La cesta de la compra se dispara un 38% en cinco años
El dato oficial dice que la inflación se mueve en el 2% o el 3%. La cesta de la compra dice otra cosa, según un cálculo que circula en el debate. Entre 2020 y 2025, los alimentos básicos acumulan un encarecimiento del 38%, con los huevos un 66% más caros, la ternera y la leche un 44% y las verduras un 33%. Son cifras que se cruzan con una subida del SMI del 31% en el mismo periodo y con un salario medio que pasó de 26.028 euros en 2020 a 31.698 euros el año pasado. La brecha entre lo que sube la nómina y lo que sube el carro es el eje de una discusión que lleva 417 días abierta.
El IPC que no cuadra con el ticket del supermercado
La primera contradicción es estadística. El índice general se mueve en torno al 2-3%, pero el componente de alimentación va por libre desde 2021. El cálculo que más se repite en el análisis es que la cesta básica se ha encarecido un 38% desde que Pedro Sánchez llegó al Gobierno, y que el «no» del Ejecutivo a deflactar el IPC ha costado más de 10.000 millones de euros a los hogares. En los últimos cuatro años, las clases medias soportan el 61% del alza de precios.
Hay quien sostiene que el problema no es solo de precios, sino de calidad. La pérdida de calidad no se detecta con un estudio de precios, hay que estudiar los componentes de la alimentación y sus proporciones. Y hay quien va más allá: si comparas el mismo producto, no se tiene en cuenta que le han quitado la mitad del peso. El envase mengua, el precio no.
¿Por qué el aceite de oliva o los yogures ya no sirven de excusa?
El aceite de oliva se ha convertido en el termómetro emocional del debate. Subió como un cohete y ahora baja, pero sigue muy por encima de los precios de 2020. La queja recurrente es que nadie da la lata con las bajadas como se dio con las subidas. También hay productos que han bajado: gasolina, tecnología, móviles. El problema es que no forman parte de la cesta básica. La vivienda, en cambio, sí es un gasto estructural, y ahí los alquileres que en 2019 o 2020 estaban en 550 o 600 euros al mes en ciudades como Valencia ahora cuestan 1.100 o 1.200 euros mínimo. Con salarios que en más del 50% de los trabajadores no pasan de 20.000 o 23.000 euros brutos anuales.
El SMI sube un 31%, pero el debate es si llega al carro
La defensa más repetida del marco actual es que el SMI ha subido un 31% en esos años, publicado en el BOE, y que el salario medio también ha crecido. Dos millones y medio de trabajadores cobran el SMI. La contraargumentación es doble: primero, que muchos contratos son de media jornada para trabajar la jornada completa, con lo que la subida nominal no se traduce en nómina real; segundo, que la mayoría de los que ya cobraban el SMI no han visto mejora relativa, solo han dejado de perder posiciones.
El cálculo más optimista asume que la mejora salarial compensa parte del golpe. El escenario pesimista parte de que el coste de la vivienda se come cualquier subida. Entre ambos, una realidad incómoda: hace siete años cobrar 2.000 euros netos al mes era un sueldazo; ahora es poco más que la cajera del supermercado.
La clase media que se desdibuja y el huevo que se dispara
El relato de la clase media es el más repetido en el análisis. Hay quien sostiene que la clase media ya no existe o es testimonial, y que la clase baja se convertirá en baja empobrecida, sin posibilidad de mejorar, asfixiada a impuestos y con un mercado laboral empobrecido. La contraposición es que la clase baja ha mejorado su nivel de vida desde que acabó la dictadura y que estamos en los niveles más bajos de pobreza desde que estalló la burbuja inmobiliaria.
Mientras tanto, el huevo ha tomado el relevo del aceite como símbolo. La docena ha pasado de 3 euros tras otro arreón en octubre, y algunos análisis apuntan a que a finales de 2025 el precio será aún mayor. El petróleo, que durante décadas fue la excusa universal, está a 65 dólares. La pregunta que flota es cuál es la excusa ahora.
El precio en origen y el margen que se queda el intermediario
Hay un dato que descoloca: se siguen ofreciendo 55 euros por cada garrafa de 5 litros de aceite de oliva virgen extra ecológico. Lo ofrecen compradores marroquíes y españoles mayores de 60 años. Es decir, el precio en origen es una miseria comparado con lo que llega al lineal. Los gastos de distribución se han disparado, han quebrado intermediarios por no poder pagar la electricidad de las cámaras refrigeradoras, y el coste final lo paga el consumidor. Nunca las empresas. Si no suben el precio, quiebran.
La inflación es el impuesto del pobre, el impuesto invisible, el más dañino. Las deudas solo se pagan con inflación, y de la burbuja no se ha salido: se ha inflado más. Con estos diferenciales, la pregunta no es cuándo se estabiliza el carro. Es cuánto más puede aguantar la nómina antes de que el ticket de la compra deje de cuadrar del todo.