Baer compara el discurso de Vox con el de Mein Kampf
El sociólogo Alejandro Baer, investigador del CSIC y exdirector del centro de estudios del Holocausto y Genocidios de la Universidad de Minnesota, sostiene que el «derecho a querer sobrevivir como pueblo» que proclama la diputada de
Vox Rocío de Meer reproduce delirios völkisch, de sangre y tierra, como los que aparecen en
Mein Kampf, el libro que cumple cien años. La afirmación no es una boutade de sobremesa: Baer acaba de publicar
Antisemitismo. El eterno retorno de la cuestión judía y ha estudiado a fondo el periodo. El detonante es la promesa de Vox de deportar a millones de personas, incluidas las que tienen residencia legal e incluso ciudadanía, si llega al Gobierno.
De la limpieza de sangre al certificado racial
La tesis del artículo que abre el asunto es que el racismo apenas disimulado de Vox tiene una larga tradición en España y se remonta a la Edad Media: es lo que durante siglos se llamó limpieza de sangre. Tras los pogromos que asolaron las comunidades judías de Castilla y Aragón al final de la Edad Media y la expulsión de 1492 por los Reyes Católicos, que provocaron conversiones masivas, comenzó la separación profunda entre cristianos viejos y nuevos. Cualquier indicio de ser judaizante era muy peligroso. No bastaba con convertirse, como para Vox no basta con ser ciudadano español, para merecer formar parte del pueblo.
El paralelismo histórico que traza el texto es explícito: cuando Hitler llegó al poder en 1933 tras liquidar la República de Weimar, instauró un certificado racial para poder trabajar en el sector público. El documento debía confirmar el pedigrí racial de la familia hasta 1800 —1750 para los miembros de las SS— y demostrar que no había ningún ancestro de sangre judía o de color. Millones de alemanes tuvieron que recurrir a expertos en genealogía o detectives privados, primero para poder formar parte de la sociedad y, poco tiempo después, para poder sobrevivir. Los nazis se inspiraron en las leyes Jim Crow del sur de Estados Unidos, pero también en la limpieza de sangre española.
Qué se exige para entrar en Israel
La discusión deriva pronto hacia el doble rasero. Hay quien sostiene que Israel exige prueba de ADN para la Aliyah, la inmigración judía a Israel, y que no acepta a cualquiera: el proceso migratorio es muy restrictivo. La pregunta que sobrevuela es cuántos refugiados sirios ha aceptado Israel siendo, además, país fronterizo. El cálculo más incómodo para el relato del artículo es que quien exige adaptación a las costumbres no es solo Vox.
El argumento del perro de Hitler
Una parte de los mensajes rechaza la comparación por falaz: si Hitler tenía perro, tener perro tendría siniestros precedentes; si era vegetariano, los vegetarianos también. La crítica de fondo es metodológica: se acusa al artículo de sustituir argumentos lógicos por argumentos emocionales. La respuesta desde el otro lado es que la comparación no es un silogismo sino un patrón documentado: antes de la violencia hay palabras, estigmatizaciones y racismo, se marca la diferencia entre ellos y nosotros y se señala el peligro que representan para la convivencia y para la propia idea, inmutable y eterna, de pueblo.
El detalle del tocino y las costumbres
El material recupera un episodio que hoy suena contemporáneo. Joseph Pérez explica en
Los judíos en España que muchos conversos que habían abrazado sinceramente el cristianismo conservaban costumbres que ni siquiera sabían de dónde venían: veneraban santas llamadas Raquel o Esther, no encendían la lumbre en sábado por viejas tradiciones familiares. En su fanatismo, varios detractores de los conversos confundieron la fe con las costumbres. Cambiando unas pocas palabras, el relato del hispanista francés resulta muy actual. La ironía del detalle es que el propio Baer firma con apellido castizo, como el de la diputada a la que critica.
Qué pasa con los que lucen ocho apellidos
La pregunta que queda sin responder es operativa: si Vox exige adaptación a las costumbres nacionales, qué documento piensa pedir y qué ocurrirá con quienes, a pesar de lucir ocho apellidos españoles, no se adaptan a sus propias costumbres. El partido insiste en deportar a todos los inmigrantes legales que no se integren, pero dice que no sabe cuántos son. Ese vacío —la indefinición de la métrica— es el punto débil de la propuesta y, a la vez, su mayor utilidad política.
Con estos mimbres, la comparación con el certificado racial de 1933 seguirá dando titulares. Y si el partido concreta algún día los criterios de adaptación, habrá que ver quién los audita.