Putin vuela a Alaska para negociar Ucrania con Trump
¿Qué se juega Europa cuando el avión presidencial ruso cruza el estrecho de Bering? El vuelo que traslada a Vladímir Putin hacia Alaska se convirtió en el más seguido de la aplicación Flightradar24, con más de 13.000 usuarios pendientes de su ruta sobre el polo norte a las 21.49, hora de Madrid, según el plan de vuelo previsto. El destino no es casual: la cita con Donald Trump se celebra en el estado más occidental de Estados Unidos, a un paso de la frontera rusa, y la conversación gira en torno a Ucrania y al reparto de influencias en Europa.
La elección del escenario tiene su miga geográfica. En mitad del estrecho de Bering están las islas Diomedes: la mayor pertenece a Rusia y la menor a Estados Unidos, y en invierno se forma un paso helado que permite cruzar de un país a otro. Bastaba con que cada mandatario se hubiera plantado en su isla para una foto histórica. Se reunieron en coche, en el mismo vehículo, según las imágenes difundidas.
Qué se negocia en la cumbre de Alaska
Trump calificó el encuentro de «muy productivo» y anunció que llamará a la OTAN para trasladar los detalles, aunque evitó cantar victoria: «Aún no estamos ahí, pero hemos avanzado mucho». Putin, por su parte, agradeció al mandatario estadounidense y sostuvo que si Trump hubiera sido presidente en lugar de Biden, la guerra de Ucrania no habría ocurrido. La relación personal entre ambos, según Trump, siempre ha sido «fantástica».
El Kremlin fue más lejos y advirtió a Europa de que no torpedee el acuerdo alcanzado con Washington. En paralelo, fuentes rusas filtraron que Putin habría entregado a Trump mapas antiguos para sostener que Ucrania es un Estado artificial y que siempre ha pertenecido a Rusia. El gesto encaja con la tesis que recorre el análisis geopolítico de los últimos meses: la partición de facto del país invadido.
El temor a que Europa quede fuera del reparto
La lectura dominante es que Washington y Moscú están cerrando un marco bilateral que deja a Bruselas en la sala de espera. Hay quien sostiene que Ucrania lleva vendida más de un siglo y que lo que se avecina es su despedazamiento, con saqueo de recursos incluido. Otros apuntan a que el objetivo último es una Europa debilitada, obligada a comprar energía y armamento que no necesita mientras asume la factura de la reconstrucción.
El argumento ucraniano no se queda corto: sobre el terreno se combate contra rusos, norcoreanos e iraníes, y también contra el giro de Washington. China, mientras, no vende drones a Kiev pero sí a Moscú. La conclusión que se repite es incómoda: Europa se distrae con debates internos mientras se decide su futuro sin ella.
Ucrania, Afganistán y el precedente que nadie olvida
La comparación con Afganistán aparece una y otra vez. La entrega del país a los talibanes se cita como precedente de lo que puede pasar cuando Estados Unidos cambia de prioridades. La pregunta que flota es quién paga la factura de un acuerdo que se negocia a miles de kilómetros de las trincheras.
Mientras tanto, la escena se sigue en directo por la aplicación de seguimiento de vuelos, con miles de personas pendientes de la trayectoria del avión presidencial ruso. La liturgia de la cumbre —coches compartidos, mapas antiguos, agradecimientos mutuos— convive con la crudeza de un conflicto que sigue cobrándose vidas.
Al final, la pregunta que queda en el aire no es qué se ha firmado, sino quién se enterará primero de lo firmado. Y con estos precedentes, apostar por Bruselas es jugar a la ruleta rusa.