El mito del retraso de 900 años: qué habría sido Europa sin el cristianismo
Un ejercicio de historia contrafactual ha encendido uno de los debates más ásperos de los últimos tiempos: imaginar qué habría sido de Europa si el cristianismo nunca hubiera llegado a imponerse. La tesis que circula es ambiciosa hasta el vértigo. Según este planteamiento, sin la religión cristiana la máquina de vapor habría llegado en el
siglo VIII, la electricidad y el ferrocarril hacia el año
1000 y la era tecnológica actual en torno al
siglo XII o XIII. El retraso acumulado, sostiene, estaría entre
600 y 900 años según el campo. La conversación ha derivado en un choque frontal entre quienes ven en el cristianismo el motor de la civilización occidental y quienes lo señalan como el freno que la condenó a siglos de oscuridad.
Qué plantea exactamente el escenario sin cristianismo
El punto de partida es una Roma que no cae del todo y una Grecia que sigue pensando. En ese escenario, las religiones grecorromanas se habrían diluido en un folclore cultural sin dogmas, y la moral habría quedado en manos de la filosofía en lugar de las instituciones religiosas. La consecuencia lógica, según esta corriente, sería una cultura general más amplia y evolutiva, con un desarrollo científico y matemático sin interrupciones desde el ritmo que ya tenía la Antigüedad clásica.
El cuadro se completa con una geografía económica concreta: una gran banca romana, un comercio masivo con China y un Mediterráneo convertido en epicentro tecnológico, con Roma, Cartago, Atenas y Alejandría entre las mayores ciudades del mundo. En el presente hipotético, este relato incluye energías renovables inagotables, medicina capaz de curar casi cualquier enfermedad, robótica avanzada, colonización del sistema solar y hasta viajes interestelares.
La cifra que vertebra todo el ejercicio es el retraso: entre
600 y 900 años perdidos, variable según el ámbito. Es el número que ha convertido una charla especulativa en un ajuste de cuentas con dos milenios de historia.
La réplica: Roma ya estaba en ruinas antes de la religión
El contraargumento más sólido no niega la decadencia, sino que la adelanta. Cuando el último emperador de Occidente fue depuesto en el
siglo V, hacía ya doscientos años que Roma ni siquiera era capital y se había convertido en una ciudad semivacía. De un millón de habitantes en sus mejores épocas habría pasado a unos
15.000. La institución del siervo de la gleba, señala esta lectura, nace precisamente de la imposibilidad del amo de mantener a sus esclavos: hasta ese punto llegaba el desmoronamiento.
Hay quien va más allá y sostiene que la religión cristiana fue más consecuencia que causa de la crisis. El argumento es incómodo para las dos trincheras: si el declive institucional, fiscal y demográfico precedió a la implantación religiosa, atribuirle a esta última la totalidad del retroceso es una simplificación interesada.
¿Por qué China, Persia o la India no dieron el salto antes?
La objeción más repetida apunta a la geografía. Si la explicación del atraso fuera exclusivamente religiosa, las regiones del planeta sin presencia cristiana deberían haber protagonizado antes esa revolución industrial. Persia, China, la India, Japón o las civilizaciones mesoamericanas y andinas dispusieron de siglos sin ese factor y no desarrollaron por su cuenta un salto equivalente.
La respuesta a esa objeción tiene dos capas. La primera es que el cristianismo primitivo se escribió y se organizó en griego, con comunidades de origen heleno: la separación tajante entre el legado clásico y la nueva fe es más borrosa de lo que sugiere el relato contrafactual. La segunda es que el proceso de auge y colapso aparece en todas las civilizaciones conocidas, con independencia de sus creencias. Mesopotamia, el valle del Indo o el Ganges vieron caídas y renacimientos sin intervención cristiana alguna.
El argumento del retroceso intelectual y sus límites
La acusación central es concreta: el cierre y la quema de academias y bibliotecas, la persecución de quienes investigaban y la imposición de un relato dogmático habrían provocado un vacío intelectual de siglos. En matemáticas y física, se sostiene, no se recupera el nivel del legado clásico hasta prácticamente el
siglo XIX. El parón, en esta versión, no fue de mil años sino de
1.600.
Frente a eso, la defensa histórica del papel de la religión en Occidente es directa: la civilización europea tal como la conocemos no se explica sin ella, y los países de tradición cristiana concentran la mayor parte de los avances científicos y técnicos de los últimos siglos. Es una posición que estos días se formula con vehemencia en ambos lados.
El problema de fondo es metodológico. Un contrafactual no se puede falsar: nadie puede demostrar qué habría pasado. Lo que sí se puede examinar son los mecanismos concretos —instituciones, incentivos, circulación del conocimiento— y ahí el cuadro es más complejo que cualquier bandera.
El giro del debate: de la historia a la tecnocracia
La conversación ha derivado hacia un terreno menos histórico y más contemporáneo. Hay quien advierte de que el progreso científico no es lineal ni garantizado, y que entregar el control total a tecnócratas o cientifistas conduce tarde o temprano al estancamiento y al colapso. El ejemplo que se cita es el materialismo dialéctico soviético: fulgurante al principio, estancado después.
Otra línea apunta a un fenómeno actual: la sustitución de una fe por otra. El ser humano, se argumenta, es gregario y dogmático por naturaleza, y termina arrastrado por cualquier doctrina que se publicite o se imponga con fuerza suficiente, sea religiosa, política o sanitaria. La conclusión pesimista es que el nuevo paradigma no será necesariamente mejor que el anterior.
El cierre del ejercicio contrafactual no llega. Nadie ha demostrado qué habría sido de Europa sin dos milenios de religión, y nadie va a hacerlo. Pero la pregunta incómoda que deja el debate es otra: si el progreso no está garantizado por ninguna civilización, ¿qué estamos haciendo nosotros para no repetir el próximo parón?