El lobo deja de estar protegido y Asturias ya habla de batidas
La protección del lobo ha caído. El marco que blindaba a la especie en España se ha desmontado con el respaldo de una mayoría absoluta en las Cortes Generales y el aval de la Unión Europea, que ya había movido ficha antes. Asturias, que llevaba meses reclamando manos libres, podrá por fin ejecutar las batidas que venía prometiendo. El argumento oficial es el control poblacional; el extraoficial, que el lobo ya no cabe donde está.
El detonante no es una estadística. Es una cifra que circula sin confirmación oficial:
al menos 8 lobos eliminados en los últimos 12 meses por grupos de autodefensa del campo, según relata quien dice haber presenciado una de esas partidas. La tesis que se defiende es que es preferible que mate la Administración a que mate el vecino desesperado, porque los escuadrones, aunque eficaces, han dejado daños colaterales en otras especies. Es un razonamiento incómodo y, a la vez, difícil de rebatir desde una oficina.
Qué cambia con la retirada de la protección
El cambio normativo devuelve a las comunidades autónomas la capacidad de gestionar poblaciones de lobo al norte del Duero, donde hasta ahora la especie estaba blindada. Asturias es la primera interesada. La consejería correspondiente ya tenía planes redactados esperando la señal. Con la protección fuera, esos planes pasan de borrador a calendario.
La justificación que se repite en los pueblos afectados es doble. Primero, que el lobo ha rebasado sus límites históricos y ya no se queda en la sierra: baja a valles, se acerca a casas aisladas y ha perdido el miedo al humano. Segundo, que la convivencia con el depredador tiene un coste que nadie paga. El ganado muerto se indemniza tarde, mal o nunca, y el mastín —la alternativa que se propone desde el ecologismo— no resuelve el problema de un lobo que se planta en el patio de casa.
Hay quien sostiene que el lobo nunca supuso un riesgo real para las personas y que el miedo es un relato interesado. En contra pesa un dato que no se discute: la población de lobo ha crecido, su área de distribución se ha expandido y los avistamientos cerca de núcleos habitados se han multiplicado. Que eso derive en un ataque a un humano es una hipótesis, no un hecho. Pero es la hipótesis sobre la que se ha construido la decisión política.
Los mastines no bastan y las cifras tampoco cuadran
La propuesta alternativa que más se repite es la de subvencionar mastines para que guarden las reses. El argumento es económico: una camada de perros protectores cuesta menos que indemnizar cada año las pérdidas de ganado. El problema, señalan desde el campo, es que un mastín protege un rebaño, no una aldea. Y el lobo que ha perdido el miedo no ataca solo de noche ni solo en el monte.
El cálculo completo de lo que cuesta el lobo —indemnizaciones, mastines, batidas, horas de vigilancia— no está desglosado en ningún sitio. Cada administración maneja su propia cifra y ninguna cuadra con la del vecino. Esa opacidad es, probablemente, el mejor argumento para quien defiende que el problema no es el lobo sino la gestión.
La otra alternativa que se pone sobre la mesa es la reubicación: trasladar manadas a otras sierras de España donde el lobo desapareció hace décadas. La idea tiene lógica ecológica y nula viabilidad política. Ninguna comunidad autónoma ha pedido lobos. Y las que los tienen llevan años pidiendo lo contrario.
El oso, el jabalí y el resto del ecosistema
El lobo no es el único depredador en juego. El oso pardo, que comparte territorio en la cordillera, apenas ataca ganado y rara vez se deja ver cerca de núcleos urbanos. Esa diferencia se usa como argumento: si el oso puede convivir, el lobo también. La respuesta desde el campo es que el oso es un animal solitario y el lobo caza en manada, y que una manada sin miedo es otra cosa.
El efecto dominó preocupa a los que llevan años avisando. Sin depredadores, la población de jabalíes y corzos se dispara. Los jabalíes ya causan daños en cultivos y accidentes de tráfico. Si el lobo desaparece del monte, alguien tendrá que hacer su trabajo. Y ese alguien, históricamente, ha sido el cazador con escopeta.
La discusión de fondo es la misma que atraviesa toda la política ambiental española: quién decide cómo se gestiona el territorio. Los que viven en él reclaman voz. Los que lo visitan los fines de semana reclaman que no se toque. La protección del lobo acaba de resolverse a favor de los primeros.
Qué pasa ahora con las batidas en Asturias
Las batidas no son exterminio. Al menos sobre el papel. Se trata de autorizar la eliminación de ejemplares concretos en zonas concretas, con cupos y control administrativo. La diferencia entre control y exterminio es la que separa una política ambiental de un genocidio faunístico, y es también la línea que muchos temen que se cruce en cuanto se abra la veda.
El precedente no ayuda. El oso pardo fue exterminado en el Pirineo y estuvo al borde de desaparecer en la cordillera cantábrica. Los que defienden al lobo recuerdan que ya se intentó una vez y que la especie sobrevivió solo donde nadie pudo acabar con ella. Los que piden las batidas responden que el lobo no está en peligro: está en expansión.
La predicción más prudente es que las batidas se autorizarán, se ejecutarán con más ruido que resultados y no resolverán el problema de fondo. El lobo se adapta. Siempre lo ha hecho. La pregunta es si la Administración será capaz de gestionar esa adaptación sin convertirla en una guerra abierta entre el campo y la ciudad. Con estos mimbres, apostar por la calma sería temerario.