Mercadillos medievales: el negocio que vende humo con olor a pachulí
Un matrimonio paga 35 euros por una ración de pulpo minúscula en un plato de madera. Al lado, un botecito de esencia de romero que cuesta 4 euros se encuentra después en el Lidl por 2,5. Bienvenidos al mercadillo medieval español, ese fenómeno veraniego que se ha multiplicado hasta la saturación y que esconde una economía de costes inflados, productos de baja calidad y una higiene alimentaria cuanto menos discutible.
El coste de montar un puesto: de 300 a 6.000 euros por tres días
Los datos que manejan los organizadores son reveladores. En Vigo, la comisión de fiestas cobra 300 euros por puesto. Pero en otras localidades las cifras se disparan: un puesto pequeño de baratijas llega a 1.200 euros y uno grande de esquinazo alcanza los 6.000 euros por apenas tres días de feria. Esa estructura de costes explica después los precios abusivos al consumidor. La misma ración de pulpo que en su día se pagaba a 35 euros se ha convertido en un símbolo del despropósito.
La mercancía, además, es mayoritariamente importada. Buena parte de las pulseras, jabones artesanos y baratijas que se venden bajo apariencia medieval proceden en realidad de polígonos industriales como Cobo Calleja, el gran almacén chino de la capital. Lo que se presenta como artesanía local es, en muchos casos, producto estándar fabricado en serie.
Higiene alimentaria: el eslabón más frágil
Uno de los puntos más delicados es la manipulación de alimentos. Quesos que se sacan y meten en la furgoneta durante días, morcillas caducadas o a punto de caducar, pan de hogaza reseco envuelto en papel film, todo expuesto al sol durante horas sin refrigeración. Los alimentos que no se venden un día se vuelven a ofrecer al siguiente, acumulando horas de temperatura ambiente. A esto se suma la contaminación cruzada del polen, la polución y el humo del tabaco en la vía pública.
El debate sanitario no es menor: mientras un vendedor ambulante con licencia y permiso sanitario sería sancionado, estos puestos operan en un limbo regulatorio donde la fiscalización brilla por su ausencia. El problema, apuntan algunos análisis, no es el mercadillo en sí, sino lo que se vende bajo esa etiqueta.
¿Queda autenticidad en alguna parte?
No todo es crítica. Algunos mercados mantienen cierto nivel, como el de Hita (Guadalajara), que combina puestos con torneos de justas y espectáculos. También se recuerda con nostalgia el mercado medieval de Alicante de los años 90, cuando los vendedores iban bien adecentados y ofrecían productos realmente artesanales: quesos, horchata casera, cerámica de barro. Hoy, lamentan, la mayoría son vendedores con piercings y rastas que venden lo mismo que se encuentra en cualquier feria de pueblo.
El modelo se ha estandarizado: choripán, filloa de millo con salchicha vegana, artesanía hippy, licor café, cerveza Estrella Galicia y, siempre, el mismo decorado de cartón piedra. La proliferación ha llevado a que en ciudades como Vigo haya tal acumulación de puestos que los vecinos hablan de «galleguismo woke» y saturación.
Al final, el mercadillo medieval se ha convertido en un negocio de bajo riesgo para los organizadores y alto coste para los consumidores, con poco control sanitario y nulo rigor histórico. Como ironiza un análisis: el problema no es el mercadillo medieval, sino que te venden algo como medieval cuando no lo es.
Debates relacionados en el foro