Dos VAMTACs y tres camiones URO en la M-11: el golpe que no llega
«Un par de VAMTACs y tres camiones URO por la M-11 dirección al aeropuerto a primera hora de la mañana.» Con ese material arranca el enésimo episodio de
ruido de sables en España: alguien que dice hacer ese trayecto a diario desde hace años ve algo que nunca había visto, y del avistamiento se salta en dos frases a la conclusión. Los militares se preparan para actuar y lo primero será
tomar RTVE, los aeropuertos y las salidas de las principales autopistas. Ni una prueba para sostenerlo. Dio igual: la conversación pasó de 26 páginas.
La respuesta más socorrida apareció enseguida, y es la menos épica: son los preparativos del
desfile del 12 de octubre. Hay quien añade que el aviso se repite cada año por las mismas fechas, con el mismo titular y distinto enfado.
Qué hace un convoy militar en la M-11
El detalle que desarma la lectura marcial es logístico. La M-11 es una vía de acceso al aeropuerto y el desplazamiento de vehículos de dotación por carretera forma parte de la rutina de los acuartelamientos. La formulación más tajante llegó a modo de ironía: el Ejército no tendrá que pedir permiso para usar la M-11 cuando va o vuelve del
Goloso.
Cuatro o cinco vehículos a primera hora no mueven un país. Mueven, eso sí, la conversación cuando el calendario aprieta. Los días previos al 12-O concentran traslados, ensayos y presencia de material en carretera; quien no está familiarizado con ese tráfico interpreta maniobra lo que es horario de conducción.
El plan que circula tampoco aclara una duda razonable: por qué habría que cerrar las salidas de las autopistas. La respuesta que circula —para que no escapen los políticos en coche o en avión,
que no en burro— tiene más de guiño que de táctica militar.
El Ejército cobra del Estado al que se le atribuye un golpe
Aquí la conversación se parte. Un bloque sostiene que la hipótesis se cae sola por dependencia material: las Fuerzas Armadas se financian con los Presupuestos Generales y quien los aprueba es el Gobierno. La ironía más repetida: si el Ejército cobra del Estado y el Estado es Sánchez, el golpe tiene un problema de nómina.
Otro bloque lo ve justo al revés. Sostiene que el Ejecutivo no tiene al Ejército de su lado, ni mucho menos a la Guardia Civil tras los cambios en el ministerio del Interior.
Y una tercera corriente se va por los cerros. Afirma,
sin un solo dato que lo respalde, que buena parte de la cúpula militar está comprada con financiación internacional. Es el tipo de afirmación que circula con más facilidad que cualquier cifra oficial.
La perspectiva histórica pesa. Para que hubiera ruido de sables en 1936 hizo falta, recuerda una intervención, un clima de quema de iglesias, asesinatos de dirigentes y apoyos europeos. No estamos ahí. Y la memoria de 1981 planea en el hilo: hay quien advierte contra fiarse del mando y recuerda que, según esa versión, la última vez que el Ejército intentó «salvar a España» acabó siendo traicionado por el propio Rey para hacerse el «demócrata».
Monarquía, amenazas y presión sobre el Rey
Otra parte de la conversación sitúa el origen del ruido en el deterioro de la relación entre La Moncloa y la Casa Real. Se habla de amenazas recientes a la Corona y de un Gobierno dispuesto a tensar la cuerda institucional, versiones que se lanzan sin acreditación alguna. La sospecha de fondo es que la Jefatura del Estado está en el punto de mira y que algunos esperan una caída de la monarquía a corto plazo.
También hay quien coloca la pelota fuera de las fronteras: si existe desestabilización, se argumenta, viene de actores extranjeros interesados en el ruido. La réplica es rápida: quien tiene un frente abierto en su propia casa no abre otro.
¿Quién apagaría internet si de verdad hubiera un golpe?
El escenario apocalíptico incluye tomar las comunicaciones, y ahí la conversación se vuelve técnica. Se sostiene que
toda la infraestructura física de telecomunicaciones pertenece a Telefónica por cesión del Estado y que el Gobierno conserva una acción de oro sobre la compañía; desde ahí, el salto es fácil: quien controla esa infraestructura puede dejar el país sin red.
El matiz legal lo pone otra intervención. Operar en España exige licencia del ministerio competente, y los datos móviles dependen de las redes desplegadas por los operadores; un servicio por satélite no se vende aquí sin autorización. Da igual:
apagar internet ha entrado en el imaginario del golpe como el interruptor definitivo.
La conexión la aporta el contrato de
Starshield firmado por Elon Musk con la Fuerza Espacial de Estados Unidos, que algunos leen como el primer paso hacia una red capaz de dar servicio desde el cielo con independencia de los países.
Con convoyes que aparecen cada temporada en la misma carretera y una explicación idéntica desde hace años, queda una pregunta incómoda: ¿cuál será el año en que alguien deje de contar vehículos y empiece a creerse de verdad la película?