. Algunos ya se han cometido: Weidner señala que un presidente que promete el cambio no puede montar un equipo con algunas de las caras más agotadas de Washington. Pero lo importante es el futuro, y ahí es importante la teoría de Kennedy de que la responsabilidad del poder no se limita al Despacho Oval, sino que también reside en las empresas.
Eso significa que
Wall Street tiene que afrontar una regeneración ética, por ejemplo, eliminando los conflictos entre las agencias de rating y los emisores de valores que son los cimientos del sistema. Con un sistema que no prime los buenos tiempos sobre los malos, es decir, las tendencias alcistas sobre las bajistas. "El mercado necesita un giro de 180 grados respecto a un modelo que incentiva a los bancos a contratar antiguos reguladores de Wall Street con el único propósito de no tener problemas regulatorios, hacia una estructura que recompense a los bancos por obedecer las normas y ayudar a los reguladores", opina este columnista.
Ahí entrarían los hedge funds, que deberían aceptar que los reguladores supervisen los riesgos no para los fondos en sí, sino para el conjunto del sistema. "Deben crearse nuevas leyes para proteger a los inversores en esos vehículos privados y el sector debe darles la bienvenida porque repararán su dañada fruta".
Otro asunto capital es el de las
retribuciones, donde ya empezamos a ver novedades. Hay nuevos bonus que se anulan -puede hacerse porque se mantienen en depósito o devolviéndose después de cobrados- si los beneficios de ayer se convierten en pérdidas hoy.
Otros bancos están entregando a sus ejecutivos esos valores invendibles (tóxicos) que ellos mismos consideraron apropiados para los fondos de pensiones o para otros clientes. Ahora serán para ellos mismos. De momento, estas ideas se han aplicado sólo en Suiza, y habrá que ver si EEUU es capaz de adoptarlas.
Cambiar los reguladores
Pero las reformas no terminan en Wall Street. La estructura de los reguladores de Washington ha demostrado ser un desastre, así que hace falta cambiarla. Y no se trata sólo de la estructura:
hacen falta personas honradas que la manejen.
A juicio de Weidner, eso significa que ni Timothy Geithner puede ser secretario del Tesoro ni Mary Schapiro presidenta de la SEC, hasta que no cumplan sus obligaciones tributarias, incluyendo las multas. Además, la SEC que apoyar a su personal, que muchas veces ha visto bloqueadas sus investigaciones, y mantenerse al margen de las presiones del poder que libraron a Madoff de una investigación en serio.
Asimismo, este articulista opina que la protección del inversor debe recaer en Washington, que tiene que asumir los poderes de la Financial Industry Regulatory Authority, una entidad de autorregulación del sector y que debe ser pagada por la propia industria cuando pase a manos públicas.
Y falta lo más importante:
"Si vamos a dar dinero a los bancos, deberíamos gestionarlos en nuestro propio beneficio. Y si los gestores actuales se oponen, deberíamos echarlos. Como gestores, nosotros no podríamos hacerlo peor". Weidner va más allá y lanza una propuesta temeraria: "Si hay que rescatar a los bancos, ningún ciudadano americano debería ser llevado a la quiebra por un banco".
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