Apostatar del islam en España: huir de casa o vivir con miedo
¿Qué pasa cuando una joven nacida en España decide que Alá no va con ella? Que la respuesta habitual, según su propio relato, no es un debate teológico, sino una maleta.
Nao tiene 22 años, es española de origen magrebí e hija de la
inmigración, y hace un año se cansó de las agresiones físicas y emocionales de su padre para poder llevar una vida propia. Buscó una plataforma que la ayudase a salir de esa situación y a orientarse. No la encontró. Así que la creó.
Qué es la Asociación de Exmusulmanes y a quién ayuda
La
Asociación de Exmusulmanes nació en abril de 2019 con un objetivo concreto: ser red de apoyo entre quienes dejan el islam, «poder ayudarnos todos con lo que sea posible», en palabras de su fundadora. Cada uno aporta su granito de arena. El horizonte es más ambicioso: cuando haya recursos, facilitar una pequeña ayuda a quienes necesiten emanciparse de sus padres, porque —admite— «el único camino muchas veces para dejar la religión es huir de casa y empezar de cero».
El escenario ideal que dibuja es otro: que algún día exista seguridad institucional para «salir del armario» como apóstata
sin temer por la vida. Hoy no la hay. El titular que acompaña la entrevista habla de un movimiento emergente de unos 70 apóstatas organizados.
«He llegado a recibir miles de comentarios deseándome la muerte»
Preguntada por si ha temido por su vida, la respuesta es un sí sin adornos:
cuanto más se posiciona, más miedo tiene. Los insultos, las amenazas y el acoso se cuentan por miles. Recuerda el caso de una chica asesinada en Londres un año antes de la entrevista —no en Arabia Saudí, insiste— y razona que no sería ni la primera ni la última. Ha pensado en dejarlo todo, pero concluye que no puede abandonar a quienes ve reflejadas en su propio recorrido: «A mí también me hubiese gustado ver a una persona como yo dando la cara por mí».
Conviene precisar de dónde sale el miedo: el propio planteamiento del caso sostiene que la apostasía está castigada con la pena de muerte en el islam. Es una afirmación que se repite en el material y que, en Europa, convive con otra realidad igual de incómoda: la condena social dentro de la comunidad, sin necesidad de tribunales.
¿Dónde acaba la cultura y empieza la religión?
No hay frontera clara, y ese es justo el problema. Su respuesta a eso de «es su cultura y hay que respetarla» es una carcajada. Su cultura, dice, no es ponerse un velo y rezar de rodillas. Es prepararse un té bien caliente en agosto y enfriarlo sirviéndolo cada vez más lejos del vaso,
como hacía su abuela.
«Ninguna cultura merece respeto, todas deben ganárselo», remata, antes de pedir que ciertas prácticas dejen de ser intocables por el hecho de venir envueltas en tradición.
La izquierda europea y el carné de minoría
Su diagnóstico de la izquierda europea es, literalmente, un «fatal, fatal, fatal». Denuncia hipocresía, racismo y discriminación positiva:
no hay nada más racista que apoyar la diferencia solo porque es diferencia, sostiene. A su juicio, se reparten carnets de minoría y, por miedo a ser tachados de racistas, se deja pasar cualquier práctica en nombre de la cultura ajena. Las víctimas de esa manga ancha, argumenta, son los hijos e hijas de musulmanes que quieren cambiar su comunidad y se quedan solos en el intento.
La derecha populista y el apóstata como herramienta
Al otro lado ve lo mismo con otro envoltorio. Sostiene que esos movimientos no distinguen entre musulmán y magrebí y que su discurso contra el islam es, en el fondo, racismo. Reconoce un efecto perverso:
muchos apóstatas se han acercado a la derecha porque allí encuentran una empatía que no hallan en la izquierda, y en su opinión se equivocan. Su conclusión es amarga: para unos serán instrumentos políticos, para otros, enemigos útiles. En primera línea, dice, están ellos.
Reacciones: de la admiración al descarte
El testimonio no ha dejado indiferente a nadie. Hay quien lo califica de heroico y subraya que se juega bastante más que el activista medio. Hay quien lo despacha como un caso más de ingenua desarraigada que acabará volviendo al redil con los años. Y una tercera, la más ruidosa, reduce todo a una guerra demográfica: se discute si la natalidad de las familias musulmanas en Europa seguirá la misma curva descendente que la del resto; hay quien sostiene que en países como Turquía o Irán ya está en la tasa de reemplazo. Sobre el fondo del asunto —una persona que teme por su vida por cambiar de creencia— se habla bastante menos.
Por qué aquí la religión y la política no se separan
Nao lo tiene claro: separar la política de la religión musulmana le parece absurdo, porque el islam ha tenido dimensión política a lo largo de toda su historia. Esa es, precisamente, la razón por la que su salida no se lee como una decisión íntima, sino como una toma de posición pública que incomoda a propios y extraños.
Con ese panorama, lo llamativo no es que existan apóstatas del islam en Europa. Lo llamativo es que se sigan contando por decenas y que la única red de apoyo la tenga que montar una chica de 22 años con su teléfono.